Rocafuerte Vicente

Vicente-Rocafuerte

Político y prócer de la independencia americana nacido en Guayaquil el 1 de mayo de 1783, hijo del Cap. Juan Antonio de Rocafuerte y de la Sra. Josefa Rodríguez Bejarano.

Sus primeras enseñanzas las recibió en su ciudad natal, y desde temprana edad demostró ser poseedor de un gran patriotismo y raro talento. Su personalidad y carácter lo distinguían entre sus compañeros, y sus ideas y conceptos causaban la admiración de quienes lo escuchaban.

Al terminar su primera educación, en 1800 viajó a Europa junto a su tío, don Jacinto Bejarano, para continuar estudios superiores en el Colegio de Nobles de Madrid y en el Colegio Saint Germain de París, donde tuvo la oportunidad de alternar con miembros de la nobleza europea y con hombres que más tarde ocuparían sitiales destacados en la vida política y cultural del continente. Por esa época, en París, conoció y trabó amistad con su contemporáneo, el venezolano Simón Bolívar.

Después de permanecer en Europa durante siete años, volvió a Guayaquil con nuevas ideas políticas que por vanguardistas podrían haber sido consideradas entonces como altamente peligrosas.

Al estallar en Quito la Revolución del 10 de Agosto de 1809, fue apresado en Guayaquil por orden de las autoridades realistas que consideraron que él podría haber tenido participación en dicho movimiento, ya que mantenía vínculos de amistad con el Dr. Juan de Dios Morales, uno de los principales protagonistas de la revuelta quiteña, pero al comprobarse que no era así fue dejado en libertad. Al año siguiente fue nombrado Alcalde Ordinario de la ciudad, abriéndosele entonces la mejor puerta para ingresar a la vida pública del país; pudo así darse a conocer como un hombre activo, honesto y trabajador.

En 1812 fue elegido Diputado ante las Cortes de Cádiz, en las que no pudo participar por haber llegado cuando estas ya habían sido disueltas. Tuvo entonces oportunidad de conocer a Simón Bolívar, con quien se encontró varias veces en Europa.

Establecido en Europa y buscando acrecentar sus conocimientos políticos y culturales, recorrió durante algún tiempo varios países, hasta 1817 en que volvió a Guayaquil con nuevas ideas políticas que, por vanguardistas, fueron consideradas en esa convulsionada época como altamente peligrosas. Dos años después -cuando en Guayaquil ya se hablaba secretamente de independencia- tuvo que viajar a los Estados Unidos y México donde, invitado a participar en la política, tuvo importantísima actuación.

Rocafuerte no tuvo participación alguna ni en los movimientos previos ni en la Revolución del 9 de Octubre de 1820; a pesar de ello, por alguna equivocada razón su nombre consta en el fuste de la “Columna de la Independencia”, en el Parque del Centenario, en Guayaquil.

Durante su permanencia en México se convirtió en uno de los ciudadanos más notables de ese país, al que sirvió no solo en sus procesos revolucionarios sino, además, desempeñándose como Encargado de Negocios ante el gobierno de los Estados Unidos y como Ministro Plenipotenciario en varios países de Europa.

Fe entonces que empezó a manifestar sus conceptos altamente democráticos y civilistas a través de publicaciones como “Ideas Necesarias a Todo Pueblo Independiente que Quiere ser Libre”, Bosquejo Ligerísimo de la Revolución de México, Desde el grito de Iguala hasta la Proclamación del Imperio”, “El Sistema Colombiano Popular es el que más Conviene a la América Independiente” y “Ensayos sobre la Tolerancia Religiosa”, entre otras que causaron gran conmoción en América.

Ya se había instaurado la República del Ecuador cuando a principios de 1833 volvió a Guayaquil con el propósito de dedicarse a sus actividades particulares, pero la lectura de un número de «El Quiteño Libre» cambió su disposición y casi de inmediato se decidió a participar también en la vida política nacional.

Entonces, respaldado por la Sociedad de El Quiteño Libre resultó elegido Diputado por la provincia de Pichincha al Congreso Ordinario que se reunió en Quito desde el 10 de septiembre hasta el 29 de octubre de 1833, donde desató una fuerte oposición al gobierno del Gral. Flores, a quien combatió y fustigó duramente, sobre todo acusándolo de abusos y atropellos cometidos por el militarismo extranjero que dicho gobierno representaba.

Se cumplía entonces el contenido de una carta fechada el 9 de noviembre de 1830, desde Barranquilla, en la que Bolívar escribía a Flores diciéndole: “Advertiré a Ud. que Rocafuerte ha debido partir para ese país, y que ese hombre lleva las ideas más siniestras contra Ud. y contra mis amigos. Es capaz de todo y tiene los medios para ello (…) Es el federalista más rabioso que se conoce en el mundo antimilitar encarnizado…” (1)

Al poco tiempo, por no estar de acuerdo con las actitudes del ejecutivo renunció a la diputación, situación que fue aprovechada por Flores para decretar su expulsión al Perú.

Por esa época y promovida por el Cmdt. Pedro Mena, el 12 de octubre había estallado en Guayaquil una revolución en contra del gobierno de Flores. Dicho movimiento insurgente, buscando una cabeza civil de aceptación política popular, proclamó inmediatamente su Jefatura Suprema. Al año siguiente, Mena, resentido y envidioso de la aceptación que tenía Rocafuerte, traicionó la revolución y propició su captura, que se cumplió el 18 de junio en la isla Puná, donde había instalado su gobierno.

«Se creía que Rocafuerte sería condenado a muerte por su irreconciliable enemigo, mas, ante el estupor general, se produjo un inexplicable pacto entre tan enconados rivales. Posiblemente el magnetismo del poder doblegó la voluntad de un hombre del temple anímico de Rocafuerte y le hizo claudicar ante las promesas de Flores, el cual, a la postre, consiguió el mando supremo del ejército mientras magnánimamente accedía a que el revolucionario vencido se convirtiera en Jefe Supremo, protegido por las armas a las que antes combatiera» (Carlos de la Torre Reyes.- Piedrahita: Un Emigrado de su Tiempo, p. 63).

Esta situación debió darse, indudablemente, gracias a la mediación del Dr. José Joaquín Olmedo, quien era amigo tanto de Flores como de Rocafuerte y, conociendo la extraordinaria capacidad de éste, estaba convencido de que podría ser un extraordinario gobernante y el único que podría organizar civilmente esta naciente república.

Mientras en Guayaquil el pacto celebrado entre Flores y Rocafuerte ponía fin a la Revolución de los Chihuahuas, en diferentes lugares del país los oposicionistas aprovecharon la ausencia del General para propiciar otros movimientos revolucionarios. El 12 de junio de 1834 se proclamó en Ibarra la Jefatura Suprema del Dr. José Félix Valdivieso, que fue luego respaldada por Quito, y estalló la guerra civil.

Dispuesto a respaldar la Jefatura Suprema de Rocafuerte, Flores avanzó con sus fuerzas hacia el interior para enfrentar al ejército «restaurador» que al mando del Gral. Isidoro Barriga defendía al gobierno del Dr. Valdivieso, y el 18 de enero de 1835 -cerca de Ambato- libró la sangrienta Batalla de Miñarica, en la que logró una histórica victoria. Así, gracias a la vida de miles de ecuatorianos se reafirmó en todo el país la Jefatura Suprema del Dr. Vicente Rocafuerte, quien al tomar el mando en Quito inició una época de cultura, honestidad y trabajo.

«El prestigio de Rocafuerte era sólido. Su brillante carrera pública, el éxito en sus difíciles misiones diplomáticas, su cultura humanística profunda, su gran capacidad oratoria, su agresivo y contundente estilo literario, le dieron un ascendiente inusitado en la opinión nacional…

En esta breve y obligada dictadura el sagaz gobernante reestructuró la administración pública, reorganizó determinadas dependencias estatales que se hallaban en acefalía y preparó, en definitiva, el ambiente para que el gobierno legalmente constituido transitara fácilmente por los caminos de una paz creadora y fecunda» (Carlos de la Torre Reyes.- Piedrahita: Un Emigrado de su Tiempo, p. 88).

Un mes más tarde, buscando darle legitimidad a su mandato y a la nación un gobierno eficaz y estable, Rocafuerte convocó a una nueva Convención Nacional Constituyente que se reunió en Ambato desde el 22 de junio hasta el 22 de agosto de 1835. Esta Asamblea dictó la segunda Constitución del Estado, eliminó la relación federativa con Colombia, dividió a la República en la siete provincias de entonces, esto es, Guayaquil, Manabí, Imbabura, Quito, Chimborazo, Cuenca y Loja; ratificó la posesión del Archipiélago de Colón y lo eligió -por veinticinco votos contra dieciocho- Presidente Constitucional de la República.

Al tomar posesión de su cargo -el 8 de agosto de 1835- Rocafuerte ofreció “… hacer lo posible para impedir las revoluciones, proteger a los hombres pacíficos, administrar las rentas públicas con economía y hacer justicia a todos los ecuatorianos”.

Al terminar su discurso, el Dr. José Joaquín Olmedo, Presidente de la Convención, le contestó recordándole que “El Poder público no es una propiedad que se adquiere, no es un fuero, no es un premio que la Nación concede; es una carga honrosa y grave, es una confianza grande y terrible, que lleva consigo grandes y terribles obligaciones. El ciudadano investido del poder no tiene otros derechos y otras prerrogativas que las de tener mayores facultades para hacer el bien y la de ser el primero que tiene que andar por la estrecha senda de las leyes; ni debe proponerse otra recompensa que la de merecer un día por su moderación, constancia y cordial sumisión a esas mismas leyes, el amor de sus conciudadanos y la gratitud de la Patria”.

Acompañado en la Vicepresidencia por don Bernardo de León, Rocafuerte inició su administración constitucional, contando además con tres extraordinarios colaboradores: los ministros Crnel. José Miguel González, en el despacho de lo Interior; el Crnel. Francisco Eugenio Tamaríz, en el de Hacienda; y el Gral. Francisco Daste, en el de la Guerra.

Rocafuerte encontró que las condiciones económicas del estado ecuatoriano eran realmente deplorables: No había contabilidad, ni cuentas, ni recaudaciones ordenadas del dinero de los impuestos. Todo era desorden económico y administrativo, picardía de los funcionarios públicos, usura de los prestamistas y una gran deuda con la banca privada. Los contrabandistas y falsificadores continuaban trabajando en su actividad delictiva, no había dinero ni siquiera para adquirir papel y plumas para el trabajo administrativo y las tropas permanecían impagas, propiciando un ambiente de rebelión.

Surge entonces la personalidad ambivalente pero patriótica, civilizadora y humanista del gran guayaquileño “Será demagogo y tirano. Y no sabremos decir cuando es más grande: si cuando como Catilina, se deshonra para salvar a la Patria, o cuando, como César, oprime a la Patria para salvar a la República” (José Joaquín Pino de Ycaza).

Rocafuerte no era hombre que se dejara vencer por las adversidades ni por las dificultades, y por eso acometió sin temor la empresa de reestructurar la República empezando por nombrar para los cargos administrativos de las diferentes oficinas públicas a personas calificadas, honorables y dispuestas a sacrificarse por el bienestar del país. Posiblemente sus primeros detractores fueron los malos empleados públicos que fueron removidos de sus cargos para dar paso a los cambios que se había impuesto.

Desde los primeros días de su gobierno debió enfrentar también a los seguidores de Valdivieso, que desde el Perú y Colombia iniciaron acciones desestabilizadoras. Los primeros fueron derrotados por los generales Juan José Flores y Tomás Carlos Wright, quienes los acorralaron en Taura donde fueron fusilados veinte prisioneros, incluyendo ciertos oficiales del ejército que se habían sublevado hacía pocos meses; el mismo Wright enfrentó y venció a otro grupo guerrillero en Esmeraldas, luego de lo cual fusiló a diez y ocho.

También en el Carchi se dieron algunos enfrentamientos que culminaron con el fusilamiento de los guerrilleros, entre ellos el comandante Facundo Maldonado, a quien el gobierno ejecutó en Quito.

“Se desconoce el número de ejecuciones arbitrarias que llevó a cabo, pero fueron numerosas. Además, muchos conspiradores, entre ellos la famosa Manuela Sáenz, fueron enviados al exilio. Rocafuerte admitía libremente que había adoptado una política de terror para establecer el orden, y declaró en una carta a Flores que era preciso hacerlo todo a punta de lanza” (Mark Van Allen.- El Rey de la Noche, pág. 185).

Su justificación es igual a la de cualquier gobernante duro, por eso, son comprensibles sus palabras cuando dijo: “Se necesita la expulsión de los malvados y revoltosos de profesión… Arrancaremos de nuestro suelo ese germen revolucionario… Seré inflexible en la aplicación de la ley contra los facciosos… En la efervescencia de las pasiones y de los partidos, solo el terror puede reducirlos orden y conservar la primera de todas las leyes, que es la tranquilidad pública… Si fuera necesario, yo sabré convertirme en un Sila para salvar a mi Patria de la anarquía que pretende devorarla. Verdadero amante de las luces y de la civilización, consiento en pasar por tirano”.

Conocedor de los problemas educacionales que el país sufría, Rocafuerte se empeñó en mejorar sustancialmente la instrucción pública, para lo cual -a pesar de mantener una constante polémica con la iglesia- dispuso que los conventos máximos de Quito retornaran a la antiquísima tradición de mantener cada uno de ellos un colegio para enseñanza primaria y media. Pero como eso no era suficiente, habilitó y construyó establecimientos de enseñanza en todo el país, a los que dotó de profesores bien acreditados y debidamente ilustrados; fundó colegios especiales para señoritas, rehabilitó la Academia Náutica de Guayaquil y estableció un Colegio Militar en Quito.

Finalmente y para complementar su plan educacional, asignó un presupuesto adecuado para tal propósito, creó la Dirección General de Instrucción Pública, que estuvo compuesta por representantes de cada una de las tres facultades universitarias que entonces existían: Teología, Medicina y Jurisprudencia; y dispuso que en cada una de las provincias funcione -dependiente de la Dirección General- una oficina destinada a la inspección de estudios.

Otra de sus grandes preocupaciones fue la asistencia social, muy poco atendida en esos años en que el país aún no había sido organizado social y económicamente de manera adecuada; y para mejorara -luego de asignarle los fondos necesarios- reedificó el Hospital San Juan de Dios, llamado antes De la Caridad, y fomentó la asistencia hospitalaria.

Dio importantes pasos para el arreglo de la deuda pública designando los fondos correspondientes que fueron manejados con tal pulcritud, que en su primer año de gobierno fue disminuida de manera verdaderamente sustancial. Reglamentó el uso de la Moneda, combatió y desterró el fraude, el abuso, la usura y el agiotaje; y en 1937 con aprobación de Congreso aceptó el injusto reparto hecho por Colombia y Venezuela para la liquidación de la deuda contraída para la guerra de la independencia.

En otro aspecto, por decreto ejecutivo ordenó la creación de la Guardia Nacional, y con energía impuso el orden en una época de verdadera anarquía política y militar.

«Rocafuerte se comportaba dictatorialmente en todas sus decisiones y mostró su exaltada intolerancia moralizadora no sólo contra los contrabandistas, usureros y falsificadores, sino también contra sus adversarios políticos y de la prensa, e incluso sus propios secuaces que no aprobaban todos sus métodos ni su proceder (especialmente el hecho de haberse aliado con Flores). Muy fácilmente Rocafuerte dictaba la pena de muerte» (Ugo Stornaiolo.- Anatomía de un País Latinoamericano: El Ecuador, p. 172).

Como en aquella época los religiosos manejaban la República como si fuera un feudo hereditario, y su poderosa influencia se hacía sentir desde el templo hasta la legislatura, que obedecía con sumisa humildad a obispos y canónigos aplicando leyes inquisitivas de suplicio y de represión, que iban desde el azote hasta la muerte; dispuesto a terminar con esta intolerable situación Rocafuerte enfrentó a la temible y todopoderosa iglesia, obligándola a “retornar” a los conventos y disponiendo inclusive -por decreto- la libertad de cultos.

Pero no fue un enemigo de la iglesia, ni un anticlerical, por eso sus palabras trascienden cuando dice: “Nuestro siglo es eminentemente liberal y cristiano, porque es sumamente industrioso y trabajador. Si en nuestros días se han debilitado algunas persuasiones religiosas, también se han acrisolado las ideas morales. Se cree menos en las ficciones que el interés inventó en las tinieblas de la Edad Media, y hay más fe en las máximas del Evangelio y en la lectura de los libros sagrados. Esta tendencia de nuestra época al ilustrado cristianismo es un objeto de tan alta consideración, que nunca deben perderlo de vista los Congresos de América”.

Rocafuerte intentó mejorar las condiciones de la agricultura mediante el aporte de capitales provenientes del tesoro público. Sus ambiciosos planes hubieran impulsado de manera significativa la economía de las regiones campesinas agrícolas, permitiendo inclusive que estas se integren y complementen con las urbanas; lamentablemente las suspicacias, los egoísmos y los criterios estrechos se lo impidieron, privando al país y al campesinado de inmensas posibilidades de desarrollo.

 

Fue el primer mandatario ecuatoriano que comprendió la importancia de la región oriental para el crecimiento futuro del país, y queriendo integrar también esas extensas regiones, propuso establecer colonias militares desde el Napo hasta el Chinchipe, no solo para garantizar la integridad territorial del Ecuador sino, además, como un medio de aumentar su población, desarrollar el comercio y la explotación de sus inmensas riquezas.

En lo internacional, Rocafuerte estableció relaciones diplomáticas y consulares con Nueva Granada, Perú, Bolivia, Venezuela, Chile, México, Centroamérica, Estados Unidos, Inglaterra, Francia y España; mantuvo además buenas relaciones con la Santa Sede.

El extraordinario trabajo de Rocafuerte solo se podía realizar aplicando mano dura y una rígida disciplina, para lo cual no dudó en ordenar el fusilamiento de quienes pretendían desestabilizar su gobierno; pero si bien es cierto que el paredón se estremeció en muchas ocasiones, también fueron proverbiales su honestidad y desprendimiento, y es reconocido que nunca cobró su sueldo mientras no hubieren sido pagados todos los empleados públicos.

A pesar de no ser un jurista, entendía que la esencia de la Constitución se asentaba en las leyes, para lo cual conformó la primera Comisión Codificadora que hubo en el país, la misma que estuvo conformada por tres de los juristas más notables de entonces: los doctores José Fernández-Salvador, Luís de Saa y Ramón Gortaire quienes, contando con la asistencia de su joven secretario, Pedro Carbo, se encargaron de reunir en un solo libro los Códigos Civil, Penal y de Procedimiento.

“El presidente Rocafuerte no es solamente uno de los presidentes, sino una de las personas más excepcionales que he encontrado en Sudamérica y, en pocas palabras, un hombre que hasta en sociedades más civilizadas se destacaría por su educación, conocimientos y experiencia, y sobre todo por sus sentimientos verdaderamente patrióticos.

Es también notable como presidente sudamericano por otras razones: la primera porque, sin haber sido militar, ha sido presidente -cosa que ha ocurrido muy raras veces-, y la segunda porque no retira su salario como tal -cosa que no ha ocurrido nunca-. Como posee una importante fortuna propia, no quiere debilitar el ya débil Tesoro Público retirando su sueldo. Emplea, por el contrario, fondos suyos y tantos como puede de los del Estado, para dos cosas que siendo sumamente provechosas en todos los estados, lo son aún más en Sudamérica, a saber: la educación del pueblo, y la apertura del país mediante nuevas comunicaciones” (Carl August Gosselman (Agente Oficial del Gobierno Sueco).- Informe Sobre los Estados Sudamericanos en los Años 1837-1838).

La extraordinaria labor de Rocafuerte solo se pudo realizar aplicando mano dura y una rígida disciplina; pero si bien es cierto que el paredón se estremeció en muchas ocasiones, también fueron proverbiales su honestidad y desprendimiento, y es reconocido que nunca cobró su sueldo mientras no hubieren sido pagados todos los empleados públicos.

En definitiva, Rocafuerte presidió un gobierno que se distinguió por la honorabilidad y la rectitud administrativa, y que proyectó favorablemente el prestigio internacional del Ecuador, que bajo su conducción se presentó en el concierto americano como un país que iniciaba con valentía y decisión su reestructuración jurídica, política, ética y material.

“Nota descollante del gobierno de Rocafuerte fue la culturización del país mediante el apoyo decisivo y entusiasta a la instrucción en todos sus grados, fundando institutos de enseñanza y protegiendo toda labor científica que señalase un progreso para la intelectualidad ecuatoriana… Fue en su tiempo y por mandato suyo que se reconstruyeron las pirámides levantadas por los académicos franceses en Carabuyo y Oyambaro en 1746” (José Antonio Campos.- Historia Documentada de la Provincia del Guayas, tomo V, p. 47).

Finalmente, antes de finalizar su mandato -que culminó el 31 de enero de 1839-, por medio de un decreto especial permitió el regreso al país de todos los exiliados políticos, a quienes solicitó su apoyo para la reconstrucción nacional.

Le sucedió en el gobierno el Gral. Flores, quien al asumir la Presidencia de la República por segunda vez lo nombró Gobernador de Guayaquil, cargo que asumió el 2 de abril de ese mismo año. Fundó entonces, con aportación económica propia, el Colegio San Vicente del Guayas, conocido actualmente como Colegio Nacional Vicente Rocafuerte.

«…en Guayaquil fue un verdadero prodigio, se ocupó de todo en los establecimientos públicos: colegios, escuelas, hospitales, cárceles, oficinas públicas, introduciendo en todas las mejoras convenientes y haciendo gastos aun de sus propias rentas. Su inteligencia y su celo en la administración de las rentas públicas repararon en cierto modo las pérdidas ocasionadas por derroches en la administración anterior…» (J. Gonzalo Orellana.- Resumen Histórico del Ecuador, p. 29).

Un acontecimiento de singular importancia se produjo en Guayaquil el 6 de agosto de 1841, cuando gracias a su esfuerzo y el de un entusiasta grupo de porteños, desde los afamados astilleros de la ciudad se deslizó al río Guayas el primer barco a vapor construido en la costa del Pacífico. En octubre de ese mismo año, el primer barco de la Pacific Steam Navigation Company llegó a Guayaquil, inaugurando el servicio regular de vapores que lo integraba a los principales puertos del Pacífico.

Obras como continuar la construcción de la ciudad, reglamentar la formación de una compañía de bomberos y traer el nuevo reloj público, son solo algunos de los innumerables trabajos que legó para la posteridad.

En 1842, una epidemia de fiebre amarilla introducida por la tripulación de un barco que había llegado de Panamá, convirtió a Guayaquil en un espantoso y horrible cementerio, produciendo miles de muertos. Fue entonces que «el gobernador Vicente Rocafuerte, superándose al dolor y despreciando el temor de contagio se entregó a una lucha titánica, heroica, desafiando a la muerte, al caos, a la desolación y al espanto. Su labor fue de lo más encomiasta: Actuó con espíritu de humanidad como médico y enfermero y como sacerdote. Escribió una de las páginas más brillantes de su vida» (E. Muñoz Borrero.- En el Palacio de Carondelet, p. 46).

Fue por esta razón que debió retrasar su incorporación como Diputado a la Convención Nacional que, convocada por el Gral. Flores, se reunió a partir del 15 de enero de 1843 con el propósito de dictar una nueva Constitución.

Como era de esperarse y convertido ya en el principal detractor del gobierno, Rocafuerte provocó un acalorado debate no solo sobre la Constitución propuesta sino sobre la reelección presidencial.

Entre el 24 y el 25 de marzo, la Asamblea se convirtió en un pandemonio cuando un iracundo Vicente Rocafuerte tomó la palabra para condenarla como un “aborto político” y como “el resultado de diestras y complicadas intrigas para reelegir de presidente al general Flores, con desdoro de la nación y con perjuicio de las rentas públicas” (2); se refirió además en términos muy duros a los diputados, que reaccionaron con indignación intentando inclusive agredirlo físicamente.

Calificándola como Carta de Esclavitud, Rocafuerte anticipó que esta “solo favorecía las aspiraciones de la avaricia y de la ambición del general Flores…” que tendía “a facilitar el camino de la tiranía” y podría “convertirse en torrentes de desorden y rebelión” (3)

A pesar de sus persuasivos argumentos no logró el respaldo necesario, y el 31 de marzo -gracias a su hábil e inteligente retórica- Flores logró que la nueva Constitución fuera aprobada por mayoría.

A consecuencia de sus denuncias, Rocafuerte fue perseguido y tuvo que abandonar el país para radicarse en Lima, Perú, desde donde continuó atacando duramente al régimen.

A partir de la Convención de 1843 publicó una serie de catorce ensayos políticos a los que tituló” A la Nación”, en los que empleando calificativos como disoluto, vulgar y tiránico; famélico aventurero, hijo espurio del Ecuador, traidor, meretriz política, jefe de una pandilla de etíopes, genízaro y otros, atacó con virulencia al presidente ecuatoriano.

Los resultados de sus protestas se reflejaron dos años más tarde, cuando en Guayaquil estalló la revolución del 6 de marzo de 1845, llamada Revolución Marxista, que puso fina la dominación floreana.

Nombrado Ministro Plenipotenciario en la ciudad de Lima, y en el desempeño de dichas funciones, don Vicente Rocafuerte y Bejarano murió cristianamente en dicha ciudad, el 16 de mayo de 1847.

Sus restos fueron traídos a Guayaquil el 30 de septiembre de 1884, y depositados en la catedral donde permanecieron hasta el 28 de noviembre de 1925, día en que fueron llevados al Colegio Vicente Rocafuerte donde durante un día se levantó una “Capilla Ardiente”, para ser trasladados finalmente al Mausoleo del Cementerio General, que se había erigido por resolución municipal de enero de 1915.

En su testamento dejó su biblioteca particular y 3.000 pesos para el Colegio San Vicente, e importantes sumas de dinero para la construcción de los caminos Quito-Ibarra, Ibarra-Pailón y Cuenca-Loja.

Podemos admirar la política de Rocafuerte o permanecer indiferentes a ella; lo que no puede ponerse en duda es que la energía espiritual con que supo dar vida a sus actos y el certero sentido que aplicó a sus realizaciones, lo hacen acreedor al recuerdo perenne de la posteridad.

 

(1) Correspondencia del Libertador con el Gral. Juan José Flores / 1825-1830.- Publicaciones del Archivo Juan José Flores de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, p. 284.

(2 y 3) Protesta del 25 de marzo de 1843, publicada por la Imprenta de la Viudad de Vivero por J. F. Puga.   La Convención se negó a publicar el discurso en sus actas, y la Gaceta demoró su publicación hasta que el gobierno Rocafuerte estuvo listo para imprimir una respuesta a las fuertes acusaciones de Rocafuerte. / Mark Van Aken.- El Rey de la Noche, pág. 311

 

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