Uno de los períodos más
dramáticos de la historia de nuestra patria fue el comprendido entre los años
de 1859 y 1860, cuando diferentes corrientes políticas, y las pasiones de
quienes orientaban dichas corrientes, llevaron al país a una peligrosa
situación que culminó con la instauración en el Ecuador de “cinco” gobiernos
distintos.
En efecto, a más del gobierno
constitucional presidido por el Gral. Francisco de Robles, el 1 de mayo de
1859, en Quito, un pronunciamiento conservador designó un triunvirato presidido
por el Dr. Gabriel García Moreno e integrado además por los señores Pacífico
Chiriboga y Jerónimo Carrión. Poco tiempo después Carrión se separó del
triunvirato y fue a formar un tercer gobierno en la ciudad de Cuenca. El 6 de
septiembre el Gral. Guillermo Franco se proclamó Jefe Supremo de Guayaquil y
Cuenca, y finalmente, el 17 del mismo mes se dio un nuevo golpe que proclamó en
Loja la Jefatura Suprema del Sr. Manuel Carrión Pinzano.
Esta peligrosa situación se
agravaba más aún por la presencia de la escuadra peruana que amenazaba a
Guayaquil manteniendo bloqueadas las aguas del golfo.
En efecto, García Moreno había
pactado con el Presidente del Perú, Gral. Ramón Castilla, y había presentado a
las fuerzas peruanas como amigas y protectoras de los intereses nacionales,
cuando en realidad lo único que buscaba era su respaldo militar para poder
tomar el gobierno de todo el país; pero sus planes le salieron mal y Castilla
lo traicionó firmando con Franco el Tratado Franco-Castilla, por medio
del cual le ofreció su respaldo al Jefe Supremo de Guayaquil.
Indudablemente que lo que
buscaba el presidente peruano era la división y autodestrucción de nuestro
país, para facilitar el cumplimiento del Protocolo Mosquera-Selaya, por
medio del cual Colombia y Perú se habían propuesto el “reparto” del Ecuador en
partes iguales.
En estas terribles circunstancias
surgió la figura gigante del Gral. Juan José Flores, quien desde su destierro,
olvidando viejas rencillas y en patriótico gesto, ofreció su espada y servicios
a su antiguo enemigo, el Dr. García Moreno, para intentar juntos la salvación
de la patria.
García Moreno aceptó la ayuda de
Flores a quien nombró Jefe del Ejército, y al mando de una fuerza militar bien
organizada e inteligentemente motivada, marcharon hacia Guayaquil para atacar a
Franco y a los peruanos, y recuperar la ciudad.
En su marcha hacia Guayaquil las
tropas de Flores fueron aclamadas y vitoreadas en cada una de las ciudades y
poblaciones por las que pasaba, y desde Guaranda, García Moreno lanzó dos
importantes proclamas; una dirigida al pueblo de Guayaquil y la otra al
Ejército Nacional, al que arengó diciéndole: «Soldados, os mando que
marchéis a la victoria».
El primer enfrentamiento se
libró el 7 de agosto de 1860 en las cercanías de Babahoyo, donde las fuerzas de
Franco fueron destrozadas casi totalmente; pero éste logró retroceder y buscó
hacerse fuerte en Guayaquil, contando para el efecto con todo el poder de fuego
de las naves peruanas ancladas frente a la ciudad, en el río Guayas, y la
presencia de un fuerte contingente de soldados que Castilla había dejado para
respaldarlo.
El 23 de septiembre Flores
expuso su plan de batalla, disponiendo que una parte del ejército ataque a las fuerzas
de Franco por el cerro Santa Ana, al norte de la ciudad; y otra, bajo su mando
y junto a García Moreno, cruce el estero Salado -por el oeste- para poder
encerrar al ejército de Franco entre dos fuegos.
El “Paso del Salado” fue uno de los momentos culminantes
de esta batalla, pues las fuerzas de Flores debieron enfrentar a un
enemigo para el que no estaban preparados: la naturaleza tropical de las riberas
del estero -enmarañadas por las raíces de los mangles que se presentaban como
una barrera infranqueable- y los lagartos que hacían de ese ambiente su hábitat
milenario.
García Moreno, por su parte,
ofreció al Crnel. Pedro Pablo Echeverría - jefe de la fuerza que defendía el
estero- entregarle 3.000 pesos y ascenderlo a General si se “hacía de la vista
gorda”. La traición de Echeverría facilitó el cruce del salado, y a primeras
horas del 24 de septiembre todas las fuerzas de Flores ocupaban lugares estratégicos
para la batalla final.
Acorralado entre dos fuegos -en el sitio donde hoy
se encuentra el parque llamado con justicia “Plaza de la Victoria”-, Franco se desmoronó, y junto a sus
hombres fugó en desbandada. Muchos -aún sin saber nadar- se tiraron al río y
murieron ahogados en el vano intento de llegar a las naves peruanas que, al ver
lo que acontecía, levaron anclas y huyeron hacia el Perú.
Al anochecer todo había
concluido. García Moreno había entrado en la historia... La patria se había
salvado.
Cuando el Crnl. Echeverría -ese
que se “hizo de la vista gorda- se presentó ante García Moreno para recibir su
pago, este le entregó una orden para que el tesorero le cancele los 3.000
pesos; pero cuando solicitó su ascenso le contestó: “Nunca... La traición se
paga, pero no se premia”.
La epopeya que significó el
cruce del salado generó tal admiración en García Moreno, que poco tiempo
después condecoraría a los protagonistas de esa gesta con una medalla a la que
llamó “La Cruz del Paso del Salado”, en la que en un anillo elíptico, ubicado
en el centro de la misma, pueden leerse las palabras “Arrojo Asombroso”.
Autor: Efrén Avilés Pino
Miembro de la Academia Nacional de Historia del Ecuador
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