Junta de Salvación Nacional

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La historia de nuestra vida republicana está plagada de acontecimientos muy similares que se amparan en repetidas esquelas como “Salvar la Democracia”, “Rescatar los Valores Morales”, “Acabar con la Corrupción”, “Trabajar por los más Necesitados”, y otras similares a las que, por repetitivas, ya nadie hace caso. Por eso, pocos fueron los que dieron importancia a los movimientos indígenas que, a mediados de diciembre de 1999, amenazaban con destituir al gobierno del Dr. Jamil Mahuad.

Ante esta circunstancia, el 27 de diciembre de 1999, Gral. Carlos Mendoza, junto a otros oficiales, fue a visitar al Dr. Jamil Mahuad para ponerlo al tanto de su verdadera situación: “Le hicimos un análisis de la coyuntura nacional. Le demostramos que proyectaba una imagen debilitada, frágil apoyo del Congreso, múltiples demandas sociales, políticas y económicas; varios frentes antagónicos, reducida capacidad de poder, limitada capacidad de convocatoria, y le dijimos que el ejecutivo estaba en una posición central con fuerzas convergentes de todo lado. Tenía en contra los partidos políticos, los movimientos sociales, las cámaras, los bancos, los transportistas, los sindicatos, los indígenas, los medios de comunicación, los agricultores, los estudiantes, los profesores, el congreso e inclusiva la duda de los organismos internacionales para prestarle dinero. Tenía todo en contra” (Gral. Carlos Mendoza.- Revista Vistazo No. 779 , Feb.3.2000).

En los primeros días del año 2000 la situación económica y política del país era cada día mas grave; en marzo de 1999 se habían congelado –dizque por un año- los fondos en sucres y dólares, de las cuentas corrientes y de ahorro de todos los ecuatorianos, y a consecuencia de esto la fuga de capitales fue tan dramática que la cotización del dólar empezó a aumentar de manera incontenible. El presidente decidió entonces, cuando ya era demasiado tarde, aplicar la dolarización a un cambio de S/. 25.000.oo por cada dólar: Medida monstruosa si consideramos que en 1998 -cuando asumió el poder-  tenía un costo promedio de S/. 5.500.oo. Esta medida causó cierta tranquilidad en los medios económicos, pero lamentablemente no se informó adecuadamente a la ciudadanía de cuales serían sus beneficios, y los reclamos continuaron, sobre todo por parte de quienes habían medrado de la especulación.

A mediados de enero del 2000 la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador “Conaie” inició una nueva marcha hacia Quito con el propósito de desconocer al Gobierno, al Congreso y a la Corte de Justicia. Ante esta situación, el día 19 el presidente Mahuad conferenció largamente con el encargado del Ministerio de Defensa, Gral. Carlos Mendoza, y con el Comandante General del Ejército, Gral. Telmo Sandoval (quienes en los primeros meses del año anterior y en presencia de la cúpula militar, de manera solapada habían propuesto al presidente Mahuad que se proclame dictador), a quienes instruyó en cuanto a los procedimientos a seguir para lograr un entendimiento con los dirigentes indígenas.

Lamentablemente el presidente ignoraba que “la traición” se venía fraguando desde mucho tiempo atrás. Sus disposiciones no fueron cumplidas y el Gral. Mendoza obró de acuerdo a sus propios intereses. Esa misma noche, Antonio Vargas informó a la dirigencia indígena que “El General Mendoza les había dicho que podían seguir adelante ya que contaban con el respaldo de las fuerzas armadas” (Vladimiro Alvarez Grau.- El Golpe Detrás de los Ponchos, p. 17).

A primeras horas del viernes 21 de enero -con la presencia de cerca de 10.000 indígenas que se habían tomado la ciudad de Quito- estalló la insurrección, cuando respaldados por uno grupo de coroneles comprometidos en el complot golpista, los indígenas se tomaron las instalaciones del Congreso Nacional para conformar una Junta de Salvación Nacional.

Al caer la tarde, en medio de la bestial algarabía de los alucinados indígenas y con satisfaciente mirada, los militares involucrados en la traición observaban a “una serie de hombres y mujeres de distintas edades a quienes los indígenas les habían pintado de negro la cara entre risas, trago, música de tambores y rondadores… los empujaban y obligaban a bailar y compartir su “puro”, chicha y otro tipo de bebidas alcohólicas… Se pudo ver en un informativo a una señora embarazada que, para indignación y horror de los televidentes, tenía también pintada la cara con manchas negras, y era obligada a bailar al ritmo indígena mientras la forzaban a beber un trago a pico de botella…” (Vladimiro Alvarez Grau.- El Golpe Detrás de los Ponchos, p. 21).

Mientras tanto, los activistas y defensores ecuatorianos de los “Derechos Humanos”, esos que se rasgan las vestiduras y claman cuando la policía captura a algún violador o asesino; con silencio cómplice respaldaban el levantamiento indígena.

Entrada la noche, los golpistas instauraron un Gobierno Popular que estuvo integrado por Antonio Vargas, un dirigente indígena desorientado y sin ninguna preparación para gobernar al país, manipulado además por aquellos que buscaban el respaldo de la “Conaie” para poder acceder al poder; el Crnel. Lucio Gutiérrez, un militar que se rebeló contra sus superiores y traicionó la constitución y al gobierno que había jurado defender; y el jurista y “constitucionalista” Dr. Carlos Solórzano Constantine, un político frustrado que en 1998 había fracasado en su intento de ser candidato presidencial, porque nadie confió en él ni quiso respaldarlo, y que había encontrado, en el movimiento indígena, la ventana que le permitiría -en caso de triunfar la asonada- acceder al poder.

A pesar de que su caía era inminente, el presidente Mahuad no tomó ninguna decisión y permaneció en espera de que los acontecimientos se desarrollaran. Ante esta situación, el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas le comunicó que ya no podían seguir respaldándolo, y le pidieron que renuncie a su cargo para dar paso a la sucesión presidencial y evitar que se rompa el orden constitucional. Al parecer el Presidente no comprendió el trascendental momento que vivía la República y no aceptó el requerimiento, por lo que los militares se retiraron y dejaron al Palacio de Gobierno sin protección. El Gral. Carlos Moncayo informó entonces al Ministro de Gobierno, Dr. Vladimiro Alvares Grau, que “No podía garantizar la seguridad personal del Presidente ni de los funcionarios…”. Esta increíble declaración genera una incógnita que aterra: ¿A estos militares, que no pueden proteger a su Presidente, se les confía la seguridad del Estado?.

Al poco rato y luego de anunciar por cadena nacional que no renunciaría, el Presidente Mahuad fue obligado a abandonar el Palacio de Gobierno con dirección a la Base Militar de la Fuerza Aérea Ecuatoriana.

Casi a la media noche, los balcones del Palacio Presidencial mostraban las figuras triunfalistas de militares rebeldes, políticos frustrados y oportunistas, entre los que destacaban varios congresistas como el Gral. Paco Moncayo, Nina Pacari y otros menos importantes que -buscando talvez su oportunidad- renunciaron a su curul para participar en la triste asonada.

Fue entonces que, de manera muy hábil, el Gral. Carlos Mendoza pasó a integrar el Consejo de Estado en sustitución del Crnel. Gutiérrez. De inmediato y buscando respaldo internacional, Mendoza habló con algunos cancilleres americanos, con el jefe del Comando Sur de los Estados Unidos y con el Subsecretario de Asuntos Americanos del Departamento de Estado de los Estados Unidos, Sr. Peter Romero; pero todos le indicaron que de consumarse el golpe de estado el Ecuador quedaría en unas situación de total aislamiento. Ante esta situación de abandono y soledad, el Gral. Mendoza renunció al Consejo de Estado y pidió de inmediato su disponibilidad; minutos más tarde, sin pena ni gloria, Vargas y sus seguidores empezaron a abandonar Quito, y Solórzano retornó a la soledad de su ninguna representatividad.

Posteriormente, el Crnel. Luis Hernández, quien en 1995 haba tenido destacada actuación durante la Guerra del Cenepa, declararía que “Solo en esa ocasión vimos a unos generales desconocidos por los mandos medios; otros que abandonaron sus unidades militares y unos terceros que se sintieron presionados políticamente para dar este paso en falso” (El Comercio, En 21 del 2004).

Al día siguiente -22 de enero del 2000- el país amaneció con la noticia de que el Dr. Gustavo Noboa Bejarano -de acuerdo con la Constitución- había asumido el cargo de Presidente de la República. Horas más tarde el Dr. Mahuad se presentó ante las cámaras de televisión y, al tiempo que pedía a los ecuatorianos que respalden al nuevo gobierno, declaró: “Fui derrocado por un movimiento que se venía fraguando desde hace algunas semanas atrás. Golpe militar del cual se hablaba en el Ecuador y en el cual participaron muchas personas, algunas de las cuales hoy se llenan la boca hablando de democracia”

En efecto, el golpe de estado se había empezado a fraguar desde mucho tiempo atrás, todos conocían de él, en todas partes se hablaba de él, todos estaban involucrados en él; pero la terrible incapacidad de Mahuad para tomar decisiones lo llevó de la mano al despeñadero, y de pronto se dio cuenta de que ya no era Presidente de la República.

Esta triste aventura golpistas no duró ni las 24 horas que tiene un día.

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