Tabara Enrique

Enrique-Tabara

Pintor guayaquileño nacido el 21 de febrero de 1930, hijo del Sr. Manuel Tábara Rugel y de la Sra. Petra Zerna Morán.

Realizó sus primeros estudios en la Escuela Fiscal No. 6 “Vicente Rocafuerte”, donde desde temprana edad empezó a sentir el llamado de su vocación artística “Mi madre me llevaba al campo desde que yo tenía 4 años de edad, y cuando estuve frente a los insectos y las mariposas pretendí copiar los colores de sus alas. Dibujaba también plantas raras. La naturaleza siempre me ha fascinado. Después, cavando la tierra en Puná encontré pequeñas piezas arqueológicas con dibujos que llamaron mucho mi atención: Pienso que ahí formé mi concepto respecto a la pintura y al arte”.

En 1946 ingresó a la Escuela de Bellas artes donde tuvo como maestros a Luis Martínez Serrano y a Hans Michaelson, pero se retiró en 1951 sin graduarse. Empezó entonces a visitar, la Casa de la Cultura de Guayaquil donde conoció y apreció la pintura de los maestros del realismo social: Diógenes Paredes, Luis Moscoso y Eduardo Kingman; y aunque recibió su influencia vivificadora, nunca siguió sus pasos ni pintó indios; prefirió pintar negros y mulatos de la costa y a los marginados de la ciudad. “Salía de noche a dibujar esos personajes…. A las prostitutas de la calle Machala, a los carboneros, a las solteronas, y a quienes asistían a los salones de baile. Ese era mi mundo hasta 1953 en que empecé a enfrentarme con las formas del arte moderno”.

Cuatro años más tarde ya su nombre sonaba con admiración y causaba controversia entre los críticos de arte ecuatoriano. Guayasamín aplaudía su obra y Hernán Rodríguez Castelo la consideraba “grosera”; Benjamín Carrión había adquirido sus óleos “Mujeres” y “La Solterona” para los museos de Quito y Guayaquil de la Casa de la Cultura, y los críticos conservadores calificaron de “monstruoso el refinamiento estético de la institución”.

Entonces, gracias a las gestiones de la Sra. Monserrat Maspons consiguió del gobierno una beca para estudiar pintura en España, donde hizo amistad con el pintor alemán Will Faber, quien lo conectó con otros artistas. Tuvo entonces oportunidad de conocer y alternar con pintores de renombre y con el poeta Joan Brossa, quien le abrió las puertas artísticas de Barcelona y Madrid.

A partir de 1960 hizo exposiciones en París y New York, y contratado por el marchante suizo Georges Kasper, durante cinco años recorrió las principales capitales de Europa exponiendo su obra, Tuvo entonces la oportunidad de presentar su obra junto a las cimas del surrealismo español de esa época: Salvador Dalí, Joan Miró y Eugenio Granell.

Finalmente, tras nueve años de ausencia, en 1964 volvió a Guayaquil para radicarse definitivamente. Inmediatamente su obra recorrió las principales salas de exposición y fue invitado a exponer en el Museo de Arte Moderno de Bogotá; en esa ocasión la crítica de arte Martha Trava declaró: “Guayasamín es un mito, Tábara el antimito”.

En 1967 obtuvo el Primer Premio en el Salón de Julio, de Guayaquil, y diez años más tarde el Banco Central del Ecuador presentó -con gran éxito- una muestra retrospectiva de sus últimos años, para que el público pueda apreciar “la grandeza de la obra del artista ecuatoriano más creativo de la década”. Finalmente, a partir de 1984 empezó a incluir nuevas formas en sus expresiones, en las que empezaron a ser protagonistas hojas, árboles, pies y piernas. Nació entonces una corriente a la que el público llamó “Pata Pata”.

A inicios del siglo XXI -sin dejar de conservar su particular estilo- intenta introducir nuevas expresiones dentro de su forma de hacer arte, de pintar lo que siente y quiere ver; aparecen entonces obras como “Estructural en Tonos Celestes” y “Limón Rosa” (2005), y pone en escena la lucha por equilibrar lo emotivo con lo cerebral.

“Ante la excelente factura y calidad de su nueva obra, Tábara impone su posición y de­manda una relectura de momentos específicos de su tra­bajo. Con Blanco y rojo con equis azul (2005), sostiene que las imá­genes siguen siendo pretextos, y para él hay que saber reco­nocer la diferencia entre el an­tes y el ahora: “… lo difícil es llegar a ese momento, peligro­so, si se lo quiere llamar así, en que aparentemente nos repe­timos… meterte en una cosa en que te reafirmas… cuando es­tudias y analizas una obra an­terior… cuando sabes por qué ya no pones ese color, cuando lo ves desde otro punto de vis­ta, ahí te das cuenta que estás haciendo algo diferente…”. (Mónica Espinel de Reich.- El Universo, Sbre.24/2005).

Tábara, artista de ruptura y cambio, fue para la moderni­dad ecuatoriana figura clave. Obras tempranas como “Insec­tos” (1953), “Atigrado en Fondo Rosa” (1954, conocido como Formas) y “Pájaro” (1954), marcaron un camino difícil de entender en el momento que aparecieron. Pero también de­jaron huellas significativas, que son las que retoma, para intentar imponer la vigencia y validez de los traba­jarlos de hoy.

En efecto, en la actualidad el maestro se encuentra en plenitud de su actividad pictórica, y su obra, aclamada y admirada, constituye un hito dentro del arte ecuatoriano de todos los tiempos.

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