Gral. Leónidas Plaza Gutiérrez

Leonidas-Plaza

Político y militar nacido en Charapotó, provincia de Manabí, el 18 de abril de 1865 (el historiador Roberto Andrade sostiene que es oriundo de Barbacoas, Colombia), hijo del maestro de escuela Sr. José Buenaventura Plaza Centeno y de la Sra. Alegría Gutiérrez Sevillano, ambos barbacoanos pero radicados en Ecuador.

Pocos son los datos que se tienen sobre sus primeros años y su educación, pero se conoce que durante su juventud se dedicó a la venta de «chicha», hasta que Eloy Alfaro, de paso hacia Bahía de Caráquez, lo encontró por allí y lo enroló en su milicia revolucionaria. Participó entonces en la campaña de la Restauración, y el 9 de julio de 1883 intervino como abanderado en la toma de Guayaquil, con la que se puso fin al gobierno dictatorial del Gral. Ignacio de Veintemilla.

Al año siguiente fue uno de los expedicionarios que a bordo del Alajuela acompañó a Alfaro en su campaña contra el gobierno del Dr. José María Plácido Caamaño, tomando parte en el sangriento y desigual Combate Naval de Jaramijó, donde fueron derrotados. Intervino luego en la campaña terrestre que fue tan desastrosa como la naval, y al igual que sus compañeros de armas tuvo la suerte de poder escapar providencialmente con vida, pero tuvo que abandonar la patria con destino a Centroamérica.

Radicado en El Salvador, pronto ingresó al ejército de dicho país y se hizo notable por su valor; ya por 1887 había alcanzado el grado de Coronel y en 1890 tuvo importante actuación en la guerra que ese país sostuvo con Guatemala.

Al consumarse en Guayaquil la Revolución Liberal del 5 de junio de 1895, volvió al Ecuador para prestar sus servicios a la causa y participó en la campaña del interior que consolidó el triunfo del liberalismo en el país y llevó al poder al Gral. Eloy Alfaro.

Dos años más tarde, al iniciarse la reacción conservadora salió nuevamente en campaña militar contra los revolucionarios, y el 3 de julio -en el combate de Quimiac, cerca de Riobamba- obtuvo un sonado triunfo sobre las fuerzas insurgentes. Posteriormente fue nombrado Comandante y Jefe de las provincias del sur, con residencia en Cuenca, donde a pesar de la fuerte oposición que en dicha ciudad se hacía al liberalismo, su comportamiento atinado, justo y equitativo le granjeó la simpatía y el respeto general.

En 1901, al acercarse el final del primer gobierno del Gral. Alfaro, surgió la interrogante de quién debía sucederle en el mando. Se presentó entonces la candidatura del Gral. Manuel Antonio Franco, antiguo y leal colaborador de Alfaro, quien estaba apoyado por varios cuarteles y grupos extremistas, pero ésta no prosperó porque su imagen estaba muy desacreditada ante la población civil que proponía los nombres de don Lizardo García y de don Manuel Benigno Cueva.

Alfaro pudo haber escogido a un civil, pero la situación política del país estaba viviendo un período de constante agitación, por lo que finalmente decidió respaldar la candidatura del Gral. Leonidas Plaza, quien con su «apoyo» y en base a que «no podemos perder con papelitos lo que hemos conquistado con las armas», resultó vencedor en la contienda electoral.

«Plaza, que subió desde el 1ro. de septiembre de 1901, ofreció a Alfaro, primero, la Comandancia General del Ejército; después, la Gobernación del Guayas, importante puesto político, el segundo del país desde los tiempos del militarismo marcista, que desde allí fraguaba revoluciones. Pues bien, Plaza no creyó conveniente cumplir con ninguna de las promesas y dejó al Caudillo en la penumbra de un semiolvido político. La vidriosa situación surgida entre los dos generales con motivo de la sucesión en el poder, se resolvió de esta manera, hiriente para Alfaro, fácil para Plaza» (E. Muñoz Borrero.- En el Palacio de Carondelet, p. 267).

Gracias a su habilidad y buen criterio, su primer gobierno se caracterizó por importantes hechos que favorecieron la paz nacional y la estabilidad política, por lo que los conservadores -quizás cansados por la prolongada y tenaz lucha política- cesaron en sus levantamientos armados. A pesar de que siempre quiso opacar y borrar la imagen gigante del Gral. Alfaro, continuó la obra del Ferrocarril y emprendió la construcción del tramo Ambato-Curaray.

En lo civil, propuso y logró que fuera aprobada por el Congreso de 1902 la Ley de Libertad de Cultos. Abrió las cárceles, suprimió el ostracismo, se despojó de las facultades dictatoriales, disminuyó el ejército, quitó las mordazas a la prensa, garantizó la propiedad privada, y bajo su poderosa influencia se disipó la perpetua amenaza de las revoluciones y despertó la ilusión de que el militarismo y las guerras civiles habían sido extirpados de nuestro país.

En 1904 -según ha sido su histórica costumbre- tropas militares peruanas intentaron mancillar el suelo de nuestra patria avanzando por la región oriental. En esa ocasión y a pesar del heroico sacrificio de varios soldados ecuatorianos que ofrecieron sus vidas por defender la patria, sostuvo que: «No debemos combatir por un pedazo de tierra que no podemos colonizar…» (En el Palacio de Carondelet.- p. 269).

Esta increíble declaración debió propiciar la reacción del pueblo y el final de su gobierno, pero su influencia era muy poderosa en los altos círculos militares, sociales y políticos, y luego de echar un poco de tierra sobre el asunto todo quedó olvidado. Ese mismo año, el Ministro Plenipotenciario del Ecuador en Brasil, Dr. Carlos R. Tobar, y el Canciller de dicho país, Barón de Río Branco, firmaron el Tratado Tobar-Río Branco por medio del cual el Ecuador -supuestamente- cedió al Brasil 120.000 km2 de territorio oriental, a cambio de que dicho país nos ayude a resolver el problema fronterizo con el Perú, reconociendo además ser limítrofe con el Ecuador.

Finalmente, su primer mandato constitucional terminó el 31 de agosto de 1905, y sin consultar con Alfaro escogió en la persona del prominente guayaquileño don Lizardo García, al hombre que debía de sucederle en el poder.

Posteriormente viajó a los Estados Unidos de Norteamérica para desempeñar funciones diplomáticas a nombre del gobierno del Ecuador, y permaneció en dicho país hasta los primeros días de enero de 1906 en que volvió para luchar contra la revolución alfarista que intentaba derrocar al gobierno constitucional del Sr. García.

En Guayaquil asumió el mando de una guarnición numerosa y bien armada, pero el 19 de enero no pudo resistir al ataque del pueblo a los cuarteles y luego de una lucha que dejó en la calle más de cuatrocientos cadáveres, tuvo que rendirse y abandonar inmediatamente el país.

Luego de permanecer en el ostracismo durante todo el segundo gobierno del Gral. Alfaro, volvió en los primeros días de septiembre de 1911, cuando el Sr. Emilio Estrada ya había asumido la Presidencia de la República. Desde su arribo a la isla Puná fue recibido por sus partidarios como un futuro candidato a la Presidencia de la República, tal vez como un desafío al gobierno de Estrada, o porque tenía la seguridad de que éste no duraría mucho tiempo en el poder, pues su salud, como lo había señalado oportunamente el Gral. Alfaro, no podría resistir los cambios de altura entre la capital y la ciudad de Guayaquil.

En efecto, víctima de un paro cardíaco, el presidente Estrada murió el 21 de diciembre de 1911, Esa misma noche, en Quito, recorrió los cuarteles buscando el apoyo necesario para tomarse el poder. Dos días más tarde, a pesar de no contar con el respaldo popular y de que la Constitución vigente lo prohibía, proclamó su candidatura presidencial e inició su campaña proselitista.

A la muerte de Estrada asumió el poder el Presidente del Congreso, Dr. Carlos Freile Zaldumbide, quien se convirtió en un títere en sus poderosas manos. En efecto, «El general Plaza obraba con astucia maquiavélica: Impulsaba al gobierno a todos sus desaciertos; daba órdenes encauzando la tragedia y, a la vez, nuevo Pilatos, lavándose las manos pedía la intervención del Arzobispo, obrando con la malicia y la astucia del hombre inconsecuente y desleal, que para la consecución de sus ambiciones, todo camino, por inmoral que sea le es permitido» (A. Ordóñez Zamora.- Eloy Alfaro: El Reformador, p. 310).

Pocos días después se disgustó terriblemente al conocer que en Guayaquil se había propuesto la candidatura presidencial del Gral. Flavio Alfaro, y con el respaldo de Freile Zaldumbide que puso al ejército bajo su mando, marchó hacia el puerto para respaldar con las armas su candidatura.

Se desató entonces en el país una caótica situación política ocasionada por esta actitud cómplice y poco patriótica, que motivó que Flavio Alfaro fuera proclamado Jefe Supremo de Esmeraldas y Manabí, mientras en Guayaquil se proclamó al Gral. Pedro J. Montero.

Así las cosas, el 2 de enero de 1912 lanzó una proclama llena de agresividad contra Montero, incitando a sus soldados a «vencer como hombres de honor o morir como verdaderos ecuatorianos». Entonces y llamado por Montero, el Gral. Eloy Alfaro llegó desde Panamá para servir de mediador en el conflicto que se avecinaba y evitar un inútil enfrentamiento entre los ecuatorianos: Pero la suerte ya estaba echada y Plaza continuó su bélica marcha hacia la costa.

 

En los días 11, 14 y 18 de enero se libraron los sangrientos combates de Huigra, Naranjito y Yaguachi, en los que los hombres de ambos bandos lucharon con valor y heroicidad sin límites; pero las tropas alfaristas no pudieron resistir la inmensa superioridad de los placistas y fueron derrotadas en los tres combates.

Estos triunfos le permitieron llegar hasta las mismas puertas de Guayaquil, donde gracias a la intervención del Cuerpo Consular acreditado en dicha ciudad se logró la capitulación alfarista.

Se firmó entonces el Tratado de Durán por medio del cual se garantizó a los vencidos su libertad y sus vidas, pero a los pocos días autorizó su captura y, conociendo de antemano lo que iba a suceder, abandonó la ciudad con el pretexto de ir a acabar con los movimientos revolucionarios de Manabí y Esmeraldas. Permitió así el Asesinato de los Héroes Liberales: A Montero lo victimaron en Guayaquil luego de una farsa con visos de Consejo de Guerra, y al Gral. Eloy Alfaro, junto con sus tenientes, lo enviaron a Quito donde el 28 de enero fueron sangrienta y cobardemente masacrados.

El 16 de febrero Freile Zaldumbide convocó a elecciones presidenciales que se efectuarían del 28 al 31 de marzo. A dicha contienda electoral Plaza presentó su candidatura, para terciar con las del Gral. Julio Andrade y del Dr. Carlos R. Tobar.

Por esa época ya se había producido el distanciamiento con el Gral. Andrade, y mientras éste renunció a su cargo de Jefe de Estado Mayor antes de aceptar su postulación presidencial, Plaza no hizo lo mismo, por lo que las diferencias entre ambos militares se hicieron más profundas. Entonces Andrade enfrentó cara a cara sus pretensiones presidenciales diciendo: «Mientras yo viva no será usted nuevamente Presidente del Ecuador».

Pocas horas más tarde, en la negra noche del 5 de marzo de 1912, el ilustre Gral. Julio Andrade -a quien el historiador Carlos de la Torre Reyes llamó “La Espada sin Mancha”- fue asesinado mediante un disparo que le hizo -a traición y oculto entre las sombras- un militar vestido de civil.

Con el camino libre del principal obstáculo que se oponía a su candidatura, la campaña presidencial continuó, y al desafiante grito de «Plaza o nadie»… «Plaza o bala…», se llevaron a cabo las elecciones en las que lógicamente resultó triunfador con 62.374 votos, contra los 784 que obtuvo el Dr. Tobar.

Así, luego de 8 meses de gobierno interino a cargo del Dr. Carlos Freile Zaldumbide, primero, y del Dr. Carlos Andrade Marín, después, el 1 de septiembre de 1912 asumió por segunda vez el cargo de Presidente de la República.

Plaza sabía que necesitaba hacer un gobierno de paz y olvido, pues los sangrientos acontecimientos relacionados con la masacre de los Alfaro estaban muy frescos en las mentes de todos los ecuatorianos. Entonces, empeñado en impulsar el desarrollo y el progreso del país, trazó un plan para cruzar de ferrocarriles todo el territorio nacional, pero se encontró con una economía fiscal totalmente desfinanciada que impidió su realización.

Con la colaboración de sus ministros -Luis Napoleón Dillon y Manuel María Sánchez- dio preferente atención a la enseñanza promulgando nuevas leyes, reglamentos y programas; estableció escuelas de agronomía, impulsó a los Institutos Normales de Quito e incrementó la distribución gratuita de material educativo. Inició también la construcción de puentes, caminos y telégrafos; finalmente, en el orden económico decretó la mal llamada «Ley Moratoria» que favorecía directamente al Banco Comercial y Agrícola, pues por medio de ella -entre otras cosas- autorizaba a dicho banco para que pueda emitir grandes cantidades de billetes -casi sin respaldo- perjudicando con este sistema a la débil economía nacional.

A pesar de sus esfuerzos por hacer olvidar la muerte de Eloy Alfaro y sus tenientes, las cenizas de La Hoguera Bárbara oscurecieron el panorama político ecuatoriano, y el descontento popular y la oposición desestabilizaron su gobierno, por lo que, para poder mantenerse en el poder, inició un régimen de represión y tiranía que atropelló y violó todas las libertades públicas. Ante este estado de cosas, el 24 de septiembre de 1913 estalló en Esmeraldas una revolución encabezada por el Crnel. Carlos Concha Torres, antiguo oficial del Gral. Alfaro, y que terminó en 1916.

El 15 de julio de 1916 el Ecuador sufrió una nueva mutilación territorial con la firma del Tratado Muñoz Vernaza-Suárez, por medio del cual se trató de determinar de manera definitiva los límites entre el Ecuador y Colombia. Finalmente y de acuerdo con la Constitución vigente, terminó su mandato constitucional el 31 de agosto de ese mismo año.

Posteriormente fue desterrado por la Revolución Juliana de 1925 y permaneció varios años fuera del país. A su regreso se mantuvo alejado de la política y retirado a la vida privada, hasta que finalmente, en circunstancias en que volvía a Quito por ferrocarril, la muerte lo sorprendió en Huigra -paradójicamente frente al monumento levantado en esa población en memoria del Gral. Eloy Alfaro-, el 17 de septiembre de 1932.

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