Independencia a gritos

Recién llegado a esta ciudad, hace muchos años ya, caminando por una calle del centro, algo aturdido por el calor, vi por primera vez el escudo de Guayaquil, me detuve para leer la frase que estaba bajo la estrella: Por Guayaquil Independiente. Volví a revisar pensando que había leído mal, pero eso era, y me pareció una clara provocación.

Con el tiempo, conociendo más al Ecuador, empecé a notar las diferencias culturales entre las regiones y la evidente rivalidad entre “monos” y “serranos”, sin embargo, era una suerte de lugar común en las conversaciones que no pasaba más allá de algunos juicios de valor de unos contra otros, la mayoría marcados por el ingenio y el humor.

Hoy vuelvo la mirada a la ciudad y algunas cosas han cambiado.

Guayaquil está con una administración ordenada, con edificios modernos, calles adoquinadas, con más servicios y una mejor calidad de vida que cuando llegué, sin embargo, a pesar de los monumentos o construcciones que edifiquen, para mí, Guayaquil sigue siendo eso que sucede cuando los guayaquileños se encuentran. Guayaquil es su gente. Esa misma gente que encontré cuando llegué, y eso la hace una ciudad única e irrepetible. Gente franca, directa, con un humor rápido y alegre, que, como relata Andrés Crespo, cuando le preguntan: ¿Qué haces?, responde sin pensar: ¡¿Dónde?! (Dónde nos encontramos).

He vivido en Quito y Guayaquil, y es imposible no afirmar que todavía hay muchas diferencias, como siempre las hubo, pero creo que en los últimos años se acrecentó en el Ecuador otro tipo de diferencia, y no necesariamente entre quiteños y guayaquileños.

El país cambió en muchos sentidos, unos para bien y otros no.

Fernando Villegas, sociólogo chileno, decía en una entrevista que las sociedades necesitan ilusionistas. Alguien tiene que crearnos una nueva ilusión, vendernos un sueño. Necesitamos que nos vendan aunque sea mentiras, y nosotros necesitamos comprarlas. Si uno no tiene ilusión, se topa frente a uno mismo ante el espejo y eso es espantoso.

Y hemos vivido en el país de una ilusión que utilizó como uno de sus pilares la división, recurriendo a la idea de un enemigo interno que debía ser vencido, anulado. Se consolidó a tal punto la polarización entre los ecuatorianos que ahora la idea de unidad a algunos les suena a traición.

La prepotencia y la descalificación se hicieron tan comunes que ahora el llamado al diálogo algunos lo interpretan como derrota.

Hoy, 10 de agosto, se celebra el Primer Grito de Independencia, un evento que marcó un camino para ser libres. Años después, lo que necesitamos es independencia a gritos. Independencia y libertad no para separarnos, sino para unirnos, para liberarnos de la desunión y la confrontación, para retomar la mirada común de país. Ya no se trata de Guayaquil o Quito, hoy existe la posibilidad de crecer todos juntos en la conversación, de construirnos y transformarnos juntos. Tomará mucho tiempo curarnos del odio y la polarización creada, pero hoy es un buen día, se celebra el inicio de una libertad, y puede ser también el principio de otra.

Tomado de El Universo:
http://www.eluniverso.com/opinion/2017/08/10/nota/6323272/independencia-gritos

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