Historia de la Independencia

LA FRAGUA DE VULCANO

 

A esta histórica reunión secreta, a la que él mismo llamó "La Fragua de Vulcano", -porque por conjunción cósmica, hasta los dioses estuvieron presentes- asistieron también –entre otros- Vicente Ramón Roca, Diego Noboa, Luis Fernando Vivero, los Hnos. Elizalde, Francisco de P. Lavayen, Rafael María de la Cruz Jimena, Manuel Antonio de Luzarraga, y por invitación especial, los militares venezolanos León de Febres-Cordero, Luis Urdaneta y Miguel de Letamendi, que se encontraban de paso por esta ciudad;  y los peruanos Gregorio Escobedo, el "Cacique" Alvarez y el sargento Vargas, miembros del Batallón de Granaderos, acantonado en Guayaquil.

 

(Acuarela de Luis Peñaherrera / El Libro de Guayaquil)

La independencia del Ecuador tiene un solo nombre: 9 de Octubre de 1820.

El 9 de octubre es el día más importante en la historia de Guayaquil, de la antigua Audiencia de Quito y del Ecuador actual, porque es el verdadero y único día de nuestra independencia.




Por eso, al considerar el 9 de octubre de 1820, se hace necesario retroceder 11 años en el tiempo, y acabar con una frase que ha confundido a nuestra historia:

“10 de Agosto de 1809: Primer Grito de la Independencia”.

La asonada quiteña del 10 de Agosto de 1809 no fue un movimiento independentista, sino, simplemente, la conspiración de un grupo minúsculo que tenía como único objetivo cambiar a las autoridades españolas que en ese momento gobernaban la Audiencia. Es decir, destituir a don Manuel de Urriez,  Conde Ruiz de Castilla, y poner en su lugar a don Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre -un Conde por un Marqués… la misma cosa es…-, jurando además “lealtad absoluta al amado soberano don Fernando VII”.

La Junta de Gobierno establecida en Quito y presidida por don Juan Pío Montúfar era eminentemente monárquica, por eso, se titulaba Suprema, y por eso, atribuyéndose el tratamiento de Majestad, dio a su presidente el de Alteza Serenísima y á sus miembros el de Excelencia… El juramento que hizo la junta y que exigió a cada uno de los empleados y corporaciones fue de obediencia y fidelidad a Fernando VII…” (Carlos Benedetti.- Historia de Colombia, p. 377; Imprenta del Universo de Carlos Prince, Lima 1887)

El “Acta del 10 del Agosto de 1809” no menciona -en ninguna de sus partes- la palabra “independencia” y por el contrario, señala que los involucrados en el golpe de estado“compondrán una Junta Suprema que gobernará interinamente a nombre y como representante de nuestro soberano, el señor Fernando Séptimo”

En consecuencia, queda claramente demostrado que la conspiración del 10 de agosto de 1809 solo buscaba cambiar al Presidente de la Audiencia, pero manteniendo las mismas caducas estructuras de colonialismo y vasallaje.

Finalmente es preciso recordar que anteriormente ya se habían producido varios movimientos revolucionarios independentistas, el primero de ellos en marzo de 1806, cuando el “precursor” Francisco de Miranda -al mando de un ejército organizado por él- desembarcó en Coro (hoy Venezuela) para iniciar las luchas por la independencia de la América Española.

Posteriormente, el 5 de mayo y el 25 de Junio de 1809, en Chuquisaza y en La Paz -respectivamente-, estallaron también los movimientos revolucionarios con los que se inició la emancipación política de lo que hoy es la República de Bolivia. Todo esto, antes del 10 de agosto de 1809.

La Junta Soberana instaurada en Quito fue tan carente de principios y de conceptos políticos, que ella misma se consumió, y 75 días más tarde -huérfana de ideología y capacidad para gobernarse- le devolvió la Presidencia de la Audiencia al mismo Conde Ruiz de Castilla que ella había destituido.

Entonces… ¿quien o quienes son los precursores y cuando se proclama nuestra independencia…?

Mucho se ha dicho que el precursor de nuestra independencia fue el Dr. Eugenio Espejo, notable quiteño que se destacó en el campo de la ciencia, la medicina y el periodismo; pero, sin desmerecer todos sus notables méritos, en cuanto a la independencia no tuvo nada que ver con ella, y esto resulta lógico si consideramos que para 1795, año en que él murió, aún no se conocía en la América española nada relacionado con la palabra independencia, y menos aún con el sistema de gobierno republicano. Espejo solo conocía el régimen  colonial sujeto a la Corona Española, y -a pesar de su gran ilustración- sus conocimientos relacionados con otros sistemas o formas de gobierno eran muy limitados.

Se repite entonces la pregunta: ¿quien o quienes son los precursores y cuando se proclama nuestra independencia…?

Tres nombres se conjugan para la planificación de ese momento histórico: José de Antepara, José de Villamil y José Joaquín de Olmedo.

Antepara había permanecido durante varios años en México y en Europa nutriéndose de nuevos conceptos políti­cos: la instauración en Francia de la Primera República y su cercanía con el venezo­lano Francisco de Miranda, a quien había acompañado durante varios años, le habían ofrecido una visión totalmente renovadora que representaba nuevas posibilidades para el desarrollo y para la vida de los pueblos americanos; y fue por eso que, desde su regreso a Guayaquil, en 1814, de mane­ra clandestina había empezado a reunirse con las personalidades más importantes de la ciudad, para explicar cuales eran esos nuevos conceptos políticos.

Villamil, nacido en Luisiana, había vivido muy de cerca la independencia de Norte América, luego había estado en Europa donde había tenido oportunidad de conocer y trabar amistad con distinguidos ciudadanos sudamericanos que estaban planificando y buscando apoyo para iniciar las luchas por la independencia, y finalmente había participado en los primeros movimientos independentistas de Venezuela.

Olmedo, por su parte, era un notable jurista que había sido diputado ante las Cortes de Cádiz, donde se había dictado la Constitución de 1812, que debía ordenar jurídicamente tanto a España como a sus colonias; pero cuando Fernando VII recuperó la corona y abolió dicha Constitución, debió huir de España para escapar de la persecución que el monarca desató sobre todos quienes habían integrado dichas Cortes.

Eso debió hacerlo reconsiderar la situación política que se vivía en América -gobernada a partir de entonces por un monarca absolutista que regía el otro lado del mar- y debió ser el estímulo que lo llevaría a convertirse en uno de los principales protagonistas de nuestra independencia.

Estos tres personajes, unos antes y otros después, a partir de 1812 habían llegado a Guayaquil para dedicarse con entusiasmo y fervor a hacer conocer a los guayaquileños los nuevos conceptos políticos y las nuevas formas de gobierno que debían regir los destinos de los pueblos libres.

Estos tres patriotas no hablaron de cambiar autoridades como lo había hecho la revolución quiteña del 10 de agosto de 1809, ellos se expresaron en términos deindepen­dencia, de democracia y de República, haciendo conciencia en todos los ciudadanos de que era necesario realizar cambios sustan­ciales en las estructuras políticas y socia­les de los pueblos de la América española.

Fueron tan convincentes sus con­ceptos y argumentos, que su voz fue escuchada yesas ideas de independencia, poco a poco… de boca en boca… empezaron a regarse, convirtiendo a Guayaquil en un polvorín de patriotismo… En efecto, cada guayaquileño tenía un círculo de amigos de confianza, entre quienes se fueron propagando estas ideas.

Una nueva luz empezaba a brillar en el horizonte de esta parte de América, y esa luz -gracias a los guayaquileños- iluminaría toda la Audiencia y se extendería mucho más allá de sus límites.

Para entonces, la pérdida de sus colonias en América del Norte -que se había independizado en 1776- había puesto a Inglaterra en situación muy desfavorable con relación a España, que aún las conservaba. Decidida a terminar con la hegemonía ibérica, Inglaterra propició y a financió la presencia de corsarios que entre 1816 y 1820 atacaron los puertos y las naves españolas en el Pacífico, invitando además a la sublevación en contra de España.

Tal fue el caso del Alm. Guillermo Brown, quien lo hizo a nombre del gobierno de Buenos Aires; y de Lord Cochrane y el Alm. Illingworth, que navegaron bajo bandera Chilena.

Para 1819 ya América había empezado a transformarse… Por el norte, Bolívar había logrado importantes triunfos tanto en Venezuela como en Nueva Granada (Colombia), y desde el sur llegaban las noticias de los avances de San Martín.

Con estos antecedentes, al llegar 1820 los guayaquileños comprendieron que la libertad de la patria estaba ya muy cerca, pero no había que esperarla, era necesario ir a buscarla. Fue entonces que, resueltos y llenos de patriotismo, se prepararon para escribir la página más gloriosa de su historia.

A finales de junio de ese mismo año y de paso hacia Caracas, procedentes de Lima llegaron a Guayaquil los oficiales venezolanos León de Febres-Cordero, Miguel de Letamendi y Luis Urdaneta, miembros del afamado batallón “Numancia”, quienes al parecer habían sido separados de dicho cuerpo por haber manifestado expresiones de rebeldía. Los guayaquileños, al conocer la causa por la que habían sido dados de baja, no dudaron en invitarlos a que participen en la revolución que se estaba fraguando.

Y es que los guayaquileños sabían que para proclamar su independencia, a más de la fuerza consistente de sus ideas, necesitaban también la fuerza determinante de las armas y una gran cantidad de efectivos militares, fue por eso que -con inteligencia y argumentos- lograron convencer también a la oficialidad de los regimientos acantonados en la ciudad, entre los que se encontraban el Cap. Gregorio Escobedo, el “Cacique” Alvarez, el Cap. Nájera y los sargentos Vargas y Pavón.

La revolución guayaquileña estaba en marcha.

El domingo 1 de octubre de 1820, y a petición de Isabelita Morlás -hija del Ministro de las Cajas Reales don Pedro Morlás-, don José de Villamil y su esposa, doña Ana Garaycoa, ofrecieron una fiesta en su casa del malecón. A Villamil le pareció una magnífica oportunidad para reunir a los conspiradores sin levantar sospechas, por lo que encargó a Antepara la misión de invitar también a todos aquellos a quienes considerara dispuestos a respaldar la idea emancipadora, incluyendo a los militares comprometidos.

Esa noche, mientras las parejas bailaban en el salón principal, sin llamar la atención don José de Antepara reunió a los conjurados en una habitación apartada. Entre los patriotas que estuvieron presentes en esa histórica reunión secreta, a la que el mismo Antepara llamó “La Fragua de Vulcano” -porque en ella todos los presentes se comprometieron a trabajar y luchar por la independencia-, se encontraban, entre otros, Luis Fernando Vivero, los hermanos Antonio y Francisco de Elizalde, Lorenzo de Garaycoa, José de Villamil, Francisco de Paula Lavayen, Baltazar García, el Cmdte. José María Peña, don Manuel Loro, Pedro Sáez, Francisco Oyarvide, José Rivas, José Correa y por su puesto, Febres-Cordero, Letamendi, Urdaneta, Escobedo y los demás militares comprometidos en la revolución, quienes acordaron que el golpe se daría en las primeras horas del 9 de octubre.

Algunos de estos nombres no han tenido trascendencia, porque lamentablemente la historia prefiere consignar a quienes tuvieron participación militar o política, pero fueron ellos, los anónimos, quienes financiaron económicamente a la revolución: porque a los militares había que pagarles, eran soldados de carrera, no mercenarios pero sí profesionales, y al momento en que abandonaron las filas realistas y se pasaron al bando independentista, lógicamente dejaron de percibir sus sueldos, que los recibían de España a través de Lima.

Queda entonces claro que -sin la ayuda de nadie- Guayaquil financió económicamente todos los gastos de su independencia.

Durante las reuniones secretas que sostuvieron en los días siguientes, los conjurados consideraron la necesidad de nombrar un líder para que comandara el movimiento revolucionario en marcha.

El primer escogido fue Jacinto Bejarano, viejo conductor de los patriotas guayaquileños, quien se excusó expresando que sería indigno comandar un movimiento revolucionario sin poder estar presente en él, pues los achaques de su avanzada edad se lo impedirían.

Se propuso entonces el mando a José Joaquín Olmedo, quien también se excusó señalando que era hombre de letras y no soldado, y que el líder de la revolución debía ser un militar con experiencia y capacidad de mando.

Por último se buscó a Rafael María de la Cruz Jimena, quien a pesar de ser un patriota convencido, era también -por su origen- un realista que había recibido su educación y carrera militar en España, por lo que también se excusó de asumir la dirección de la lucha en contra de la Corona Española.

Ahora bien, aunque los tres propuestos se negaron a aceptar la dirección del movimiento revolucionarios por causas verdaderamente válidas, todos ellos se comprometieron a asumir sus responsabilidades con la revolución.

Ante la falta de un líder que comande la revolución, al no conocer nada con respecto a las campañas de Bolívar y de San Martín, y con la certeza de que los españoles mantenían en el Perú una gran fuerza compuesta por cerca de 22.000 efectivos, y otra en Pasto, con 6.000; en un exceso de preocupación Villamil sugirió que el golpe debía ser aplazado.

Surgió entonces el talento y la decisión de Febres-Cordero, quien, comprendiendo que no había tiempo que perder, dijo: “¿Cuál es el mérito, que contraeremos nosotros con asociarnos a la revolución después del triunfo de los generales Bolívar y San Martín…? Ahora que están comprometidos, o nunca; un rol tan secundario en la independencia es indigno de nosotros. De la revolución de esta importante provincia puede depender el éxito de ambos generales en razón al efecto moral que esto produjera aunque no produjera nada más. El ejército de Chile conocerá que no viene a un país enemigo y que en caso de algún contraste tiene un puerto a sotavento que se puede convertir en un Gibraltar. El Gral. Bolívar nos mandará soldados acostumbrados a vencer y desde aquí le abriremos las puertas de Pasto que le serán muy difícil de abrir atacando por el norte” (José de Villamil.- “Memorias”).

La suerte estaba echada.

En las primeras horas del 9 de octubre de 1820 y a la voz de “Viva la Patria”, ocultos entre los soportales y protegidos por las sombras, uno a uno los comprometidos en el golpe revolucionario fueron llegando al Cuartel de Granaderos, situado en los bajos de la Casa del Cabildo, y luego de ponerse de acuerdo y de asignarse las respectivas responsabilidades, cada uno partió a cumplir con su destino frente a la historia.

Febres Cordero, junto con el Cap. Nájera, gracias a un hábil estratagema se tomó el Cuartel de la Brigada de Artillería, mientras Urdaneta -junto con Antepara y un grupo de civiles- se apoderaba del Cuartel “Daule”, cuyo Jefe, el Cmdt. Joaquín Magallar, murió con honor tratando de enfrentar a la revolución. Minutos después, ese mismo grupo de patriotas comandados por Urdaneta capturó también la batería “Las Cruces”, situada al sur de la ciudad, donde existía un piquete militar realista.

Al amanecer de ese histórico 9 de Octubre de 1820, cuando brilló “La Aurora Gloriosa”, Guayaquil había proclamado la independencia de la Patria, y ya era libre, para siempre, del dominio español.

Ese día Guayaquil consagró la verdadera y definitiva libertad de la patria.

A las 10 de la mañana se conformó una Junta de Gobierno integrada por el Crnel. Gregorio Escobedo, el Dr. Vicente Espantoso y el Tnte. Crnel. Rafael María Jimena; y de inmediato se enarboló la bandera de Guayaquil Independiente, formada por cinco franjas horizontales, tres celestes y dos blancas, y en la celeste del centro, tres estrellas blancas.

Se anunció entonces por “bando” la libertad obtenida, y por el voto general del pueblo, al que estaban unidas todas las tropas acuarteladas, se proclamó de manera definitiva la independencia y se firmó el acta del cabildo del 9 de octubre de 1820, que constituye -de hecho- el “Acta de la Independencia de Guayaquil” y de la Patria toda, pues no hay otra.

La primera página de dicha acta dice textualmente: “En la ciudad de Santiago de Guayaquil, a los nueve días del mes de octubre de mil ochocientos veinte y años, y primero de su independencia….” Allí, en el acta del 9 de octubre de 1820, por primera vez en nuestra historia aparece la palabra independencia.

Ese mismo día Villamil y Febres-Cordero insistieron ante Olmedo para que asuma el cargo de Gobernador Civil de la Plaza, y aunque este se excusó varias veces, tuvo finalmente que acceder.

Al día siguiente de proclamada la independencia, lo primero que hizo Olmedo -que era un constitucionalista por antonomasia, y por ende quería darle a Guayaquil categoría jurídica y constitución republicana-, fue organizar un gobierno legítimo basado en el voto popular, para lo cual convocó a una Junta representativa de todos los pueblos de la Provincia Libre de Guayaquil.

Inmediatamente, considerando que Bolívar no podía cruzar Pasto debido a que los realistas se habían fortificado en esa región, y que por el sur, la poderosa fuerza española impedía el avance de San Martín; los guayaquileños enviaron a ellos sendos mensajes anunciándoles que Guayaquil ya era libre del dominio español, y que podían contar con ella en todo lo referente a las luchas por la independencia.

Al respecto de esta situación, José Antonio Campos, en su “Historia Documentada de la Provincia del Guayas”, dice: “La revolución de Guayaquil vino a despejar obstáculos a la marcha triunfal de los libertadores y a presentar ventajas excepcionales que fueron inmediatamente aprovechadas. Y sin embargo, la transformación del 9 de Octubre es uno de los hechos gloriosos en que no fue menester librar sangrientos combates ni lanzar el grito de victoria entre losayes de dolor y el duelo de la población; porque la revolución estaba hecha ya en el campo de las ideas y no hubo necesidad de desarraigar a sangre y fuego las seculares instituciones coloniales”.

El eco de la revolución de octubre retumbó en todos los rincones de la patria, y su ejemplo fue seguido inmediatamente: El 10 de octubre plegó Samborondón; luego, Daule el 11 y Baba el 12; siguieron después Jipijapa y Naranjal, el 15; Portoviejo el 18, Montecristi el 23 y Cuenca el 3 de noviembre. Quito guardó silencio.

El 8 de noviembre de 1820 -convocados por el Ayuntamiento de Guayaquil- y mediante expresión libre y democrática, 57 representantes de los pueblos del nuevo Estado eligieron a Olmedo como Presidente de la Provincia Libre de Guayaquil -no alcalde, como tantas veces se ha repetido-; se eligieron también a las otras autoridades, y se dictó un “Reglamento Provisorio de Gobierno”, que fue la Constitución que regiría los destinos jurídicos de este nuevo Estado, la República de Guayaquil, que con una extensión de más de 53.000 km2, integraba todos los territorios comprendidos desde el río Esmeraldas, al norte, y hacia el sur hasta la ciudad de Tumbes, extendiéndose además hasta las estribaciones occidentales de la cordillera de los Andes.

Esa fue -definitivamente- la Primera Asamblea Constituyente que se instaló en un territorio perteneciente a la Audiencia de Quito.

Ese mismo día -8 de noviembre de 1820- un ejército de guayaquileños, al que con sentido patriótico se llamó “División Protectora de Quito”, marchó hacia el interior para luchar por la independencia de todos los pueblos de la audiencia.

Se inició entonces -bajo el mando de Febres-Cordero y Urdaneta, primero; y del Gral. Sucre, después- una rutilante campaña militar que durante 18 meses, entre triunfos y derrotas, liberó todo el territorio de la Audiencia, hasta culminar, el 24 de mayo de 1822, en el monumental escenario de la gloria guayaquileña: El Pichincha.

Ese día, el pueblo quiteño fue testigo de los momentos más transcendentales de su historia, cuando observó -con muda emoción- el empuje de los padres de la libertad, que desde Guayaquil habían llegado para sellar en la cima de los Andes, de manera definitiva y para siempre, la libertad de la Patria.

 

Compartir

También puedes revisar