Patriota,
militar y prócer de la independencia nacido en Puerto Cabello, Venezuela, el 19
de junio de 1800, hijo del Sr. Juan José Aramburu y de la Sra. Rita Flores.
Por su origen
muy humilde sólo pudo recibir una elemental educación escolar en su lugar de
nacimiento, pero desde temprana edad mostró un notable talento y una gran
vocación por la carrera militar.
A los 13 años
de edad, gracias a las gestiones realizadas por su protector, don Vicente
Molina, ingresó en el ejército del Rey en el que se destacó por su valor e
inteligencia. Por esa época intervino en varias campañas y logró muy pronto el
ascenso al grado de Sargento. En una de esas acciones de guerra, libradas en
1815 en contra de los ejércitos independentistas, cayó prisionero, y un capitán
de apellido López lo convenció para que luche en favor de los patriotas y la
libertad americana.
Integrado a
las filas patriotas, Flores asistió a varias acciones bajo las órdenes de José
Antonio Páez, obteniendo entonces el grado de Capitán y la Cruz de los Libertadores de
Venezuela.
Tuvo brillante
participación en la batalla de Carabobo, librada el 24 de junio de 1821; y el 7
de abril de 1822, su talento militar convirtió en victoria una casi desastrosa
derrota de Bolívar en Bomboná. En octubre de ese mismo año, en honor a sus
valiosos méritos y servicios militares, el propio Libertador Bolívar, en
Cuenca, lo ascendió al grado de Coronel.
Educado en los
campos de batalla, en la escuela en que se forman los hombres destinados a
escribir páginas heroicas en la historia de los pueblos, a los 23 años de edad
fue designado Comandante General de Pasto, y un año después llegó a Quito en
calidad de Intendente General del Departamento del Sur. Por esa época ya había
logrado gran prestigio militar por su participación en las principales campañas
de la independencia, y por su importante intervención en la pacificación de
Pasto, lograda con tino, prudencia y sagacidad, antes que con la fuerza.
A partir de
1824, nombrado por Bolívar con el cargo de Intendente del Distrito del Sur,
tuvo brillante actuación política y militar en defensa de la integridad
territorial de Quito y el sur de Colombia.
A finales de
1828, conociendo que el Gral. La
Mar, como presidente y al mando del ejército del Perú, había
iniciado la invasión del sur, sin la ayuda de Colombia, organizó un ejército de
cuatro mil hombres y avanzó a enfrentar al invasor. Fue así que el 27 de
febrero de 1829, junto a Sucre, Flores asistió a la histórica batalla de Tarqui, donde el ejército colombiano (el Ecuador aún
no existía como República) derrotó a las fuerzas peruanas del Gral. La Mar. Ese día, en el mismo
campo de batalla, el propio Sucre lo ascendió al grado de General de División.
Su influencia
entre los militares y el creciente descontento de los ciudadanos con el
gobierno de Bogotá, le permitió tomarse el poder en Quito el 13 de mayo de 1830
para propiciar la separación del Distrito del Sur de Colombia, y el 31 de mayo -siguiendo
los procedimientos jurídicos planteados por Olmedo, y en base al Acta de
Guayaquil- convocó a una Asamblea Constituyente que se reunió en la ciudad
de Riobamba desde el 14 de agosto hasta el 28 de septiembre de ese mismo año.
Esa Primera
Constituyente dictó la
Carta Fundamental de la República del Ecuador y lo nombró primer
Presidente Constitucional, acompañado en la vicepresidencia por el Dr. José
Joaquín Olmedo.
Flores asumió la Presidencia de la República el 22 de
septiembre de 1830, y al poco tiempo tuvo que enfrentar un intento
revolucionario encabezado por el Cap. Luis Urdaneta, quien desde
Guayaquil, y fiel a los ideales de Bolívar, se oponía a la creación de un nuevo
estado. En diciembre Bolívar murió en Santa Marta, Colombia, y Urdaneta, luego de deponer las armas, abandonó el país.
Un mes antes
de su muerte, con fecha 9 de noviembre de 1830, Bolívar le había escrito una
carta en la que le decía: “Advertiré a Ud. que
Rocafuerte ha debido partir para ese país, y que ese hombre lleva las ideas más
siniestras contra Ud. y contra mis amigos. Es capaz
de todo y tiene los medios para ello (…) Es el federalista más rabioso que se
conoce en el mundo antimilitar encarnizado…” (Correspondencia
del Libertador con el Gral. Juan José Flores / 1825-1830.- Publicaciones del Archivo
Juan José Flores de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, p.
284).
A Flores le
correspondió la dura tarea de establecer sólidamente las bases del nuevo
estado, sobre las de uno que se encontraba totalmente arruinado debido a la
gran deuda adquirida durante las luchas por la independencia, y cuya soberanía
era bastante dudosa, pues teóricamente aún formaba parte de Colombia.
Para lograrlo realizó una
obra ampliamente constructiva aunque con las limitaciones de su propia
inexperiencia administrativa, enfrentando una fuerte oposición que nació de las
pasiones políticas que han caracterizado toda nuestra vida republicana. A pesar
de ello su gobierno dictó varias reformas a la Ley Orgánica Judicial
e inició los estudios para dictar una Ley de Elecciones y otra de Procedimiento
Civil.
Lo más
destacado de esta primera administración floreana fue
-sin duda- la toma de posesión, por parte del Ecuador, de las islas Galápagos,
que se llevó a cabo el 12 de febrero de 1832, gracias a las gestiones e
insistencia que ante el gobierno impuso el Gral. José de Villamil.
En el aspecto
económico el Ecuador había nacido totalmente deprimido; como no tenía ningún
sistema monetario, con fecha 23 de octubre de 1831 Flores expidió el decreto la
creación de la Casa
de la Moneda
con sede en Quito, que fue aprobado por el Congreso el 8 de noviembre (1).
En naciente Estado no tenía ningún
código legal que regulara el comercio tanto interno como externo, y menos aún,
un banco que diera crédito a las grandes transacciones. Fue por eso que -junto
al Congreso- trabajó para construir desde cero la economía nacional. Lamentablemente,
pronto aparecieron en Quito cientos de falsificadores que ponían en circulación
grandes cantidades de monedas ilegales. (2)
“Muchos
falsificadores fueron arrestados, juzgados y condenados, testimoniándose así la
determinación del gobierno por hacer que la ley se cumpliera y que los criminales
fueran condenados”; pero a pesar de la oposición de
Flores, en octubre de 1832 el Congreso votó por un indulto colectivo (Mark Van Aken.- El Rey de la Noche, pág. 143).
Su gobierno
mejoró la Universidad
de Quito con la creación de una academia de matemáticas y otra de historia; se
esforzó por crear y desarrollar un sistema de educación público, preocupándose
especialmente por la creación de escuelas primarias para niños indígenas;
intentó evitar la explotación que los curas ejercían sobre los indígenas;
expidió una ley que impedía a los cobradores de impuestos y otros funcionarios
la confiscación de las propiedades de los nativos que estuvieran atrasados en
sus pagos y prohibió los castigos como el azotamiento y los arrestos
arbitrarios. (3)
A pesar de los
esfuerzos que Flores hizo para llevar a cabo una administración justa, apegada
a las leyes y a la
Constitución, desde el primer momento debió enfrentar varios
intentos golpistas que pretendieron desestabilizar y derrocar su gobierno; pero
con inteligencia y mano dura supo sortear todos y cada uno de los obstáculos
que se le presentaron, y cuando las circunstancias obligaron alguna acción
militar, tuvo en el Gral. Otamendi el brazo leal y
fuerte que le ayudó a sofocar todo tipo de levantamientos armados.
En los
primeros días de 1833 Flores emitió un decreto general de amnistía por medio
del cual permitía el regreso al Ecuador de todos los exiliados políticos; pero
a mediados del mismo año -debido al descontento que reinaba en algunas clases sociales- se formó en Quito una sociedad secreta compuesta
en su mayoría por jóvenes intelectuales opuestos a su gobierno, la misma que
publicó el periódico “El Quiteño Libre”, a través de cuyas columnas
combatió a los “Etíopes Importados” y a los “Facinerosos con Charreteras” al
servicio del gobierno: Paradójicamente, fue un extranjero -el ingles Francisco
Hall- quien dirigió dichas actividades.
Para entonces
Vicente Rocafuerte había sido elegido para asistir al Congreso, desde donde
combatió con gran virulencia y carácter al gobierno de Flores. Fueron tan
violentos sus ataques que el propio Congreso dispuso su destitución. Rocafuerte
fue detenido por intentar alterar el orden público y el gobierno dispuso su
destierro al Perú.
Así estaban las cosas cuando el 12
de octubre de 1833 estalló en Guayaquil un movimiento revolucionario encabezado
por el Cdte. Pedro Mena, con el propósito de poner
fin al gobierno de Flores. Fue entonces que -buscando sustento ideológico para su movimiento, Mena
rescató a Rocafuerte mientras era conducido al destierro, y lo proclamó Jefe
Supremo, iniciándose entonces la llamada “Revolución de los Chihuahuas”.
Para respaldar la revuelta de Mena, los miembros
de “El Quiteño Libre”, planificaron la captura del Cuartel de Artillería, y en
la noche del 19 -para apoderarse de las armas que en él había- un centenar de
conspiradores -oculto entre las sombras- avanzó hacia el Cuartel confiando en
dos sargentos que habían prometido brindarles todas las facilidades para que
cumplan con su objetivo. De pronto apareció la caballería que arremetió a
sablazos contra todos quienes estuvieron a su alcance en esa noche sangrienta,
en la que pagaron tributo a la vida patriotas como Hall, Albán, Conde, Echanique y muchos más.
Mientras esto sucedía, Flores, que ya había marchado hacia Guayaquil, en
fulgurante campaña logró vencer a los revolucionarios y entrar en la ciudad,
por lo que Mena y sus tropas huyeron
apresuradamente y se refugiaron en la fragata Colombia y en otras naves surtas
en la ría.
Rocafuerte, advertido a última hora
de la sorpresiva llegada de Flores, escapó al Perú en busca de material de
guerra para continuar con la revolución, y a principios de junio de 1834 volvió
a la isla Puná donde instaló su cuartel general.
Al comprender que Rocafuerte se
había convertido en líder de la revolución, desplazándolo a un segundo plano, Mena traicionó lo traicionó, y a cambio
de unas pocas prebendas propició su captura e inmediato traslado a Guayaquil,
en calidad de prisionero.
Ante esta situación, Flores -que a
más de ser un gran estratega militar, era también un hábil político- tuvo un
rasgo de generosidad y habilidad admirable: Sabiendo que Rocafuerte era un
hombre de gran valor -en vez de ordenar su fusilamiento, tal como se acostumbraba
en esos primeros años de vida republicana- le ofreció la reconciliación, su
proclamación como Jefe Supremo y su total respaldo político y militar para
llevarlo a la Presidencia
de la República.
Mientras en
Guayaquil Flores capturaba y pactaba con Rocafuerte poniendo fin a la Revolución de los
Chihuahuas, en diferentes lugares del país los oposicionistas aprovecharon la
ausencia del General para propiciar otros movimientos revolucionarios, y el 12
de junio de 1834 se proclamó en Ibarra la Jefatura Suprema
del Dr. José Félix Valdivieso, que fue luego respaldada por Quito, estallando
una vez más la guerra civil.
Es entonces que Flores,
ligado íntimamente a la oligarquía terrateniente de Quito, “entra en
contradicción con los oficiales y soldados extranjeros que tenían colonizado el
país para saquearlo. Pero una fracción
de esa oligarquía está dispuesta a todo, inclusive a destruir el país, con tal
de asegurar sus privilegios, y con ese fin busca la protección de la Nueva Granada y del
Perú. Por eso Rocafuerte declara el 10 de septiembre de 1834, que “Estamos
Contentos de ser Ecuatorianos” y no queremos ligar nuestra suerte a los
intereses de Nueva Granada, del Perú, ni de ningún país del mundo” (Elías Muñoz Vicuña.-
Estudio Introductorio de la Historia del Ecuador de
Juan Murillo Miró, p. 25).
Con el país dividido políticamente,
ese mismo 10 de septiembre Flores terminó su mandato constitucional e inmediatamente, al mando de su ejército,
marchó hacia Quito para respaldar la Jefatura Suprema
de Rocafuerte. Valdivieso puso al ejército regular bajo las órdenes del
experimentado y valeroso Gral. Isidoro Barriga, quien partió a enfrentar a los
revolucionarios.
Fue así que el
19 de enero de 1835, en los campos de Miñarica
-cerca de Ambato-, se libró una de las más sangrientas batallas que recuerda la
historia de la República:
Flores, a pesar de que sus fuerzas eran sólo la mitad de las del ejército
regular, obtuvo una victoria total; de sus 1.000 hombres sólo perdió 50, en
cambio los vencidos tuvieron más de 600 bajas de los 2.000 soldados que
componían su fuerza.
«El vencedor
de Miñarica no abusó de su victoria; trató con
laudable indulgencia a sus más encarnizados enemigos, que le habían puesto
fuera de la ley, y ofrecido precio por su cabeza, se limitó a imponer una
contribución de guerra, de cien mil pesos, a las provincias del interior, que
no se recaudó en su totalidad, ni precisamente en dinero, pues se admitieron en
pagos parciales diversas especies y documentos de crédito público» (Aguirre
Abad.- Bosquejo Histórico de la
República del Ecuador, p. 286).
Así, terminada
la campaña, Flores le entregó la Jefatura Suprema de toda la República a Rocafuerte, a quien luego de ser elegido Presidente
Constitucional de la
República respaldó durante todo su mandato. El 15 de enero de
1839 -cuando Rocafuerte concluía sus cuatro años de gobierno- se instaló la Cámara Legislativa
para proceder a la elección del nuevo mandatario, designación que el 31 del
mismo mes recayó nuevamente sobre Flores, que acompañado en la vicepresidencia
por el Dr. Francisco Aguirre asumió la Presidencia de la República, por segunda
vez, el 1 de febrero de 1839.
Vicente Ramón Roca, hombre orgulloso
y ambicioso que aspiraba a ser elegido vicepresidente de la República, al ser
desestimado se ofendió tanto que se convirtió en un implacable enemigo del
gobierno. (4)
Ese mismo día,
en su primer discurso, Flores dijo: “Ningún ecuatoriano será extrañado de la República sin que
proceda sentencia judicial; yo lo prometo. Todos los ciudadanos indistintamente
serán llamados a servir los destinos públicos que vacaren, sin consultar otro
precedente que su mérito relativo, sus aptitudes y su probidad. De hoy más
confío que no habrá en el Ecuador otra causa que no sea la de la Nación, ni un interés mayor
que el de su libertad”.
Lo primero que hizo
Flores -en cuanto asumió el cargo- fue nombrar a Rocafuerte para el cargo de
Gobernador de Guayaquil, pues conocía las virtudes cívicas del ilustre
guayaquileño, y quería contar con su colaboración durante los siguientes años
en los que le correspondería gobernar.
Otro acierto del nuevo
gobierno fue nombrar como Ministros a bien acreditados personajes como el Dr. Francisco
de Marcos, prócer guayaquileño del 9 de octubre de 1820, que además era su
simpatizante; y a los señores Luis de Saa y coronel
Manuel Matheu, que habían figurado entre sus más
ardientes adversarios, como Ministros de Hacienda, y Guerra y Marina respectivamente.
Este segundo gobierno floreano
se inició con una relativa calma que duró aproximadamente dos años. Por esa
época se intentaron arreglar los problemas limítrofes con Colombia y Perú,
aunque sin encontrar soluciones definitivas; con tino y tolerancia pudo sofocar
todo intento golpista, y se empeñó en impulsar el desarrollo de educación
pública, incrementando notablemente el número de escuelas tanto fiscales como
particulares.
Apoyó financieramente al Colegio Militar creado
por Rocafuerte, dictó medidas económicas para mejorar la universidad,
solicitando inclusive al Congreso la autorización para traer profesores
extranjeros y, propició la edición de la Historia del Reino de Quito del padre Juan de
Velasco, recopilada, ordenada y publicada gracias al esfuerzo del Sr. Agustín Yerovi y Pintado.
Esta fue una
época de auge para nuestras Relaciones Externas: el 16 de mayo de 1839 -aunque
de manera muy desventajosa- se canceló la deuda de la Gran Colombia, y se
celebró un Tratado de Alianza y Amistad con la República de México, que
fue ratificado por el Ecuador el 31 de mayo; el 16 de febrero de 1840 se
restablecieron las relaciones del Estado con España, que reconoció la soberanía
de nuestro país, desvinculado ya de Colombia, y el 2 de junio se suscribió con la Madre Patria un
Tratado de Comercio, Navegación y Consumo. Finalmente, en 1841 nuestro país celebró un
tratado con Inglaterra para la eliminación definitiva del tráfico de esclavos.
Para entonces Colombia vivía una
situación de mal disimulada guerra civil, y los intereses políticos y militares
que ella atravesaba fueron contagiados al gobierno del Ecuador, que
ingenuamente fue involucrado por los generales Pedro Alcántara Herrán y Cipriano Mosquera, quienes acudieron ante Flores
en demanda de auxilios militares para enfrentar a las revueltas propiciadas por
el Gral. José María Obando -culpable directo del
asesinato del Gral. Sucre-, dejando entrever la posibilidad de llegar a un
arreglo fronterizo definitivo entre los dos países.
Flores -que aspiraba a que la
provincia de Pasto fuera reintegrada al Ecuador- aceptó la propuesta y cruzó la
frontera con sus tropas para en fulminante campaña derrotar a Obando, ocupar Pasto y ponerla bajo la protección del
Ecuador. Poco tiempo después llegó la decepción: Ni los generales ni el
gobierno colombiano cumplieron lo acordado. El Ecuador perdió hombres, armas y
dinero.
También con el
Perú hubo ciertas desavenencias relacionadas con la demarcación limítrofe, pues
nuestro país sostenía que debían reconocerse los límites de su territorio de
acuerdo a la estipulado en el tratado de 1829, pero el Perú no aceptó tal cosa
aduciendo -en pocas palabras- que ese fue un arreglo limítrofe con Colombia, y
no con el Ecuador. Una vez más nuestra país fue desairado, esta vez por aquellos
a quienes Guayaquil había dado su libertad luchando heroicamente en las
batallas de Junín y Ayacucho.
Como los males jamás
vienen solos, hay que añadir que -en la parte económica- la joven República del
Ecuador sufrió un duro golpe cuando se descubrió una gran emisión de moneda
falsificada.
Gobernador de Guayaquil,
Vicente Rocafuerte, “advirtió que las monedas falsas habían adquirido tal
importancia en las transacciones financieras de la ciudad portuaria, que sería
muy peligroso eliminar su uso. Sin embargo, el Presidente y su Ministro de
Hacienda persistieron en sus esfuerzos contra la falsificación; pero ni
siquiera la pena capital frenó a los delincuentes” (Mark
Van Aken.- El Rey de la Noche, pág. 235).
Por esa época, un
acontecimiento de singular importancia se produjo en Guayaquil el 6 de agosto de 1841, cuando gracias al esfuerzo
de Rocafuerte y un grupo de entusiastas porteños, desde los afamados astilleros
de la ciudad se deslizó al río Guayas el primer barco a vapor construido en la
costa del Pacífico. En octubre de ese mismo año, el primer barco de la Pacific Steam Navigation
Company llegó a Guayaquil, inaugurando el servicio
regular de vapores que la integraba a los principales puertos del Pacífico.
En 1842, una epidemia de fiebre amarilla introducida por la tripulación
de un barco que había llegado de Panamá, convirtió a Guayaquil en un espantoso
y horrible cementerio, produciendo miles de muertos. Fue entonces que «el
gobernador Vicente Rocafuerte, superándose al dolor y despreciando el temor de
contagio se entregó a una lucha titánica, heroica, desafiando a la muerte, al
caos, a la desolación y al espanto. Su labor fue de lo más encomiasta: Actuó
con espíritu de humanidad como médico y enfermero y como sacerdote. Escribió
una de las páginas más brillantes de su vida» (E. Muñoz Borrero.- En el Palacio de Carondelet, p. 46).
Pocos
días antes de terminar su mandato convocó a una nueva Convención Nacional, que
se instaló el 15 de enero de 1843 y reunió en su seno a un elevado número de
diputados incondicionalmente adeptos a su causa.
Aunque un poco retrazado
por haber permanecido en Guayaquil combatiendo la fiebre amarilla, don Vicente
Rocafuerte se incorporó a ella y, como era de esperarse, convertido ya en el principal detractor del gobierno, provocó un
acalorado debate no solo en relación a la Constitución
propuesta, a la que calificó de ser un “aborto político” y “el resultado de
diestras y complicadas intrigas para reelegir de presidente al general Flores,
con desdoro de la nación y con perjuicio de las rentas públicas” (5), sino sobre la reelección presidencial.
Pero
Flores, con hábil e inteligente retórica, luego de un largo y bien estudiado
preámbulo histórico logró que el 31 de marzo se apruebe la nueva Carta
Fundamental del Estado, llamada por la oposición “Carta de Esclavitud”,
que extendería su mandato presidencial por el término de ocho años.
Ese mismo día,
con la aprobación de dicha Constitución fue elegido y se posesionó por tercera
vez del cargo de Presidente de la
República, acompañado en la vicepresidencia por el Dr. Francisco de
Marcos.
Una vez más la oposición reaccionó representada
por Rocafuerte, quien con valiosos argumentos trató de impugnar no solo la
nueva Constitución sino, además, la reelección de Flores como Presidente de la República, pero sus
protestas no tuvieron eco en una asamblea eminentemente floreana
por lo que, ante lo inútil de ellas, se retiró, no solo de la Asamblea sino también del
País, y se trasladó a Lima donde permaneció durante algún tiempo.
Al asumir por
tercera vez la Presidencia
de la República,
Flores intentó ganarse la voluntad de todo el país gobernando con mucha
tolerancia. Quiso, a toda costa, hacer olvidar su condición de extranjero y,
sobre todo, el alcance de la Carta Fundamental de 1843, por medio de la cual
pretendía gobernar al Ecuador casi de manera indefinida.
Comenzó por
nombrar como ministros a reconocidos ciudadanos como José Modesto Larrea,
Francisco Aguirre y Benigno Malo, entre otros; trató de apaciguar los
enfrentamientos con el clero procurando llegar a un concordato con el Papa e indicando
-inclusive- su voluntad de permitir el regreso de los jesuitas, expulsados por
España en 1767; y en afán de solucionar la creciente crisis financiera por la
que atravesaba el erario nacional, trabajó incansablemente junto al Congreso,
aunque las reformas no fueron del todo acertadas.
Fue entonces
que -para poder pagar a los empleados públicos- propuso una serie de medidas
impositivas y aduaneras que beneficiaban ampliamente a los contribuyentes
serranos; por ejemplo, los médicos y farmacéuticos de la costa debían pagar
veinticuatro pesos anuales, mientras que los de la sierra debían pagar solo
doce; los mercaderes de la costa debían pagar tres décimos del 1% del valor de
su capital, mientras que los de la sierra
debían pagar solo uno.
A pesar de la
injusta discriminación regional, estos gravámenes no ocasionaron mayores
reacciones, pero cuando el gobierno dispuso una contribución obligatoria de
tres pesos y medio a todo ciudadano de 23 a 55 años de edad, eximiendo de esta
obligación a los indios, los esclavos, los soldados y las órdenes religiosas, “a
lo largo de los Andes, desde Tulcán al norte, hasta Azogues en el sur, manifestantes
furiosos se reunieron para agitar sus puños contra el gobierno y gritar su
determinación de resistir a cualquier autoridad que tratara de cobrar el
impuesto (…) ¡Mueran los tres pesos! Fue el grito de los ultrajados ciudadanos”
(Mark Van Aken.- El
rey de la Noche,
pág. 318 / “Tumultos Populares.- Gaceta extraordinaria, septiembre 2 de 1843).
En la costa no
se produjeron esta clase de manifestaciones, pero si hubo una reacción
guayaquileña frente al aumento de los impuestos aduaneros, pues si bien habían
aceptado los discriminatorios gravámenes e inclusive el de los tres pesos, el
asunto aduanero era un obstáculo al desarrollo de la actividad comercial que
generaba riqueza no solo a Guayaquil sino a todo el país, pues eran los puertos
guayaquileños por donde ingresaban y salían los productos que el país
necesitaba y exportaba.
Ya
para entonces se había establecido en Quito la Sociedad Filantrópica
Literaria, llamada luego Sociedad Filotécnica, que
estaba integrada por estudiantes universitarios opuestos al régimen floreano.
En
ella -que no era otra cosa que una agrupación de revolucionarios y anarquistas
de temibles impulsos- se empezó a planear el asesinato del mandatario, habiendo
sido el joven Gabriel García Moreno quien con más entusiasmo respaldó dicha
propuesta, ofreciéndose ser él, personalmente, quien cometa el magnicidio.
Lejos estaba el impulsivo Gabriel de saber que sería el propio Flores quien lo
lleve al poder, y menos aún de conocer cual sería su sangriento fin.
Día
a día la oposición en contra del gobierno crecía de manera ostensible: Desde
Lima, Rocafuerte -convertido en su más virulento detractor- lanzaba feroces
manifiestos criticándolo; y don Pedro Moncayo, principal redactor de “El
Quiteño Libre”, no descansaba de denunciar sus atropellos.
Para 1844, el desorbitado afán por mantener en la región interandina un
equivocado sistema feudal de explotación popular, basado principalmente en la
ignorancia del campesinado indígena que desde los primeros años de la conquista
había vivido en una semiesclavitud; y la situación de pobreza que se sufría en
Guayaquil debido a la caída de la producción de cacao y a las secuelas de la
fiebre amarilla que en 1842 había diezmado a la ciudad, pusieron al Ecuador en
una grave situación de crisis social y económica que en poco tiempo amenazó la
estabilidad política del gobierno que presidía el Gral. Flores.
En estas circunstancias y ante los brotes de oposición que se empezaron a
sentir en las principales ciudades del país, Flores debió actuar con mano dura
para reprimir todos los intentos revolucionarios, encargando de esta misión al
bravo Gral. Otamendi.
Al
año siguiente, cansado de los abusos económicos, de los atropellos y del
militarismo extranjero, Guayaquil comprendió que era
necesario recuperar la dignidad nacional y que para lograrlo no había otro
camino que poner fin a la influencia de un gobierno que se mantenía a base de
complicadas y enmarañadas leyes y, por sobre todo, al poder efectivo y militar
que representaba. Entonces buscó la solución por el único camino que le
quedaba: Una revolución que cortara las complicaciones del nudo gordiano que
ahogaba al país desde el mismo momento de su nacimiento y, ante
el silencio resignado de algunos sectores que se habían allanado a la voluntad
del mandatario, reaccionó fervorosamente iniciando un movimiento revolucionario
destinado a poner fin al régimen dominante.
Fue
entonces que el 6 de marzo de 1845 se inició en Guayaquil un movimiento
revolucionario de características cívicas sin igual, el mismo que, luego de
analizar las denuncias en contra del gobierno floreano,
lo desconoció y redactó un documento que fue llamado “Pronunciamiento
Popular de Guayaquil”.
Inmediatamente
se conformó un Gobierno Provisorio (Triunvirato) que estuvo integrado por José
Joaquín Olmedo, Vicente Ramón Roca y Diego Noboa: tres guayaquileños en
representación de los antiguos departamentos de Quito, Guayaquil y Cuenca,
respectivamente, y que debían gobernar hasta la instauración de una nueva
Convención Nacional, destinada a reorganizar la República.
Una
vez más Guayaquil demostraba que era -en palabras del periódico oficial Gaceta,
del 27 de abril de 1845- “la fragua en que se forjan las armas de la guerra
civil del Ecuador, el taller de las revoluciones…”
Para
contrarrestar y combatir a la revolución, y luego de nombrar a José Félix
Valdivieso como presidente interino, Flores marchó hacia la costa y se hizo
fuerte en su hacienda “La
Elvira”, cerca de Babahoyo, donde junto al bravo y leal
Gral. Otamendi logró rechazar varios ataques
militares conducidos por los generales Fernando Ayarza,
Antonio Elizalde y Juan Illingworth.
El Gobierno
Provisorio envió entonces varias comisiones para lograr la adhesión de los
pueblos del interior, que finalmente -comprendiendo el sacrificio de Guayaquil-
se identificaron con la revolución. Primero se sublevó Alausí, y luego Loja,
Cuenca, Cayambe, Tabacundo y Machachi.
Más tarde se cortaron las comunicaciones de Flores con Quito y finalmente, por
todas partes estallaron motines en contra del gobierno.
“Reducido el
Gral. Flores a sus posiciones de Babahoyo, incomunicado con el resto de la República y abrumado por
la opinión pública, se convenció de que era inútil pretender sostenerse por más
tiempo y se resolvió a capitular. El 18 de junio se firmaron los Convenios de La Virginia; y por efecto de
ellos el ex presidente abandonó el Ecuador, el 23 de junio de 1845, a tiempo que en
Guayaquil se celebraba ruidosamente el triunfo completo de la revolución
popular iniciada tan denodadamente el 6 de marzo” (Camilo
Destruge.- Urbina: El Presidente, p. 50).
Luego de la
firma del Tratado de la
Virginia y de su consecuente destierro, Flores se radicó
en Europa donde entre 1846 y 1847 fue colmado de honores y distinciones por los
gobiernos de Inglaterra, Austria, Francia y España; además, cuando visitó el
Vaticano, recibió la bendición de S.S. el Papa Pío IX.
Pero Flores ansiaba regresar ya que la Convención de Cuenca
había anulado el Tratado de la
Virginia que, entre otras cosas, en la parte referente a su situación particular le garantizaba su empleo
de General en Jefe, sus honores, rentas y propiedades particulares;
proporcionarle la cantidad de veinte mil pesos para que pueda subsistir en
Europa durante dos años, guardar a su familia las debidas consideraciones,
pagarle a su legítima esposa la mitad del sueldo que disfrutaba y, finalmente, la
seguridad de que -pasados los dos años de espontánea ausencia del país- pudiera
regresar sin que nadie se oponga.
Fue por eso que
-al tiempo que disfrutaba de homenajes y reconocimientos- se dedicó también a preparar una expedición de reconquista, que con el
respaldo de España e Inglaterra estaba integrada por tres buques, dos de ellos
a vapor, el “Monarca” y el “Neptuno”, y uno a vela, el “Glenelg”,
y cerca de 2.600 soldados entre ingleses, irlandeses, españoles y portugueses
-que a la vez eran también agricultores y artesanos- a quienes había ofrecido
tierras e instrumentos de labranza para colonizar las tierras baldías del río
Napo y de las fértiles regiones de Esmeraldas.
Se empezó a rumorar entonces que sus intenciones
eran instaurar una monarquía en el Ecuador, mediante la
coronación de Juan, hijo de diez años que la regente había tenido en su
matrimonio con el Duque de Rianzares, hecho que
Flores siempre negó rotundamente.
Al conocer de dicha
expedición, el Presidente de la
República, Sr. Vicente Ramón Roca, desplegó una efectiva y
bien dirigida acción diplomática que logró levantar la opinión de América
contra el invasor, a quien acusó de intentar el retorno al régimen colonial; y
gracias a las gestiones realizadas por los agentes diplomáticos americanos ante
el gobierno inglés, este país ordenó el embargo de los tres buques adquiridos
para dicha expedición, por lo que esta fue disuelta a mediados de enero de
1847.
A pesar del revés
sufrido, Flores no se desanimó en sus afanes de recuperar el poder, es posible
que con los criterios de esa época, considerara al Ecuador casi como de su
propiedad, al fin y al cabo, él lo había creado. Así las cosas, en julio de ese
mismo año se embarcó en Londres con destino a New York, donde seguiría buscando
financiación para su empresa, pero sin el escándalo que produciría la presencia
de tropas europeas.
Fracasado una
vez más en su propósito, Flores visitó Venezuela que lo recibió con todos los
honores, y en mayo de 1851 viajó a Chile donde empezó a planificar otro
proyecto de invasión. Al saber de esto, el gobierno del Gral. José María
Urbina, a través del Congreso, expidió un decreto por medio del cual se le
prohibió la entrada al Ecuador.
Por esa época
había ascendido al poder en el Perú el Gral. José Rufino Echenique, militar y
político ultra conservador que no ocultaba sus simpatías monárquicas, ni su
recelo a los gobiernos liberales instaurados por José Hilario López en Nueva
Granada (hoy Colombia) y José María Urvina en el Ecuador. Para aprovechar esta
circunstancia, Flores viajó a Lima en busca del respaldo necesario para
preparar el ataque definitivo, pues sabía que esta sería su última oportunidad.
Así las cosas,
en la noche del 7 de julio de 1852,
a manera de los corsarios Flores pretendió
apoderarse de Guayaquil, y remontando la corriente del río Guayas llegó frente
a la ciudad al mando de una pequeña escuadra con la que había partido del
Callao, y empezó a cañonearla. Posiblemente ignoraba que el presidente Urvina
había llegado a la ciudad, y junto a los generales José de Villamil y Juan
Illingworth había preparado su defensa, armando inclusive a gran número de
voluntarios que valerosamente rechazaron el intento del atacante, que fue
obligado a huir con sus buques.
Luego de
permanecer varios años alejado, volvió en 1860 cuando la República vivía una de
las peores crisis político-militares de su historia, y cuatro gobiernos se
disputaban por conducir sus destinos.
En efecto: El
Presidente Constitucional era el Gral. Francisco de Robles; en Quito se había
formado un triunvirato presidido por el Dr. Gabriel García Moreno; el Gral.
Guillermo Franco se había proclamado Jefe Supremo en Guayaquil y contaba con el
respaldo de Cuenca y de la escuadra peruana que irónicamente había sido traída
por García Moreno; y Loja se había declarado «federalista» bajo el mando del
Dr. Manuel Carrión Pinzano. Ante esta situación, el
presidente Robles tuvo que abandonar el país.
Así las cosas
y deseando salvar a la patria, Flores -desterrado desde 1845- ofreció su espada
a García Moreno -su antiguo enemigo- quien lo nombró Jefe Supremo del Ejército.
En mayo Flores hizo su entrada apoteósica en Quito, donde fue recibido como un
libertador y se entrevistó con García Moreno para iniciar la planificación
estratégica del rescate de Guayaquil, y el desalojo, tanto de las huestes del
traidor Franco como de los soldados peruanos que Castilla había dejado para
respaldarlo.
Marchó
entonces a la cabeza del ejército -posiblemente financiado por Francia para ayudar
a García Moreno-, y tras una fulminante campaña militar, el 24 de septiembre de
1860 libró la histórica Batalla de Guayaquil, en la que venció al Gral.
Franco obligándolo -junto a sus hombres- a abandonar para siempre el país.
Aunque las victorias militares se
debieron a sus estrategias y acertada conducción militar, el Boletín oficial
que celebraba la victoria de Guayaquil -redactado por el propio García Moreno y
publicado en Quito el 28 de septiembre de 1860- no menciona el papel
determinante que Flores había desempeñado para derrotar a los rebeldes,
reestablecer la paz y salvar la existencia de la República. (6)
Habiendo
recuperado el prestigio, ese mismo año no solo fue elegido para la Convención Nacional
Constituyente que se reunió en Quito a partir del 10 de enero de 1861, sino
que, además, fue elegido presidente de la misma.
Posteriormente
sostuvo en el poder a García Moreno ayudándolo a mantener la integridad de la
patria, y participó en diferentes campañas militares contra los generales José
María Urbina y Francisco de Robles, que intentaban desestabilizar al gobierno.
De haberlo querido, Flores hubiera podido derribar fácilmente al gobierno,
uniéndose a los conspiradores, pero su lealtad hacia el presidente fue
inquebrantable.
En 1863
decidió retirarse de la actividad militar, pero ese mismo año García Moreno
comprometió al Ecuador en una nueva aventura militar contra Colombia, y como
General en Jefe del Ejército le correspondió una vez más la honrosa misión de
marchar a las fronteras de la patria. Así las cosas, el 6 de diciembre, en los
campos de Cuaspud, aunque peleó valerosamente y como
un mozo, cargando a la bayoneta y levantándose heroico en los lugares más
fragorosos del combate, fue finalmente derrotado por el enemigo. Dijo entonces
que se sentía de tal modo avergonzado, que deseaba nunca jamás volver a mandar
soldados.
Al año
siguiente el Gral. Urbina inició su tercera expedición militar en contra de
García Moreno. El dictador le pidió entonces que marchara a vencerlo, pero le
respondió que ya estaba viejo y muy enfermo, por lo que con gran enojo y
muestras de ira, García Moreno exclamó: “Si usted tiene miedo, iré yo”.
Jamás había
sentido miedo en ninguna de las cien batallas que había librado, y sabía que
bajo las órdenes de García Moreno la derrota sería inevitable, por lo que -sin
replicar- marchó hacia el sur para enfrentar a los revolucionarios que
avanzaban por El Oro. Asistió entonces al combate de El Jelí
y en el fragor de la batalla fue herido por el soldado revolucionario Juan
Eugenio Cajamarca.
Debido a la
gravedad de sus heridas fue embarcado en el vapor Smyrk
con rumbo a Guayaquil, pero ya era demasiado tarde. Sintiendo el frío de la
muerte y que su vida llegaba a su fin, levantando los ojos al cielo exclamó: “Madre
de Mercedes, soy tu hijo” y murió frente a la isla Puná, a la media hora
del 1 de octubre de 1864. (x)
Así, el
fundador de la República
dio su vida por la nación que había ayudado a crear y gobernar.
El 10 de
agosto de 1865, en su Mensaje al Congreso, García Moreno, refiriéndose a la
muerte de Flores, dijo: Nada encuentro en el mundo que reemplace al amigo fiel,
decidido, previsor, sagaz, conciliador, inteligente, instruido y experimentado
que he perdido.
Flores fue uno
de esos hombres llamados a dominar en los grandes conflictos y a no ser
dominado por ellos. Brilló como militar, como guerrero y como político, y
gracias a ello su fama perdurará para siempre en la historia.
Sus restos reposan desde 1866 en la
catedral de Quito.
(1) Melvin Hoyos.- La Moneda Ecuatoriana
a Través de los Tiempos.
(2) Mark Van Aken.- El Rey de la Noche, pág. 142.
(3) Mark Van Aken.- El Rey de la Noche, pág. 135.
(4) Roca ocuparía la Presidencia de la República entre 1845 y
1849
(5) Protesta del
25 de marzo de 1843, publicada por la Imprenta de la Viudad de Vivero por J.
F. Puga. La Convención se negó a
publicar el discurso en sus actas, y la Gaceta demoró su publicación hasta que el
gobierno Rocafuerte estuvo listo para imprimir una respuesta a las fuertes
acusaciones de Rocafuerte / Mark Van
Aken.- El Rey de la Noche, pág. 311
(6) Mark Van Aken.-
El Rey de la Noche,
pág. 398
(x) Un
Informe del Ministro de Guerra y Marina, Crnel. Francisco Javier Salazar -que
no estuvo en la batalla-, dirigido a los Honorables Legisladores el 10 de
agosto de 1865, sostiene que Flores fue atacado por una violenta enfermedad,
pero que permaneció en su puesto, en el campo de batalla, hasta lograr la
victoria, luego de lo cual fue embarcado en el Smyrk
donde murió.
Autor: Efrén
Avilés Pino
Miembro de la Academia Nacional
de Historia del Ecuador
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