Monumento a Olmedo

Entre las diversas estatuas y bustos con que la ciudad de Guayaquil rinde homenaje a la memoria de sus más ilustres ciudadanos, se destaca de manera especial el monumento a José Joaquín de Olmedo, que se levanta frente al río Guayas, al sur del Malecón, a la altura de la Avenida Olmedo.

La iniciativa fue del Concejo Municipal, que en 1878 -para celebrar el Primer Centenario de su nacimiento- nombró una comisión llamada “Comité Olmedo”, destinada a llevar adelante el proyecto de erigir un monumento en memoria del ilustre patriota y poeta guayaquileño. El comité estuvo presidido por don Pedro Carbo, quien -a pesar de la diferencia de años que los separaba- había sido amigo personal de Olmedo, y otros prestantes guayaquileños como Ignacio Casimiro Roca, Francisco Xavier Aguirre Jado, Francisco J. Coronel Mateus, Manuel Marcos, Antonio Icaza, Eduardo Wright, Tácito Cucalón, Gabriel Murillo, Manuel María Suárez, Pedro José Noboa, Martín Icaza, Juan Illingworth, Francisco Campos, Juan Bautista Elizalde y José Antonio Gómez.

Con el fin de crecer los fondos necesarios, el Comité promovió suscripciones populares, organizó funciones de teatro y celebró una exposición Nacional Agrícola e Industrial que se abrió al público el 19 de marzo de 1880, fecha del primer centenario del nacimiento del patriota y poeta. El Tesorero Público contribuyó con la cantidad de cinco mil pesos y el Congreso Nacional con la de seis mil sucres, pagaderos en 1884, año en que el sistema monetario cambió del peso al Sucre.

Contando con todas estas erogaciones, a las que se agregaron las de los vecinos del barrio del Astillero, que llegaron a siete mil sucres -ya que se aseguraba que la estatua sería colocada en la calle Saraguro (hoy Av. Olmedo), como así ocurrió- y con las del barrio Central, cuyos habitantes expresaron el deseo de tener cerca el monumento, y que sumaron a la cantidad de ocho mil sucres, ya se podía contratar monumento que llegó a un costo de S/. 37.000 aproximadamente.

Considerando que ya contaba con los fondos necesarios, el Comité pudo enviar a París los primeros valores para el monumento, contando para el caso con la valiosa colaboración del Cónsul del Ecuador en esa ciudad, Sr. Clemente Ballén, quien contrató la obra con el acreditado escultor y estatuario Jean Alexandre Falguiere, quien debía crearla y encargarse también de su fundición en bronce.

Basado en dibujos y la descripción que de Olmedo le hacía don Clemente Ballén, Falguieri empezó a moldear la estatua que, desde un principio, no agradó a ninguno de los dos: al primero por su falta de parecido y al segundo porque lo prefería de pie y 60 años de edad y no sentado y de 45, y así lo informa Ballén al Comité en carta del 16 de junio “… A Mr. Falguieri le ha gustado más el retrato de 60 años que el de 45 y me ha dicho redondamente que la estatua debe representar a Olmedo en pie y no sentado. Cuando escriba al Comité le daré las razones de Falguiere, que el mismo Dubois tiene como el mejor escultor de Francia…”.

En la página 17 de sus “Estudios Sobre Olmedo”, don Luis Noboa Icaza afirma que “… el Comité insistió en que estuviese sentado. Se le dio el gusto, pero el escultor lo puso en actitud de levantarse…”

A pesar de que el monumento ya había sido contratado, a inicios de 1888 -según informa diario Los Andes en su edición del 9 de febrero- el Comité discutía la posibilidad de realizar en París un Concurso para decidir quien sería el artista que realizaría la obra, pero el Sr. Ballén expuso varios criterios en contra de esa propuesta, demostrando cu completa inutilidad, pues consideraba que solo era necesario la contratación de un arista notable, señalando además que los artistas de renombre prefieren no participar en dichos concursos por el temor de perder su reputación ante un desconocido.

La creación de esta obra, como lo dijimos al principio, tuvo muchas complicaciones en lo referente al parecido, y así lo hace saber don Clemente Ballén al hijo del prócer en carta del 11 de abril de 1889, en la que expresa: “La estatua se está amoldando en yeso. La actitud es muy noble; pero no estoy contento, por las falta de semejanza. Tú recuerdas que lo que me preocupaba era la falta de un retrato de perfil, y ha sucedido por el contrario, sin poder explicármelo, que de lado es el mismo Olmedo, y de frente no se parece. He pasado horas enteras con Mr. Falguiere, algunas veces con Dorn, quitando y poniendo, ya aumentando la nariz, ya disminuyéndola, ya cambiando la fisonomía; ya bajando los párpados; ya adelgazando las mejillas o abultándolas. Mr. Falguiere con mucha paciencia, ha hecho todos estos ensayos, deseoso también de encontrar el parecido. Mucho ha mejorado, pero no es el ideal que buscamos. Tenemos varios retratos que no se parecen el uno al otro…”

Más adelante continua la misiva “…Una cosa que ha dado mucho que hacer en la de tu padre, es el pelo fino y ensortijado, que ha sido imposible de reproducir, por que unos retratos tienen peluca y otros no, y el escultor no sabía a que atenerse” La comunicación expresa también que “…El bajorrelieve del 9 de Octubre ha necesitado reformas; allí figuran Olmedo, Roca, Jimena, Marcos y Francisco Elizalde. Los otros retratos no servían porque no eran de la época…” En la carta del 17 de mayo de 1889, se lee: “…La estatua se está fundiendo y el pedestal está también en obra. En cuanto a la semejanza, la estatua no será perfecta pero no hay modo de evitarlo. Mucho hemos trabajado, algo hemos conseguido, pero no todo lo que deseábamos…”

La fundición se la realizó en los talleres Thiébaut Fréres, como consta grabado en el bronce del pedestal. Tanto la estatua, como los bajorrelieves, tienen grabados la firma de Falguiere. Como era costumbre de los grandes escultores de Europa, una vez terminada su obra, antes de enviarla a la ciudad de destino realizó una invitación al público francés para que este la apreciara.

El pedestal de granito fue cincelado por el arquitecto George Chedanne, también francés.

El monumento llegó a Guayaquil el 17 de julio de 1891, y a partir de esa fecha y por más de un año, permaneció abandonado en las bodegas de la aduana -situada entonces al norte de la ciudad, en el sector que hoy ocupa la ESPOL-, cubriéndose de polvo mientras se suscitaba una intensa polémica relacionada con el lugar en que debía ser levantado.

Las propuestas fueron muy variadas

“Nuestro colega el “Diario de Avisos”, después de enumerar siete de los proyectos en debate, concluye declarando su opinión favorable a la del señor don Pedro P. Gómez, o sea a la colocación de la estatua en la Planchada” (Diario La Nación, mayo 22 de 1891).

El primero fue el del barrio del Astillero, que propuso sea levantado en la intersección de la calle San Alejo (hoy Eloy Alfaro) y Zaraguro (hoy Av. Olmedo), para lo cual ofrecieron contribuir con S/. 7.000 para los gastos, y cuya proposición fue aceptada por el Comité mediante la condición indispensable de la entrega de los S/. 7.000, para lo cual les concedía 6 meses de plazo.

Ante la imposibilidad de cumplir con dicho plazo -informaría La Nación el 7 de julio de 1892-, los vecinos de Las Peñas propusieron aportar con la cantidad de S/. 8.000 a fin de que la estatua sea colocada en la Plaza de La Concepción, proyecto que exigía la expropiación de tres casas para regularizar la plaza.

Otras propuestas pretendían ubicarlo en la Planchada, en la calle Illingworth y hasta la compra del edificio donde funcionaba la imprenta El Globo para crear en el solar una plazoleta lo cual, indudablemente, era muy oneroso, tal lo informa diario La Nación en su edición del 27 de febrero de 1891. Se propuso también “que se coloque la estatua sobre el antiguo muelle que existe entre las oficinas del Resguardo y la Capitanía del Puerto, y frente a la Gobernación de la Provincia, por ser un lugar muy central y que requiere menos gastos que la plaza de La Concordia…” (Diario Los Andes, Oct. 21 de 1891).

Diario La Nación, posiblemente en un momento de confusión producido por el acalorado debate relacionado con el sitio donde debía levantarse el monumento, hizo una propuesta por lo demás disparatada, y así lo señala en su edición del 20 de julio de 1891: “La Nación” ha apoyado la idea de trasladar la estatua de Rocafuerte a la Plaza de la Merced o la calle de su nombre, para colocar la de Olmedo en la Plaza de San Francisco; después de haber visto fracasar uno á uno todos los demás proyectos, y como opinión que tiene en su favor el voto de una gran mayoría de guayaquileños”.

Ya para entonces, diario Los Andes, que defendía la propuesta de que el monumento sea levantado en la plaza de La Concordia, en su edición del 16 de julio había dicho: “Colocarse en una calle es un tremendo despropósito… El pedestal y la reja que lo circunden ocupará toda la calle, sirviendo de obstáculo al libre tránsito de las gentes. Allí se arremolinan carros, fardos, vehículos etc., y el viajero que arribe a nuestras playas y busque con afán la estatua del bardo inmortal, tendrá que admirar que el genio de Olmedo esté profanado con el laberinto de la escena humana. Es capaz de creer que es la estatua de un rico comerciante, y no la de un gran poeta”.

Ante la situación de “debate público” a la que había llegado el asunto relacionado con el sitio en que debía ubicarse el monumento, en sesión del 21 de agosto de 1891 el Ayuntamiento resolvió que la grandiosa efigie se coloque en la Plaza de La Concepción, resolución que molestó a los miembros del Comité por no habérseles consultado, ya que el Comité, desde su creación en 1878, era el único que tenía facultad de tomar todas las decisiones relacionadas con la adquisición de fondos, contratación y creación de la obra y, por supuesto, con el lugar en que debía levantarse.

Pero la polémica continuaba y se polarizaba entre los vecinos del Astillero, que para diciembre de 1891 ya habían colectado la nada despreciable suma de ocho mil sucres; y los vecinos de Las Peñas que se mantenían en su empeño con una propuesta que trataba de igualar a la de sus contendores.

Finalmente, en sesión del 8 de julio de 1892, el comité respectivo resolvió definitivamente que el monumento dedicado a perpetuar la memoria del Cantor de Junín sea colocado en la calle de Zaraguro.

Inmediatamente el agrimensor municipal empezó a estudiar el lugar para la erección del monumento, y a mediados de agosto, el Sr. H. Parring -contratado para el caso- había concluido los planos así como el presupuesto para la colocación de la estatua, que ascendería a 23.142,66 sucres. Pocos días más tarde, el comité encargó su montaje y colocación definitiva al arquitecto italiano Rocco Queirolo, que residía en la ciudad y había realizado con éxito el montaje del monumento ecuestre de Bolívar en 1889.

 

Programa de Inauguración del Monumento a Olmedo

La inauguración del monumento -revestida de las características que exigía la ocasión- se inició el 8 de Octubre, cuando un cañonazo disparado por el buque de guerra Cotopaxi anunció el inicio de los festejos. Por la noche, la ciudad estaba iluminada y las bandas militares recorrían la ciudad, entonando los aires de las retretas populares.

Y llegó así el día esperado, la aurora del 9 de octubre fue saludada con 21 cañonazos disparados por la escuadra nacional, recordando a los vecinos el aniversario de la gesta de Octubre. Ya para entonces la mayoría de las casas de la ciudad se habían engalanado: unas con colgaduras y guirnaldas, y otras con el pabellón de Octubre. Enseguida se celebró en la Catedral una misa de Acción de Gracias con la asistencia de las corporaciones y se cantó el Te Deum de rito en estos casos.

Desde las dos de la tarde se reunieron las autoridades, en la antigua Casa Consistorial -situada en el malecón y donde se había firmado el Acta de la Independencia-, que continuaba siendo la sede del Cabildo Municipal.

A la hora señalada, esto es, alrededor de las 5 de la tarde, las autoridades de la ciudad y miembros del Comité iniciaron el recorrido por las calles de la ciudad, con destino al sitio donde se iba a inaugurar -por fin- el monumento a Olmedo. Entre los integrantes de la comitiva se encontraban los Sres. José Joaquín Olmedo (hijo), don Pedro Carbo y los Sres. M. Marcos y T. Cucalón, Presidente y miembros del Comité, el Obispo de Myrina y el Cabildo Eclesiástico.

Una vez que llegaron al lugar donde se iba a realizar el relevante acontecimiento, el Sr. Pedro Carbo, seguido de todos los Miembros del Comité Olmedo se dirigió hacia la verja provisional quo circundaba la estatua del insigne bardo, que estaba rodeada ya por 20 sargentos de la Compañía de Bomberos “Olmedo’’ y otros tantos de la “Columna de Hacheros’’ que, con sus respectivos pabellones, montaban la guardia de honor.

En aquel instante, ya todos los que habían formado en el desfile, inclusive los bomberos y los soldados de los batallones de línea, habían ocupado los puestos que se les señalara. Una muchedumbre de obra de 15.000 personas rodeaba la estatua, sin contarlos innumerables espectadores que asistían desde los balcones y aún los tejados de las casas vecinas, a la imponente y Magnífica ceremonia.

Fue entonces que, en medio del mayor silencio compatible con tan grande concurrencia, don Pedro Carbo descubrió la estatua -cubierta hasta entonces con los colores celeste y blanco de Guayaquil-, y al mismo instante rompieron al aire los gratos acordes del Himno Nacional entonado por un grupo de niñas, los grandes vítores de la entusiasmada muchedumbre y los repiques de las campanadas que llevaron hasta los últimos ámbitos de la población, el anuncio de que Guayaquil tenía, al fin, la tan anhelada estatua del patriota y más inspirado de sus hijos y el ecuatoriano más grande de todos los tiempos.

“Inmediatamente, el mismo señor Carbo hizo formal entrega del monumento al Concejo Cantona, pronunciando al efecto un extenso discurso que fue escuchado con el respeto que se merece el venerable viejo jefe del partido liberal. En seguida habló el Presidente del Ayuntamiente, señor Dr. D. Pedro J. Boloña…” (Diario Los Andes, Oct. 15 de 1892).

En el informe de la inauguración de la estatua, editado por el Comité Olmedo en 1892, se lee: “A las cuatro de la tarde comenzó el desfile. Rompía la marcha el benemérito Cuerpo de Bomberos que constaba allí de más de dos mil hombres… En el orden siguiente: a la cabeza veinte sargentos de la Compañía Olmedo, vestidos de gran parada, que debían formar la guardia alrededor de la Estatua; enseguida la banda del No 1 de línea y después, los diecisiete estandartes del Cuerpo de Bomberos. Al centro de esta calle formaban las otras escuelas y colegios de la ciudad. Detrás de ellos iban los tres carros alegóricos, adornados lujosamente, llevando lindísimas niñitas y graciosos niños que representaban las varias alegorías. El primer carro simbolizaba la Poesía, el segundo el Comercio y el tercero La República. Seguían las colonias peruana y china, cada una de ellas llevaba una hermosa corona para ofrecerla al Cantor de Junín. También iba la Sociedad de Beneficencia Italiana Garibaldi, con su presidente Don Miguel Campodónico, llevando igualmente una corona y precedida de un lujoso estandarte…” cerraba la marcha la Brigada de artillería Sucre y el Batallón No 2 de línea.

Más adelante el informe expresa que “La magnífica procesión cívica recorrió las calles de la ciudad repleta de espectadores, en el mayor orden y solemnidad. Comenzó por la calle del Malecón, siguió por la de Bolívar (actual V.M. Rendón) y Pichincha, hasta la del Arzobispo (actual calle Villamil) y entró en la calle de San Alejo (actual Eloy Alfaro) pasando por allí a la de Zaraguro (actual Av. Olmedo) donde se ha erigido la Estatua

Llegada la procesión cívica a la calle de Zaraguro se incorporaron a ella, el limo. Señor Obispo, Vicario General de la Diócesis, algunos miembros del Cabildo Eclesiástico y varios otros sacerdotes. Al pie de las gradas del dosel, se incorporó también a tan suntuosa procesión, el señor José Joaquín Olmedo, hijo del ilustre prócer, a quien acompañaban, por Comisión especial del Comité Olmedo, los señores Pedro Carbo, Presidente, Manuel Marcos   y Tácito Cucalón, miembros del Comité….”

“El monumento fue rodeado -continúa el informe de Don Pedro Carbo- por los pabellones de las Compañías de Bomberos; pero estaba todavía cubierto con un gran velo bicolor, azul y blanco”, es decir, el pabellón del Nueve de Octubre de 1820… “Una inmensa multitud se agrupó en torno a la estatua, en cuyas proximidades se habían levantados dos tribunas, la una con la leyenda Olmedo, reservada para los Miembros del Comité y la otra destinada a las damas invitadas”.

El informe narra que “…El Comité hizo la recepción oficial a las autoridades y demás funcionarios y habiéndolos dejado instalados se dirigió a la Estatua. Su Presidente Pedro Carbo, anunció que iba a descubrirla y en efecto, a las 5:30 de la tarde descorrió el velo que la cubría, oyéndose en el acto una gran salva de vivas y aplausos junto con el Himno Nacional, tocado por las bandas militares mientras se echaban al vuelo las campanas de las iglesias de la ciudad…”

El Comité emitió una medalla de plata que fue grabada en Lima, en cuyo anverso estaba la imagen del monumento y en el reverso los nombres de los miembros del comité. Al año siguiente, el 28 de abril de 1893, Don Pedro Carbo, a nombre del Comité, solicitó al Concejo Cantonal que “se sirva disponer, que a la calle Zaraguro se le cambie el nombre por el de Av. Olmedo”, lo cual fue aprobado en la sesión del 17 de mayo de ese año.

Durante varios años el monumento permaneció en el sitio donde había sido inaugurado, pero con el paso de los años varios factores -entre ellos el incremento del tráfico vehicular- obligaron a su traslado, y ya para la década de 1950 había sido removido hacia el malecón, situándolo en una rotonda expresamente diseñada para recibirlo.

Posteriormente y siempre alrededor del mismo lugar, varias veces fue cambiado su asiento, hasta que al iniciarse el siglo XXI -buscando remodelar y embellecer el sector- fue finalmente ubicado en su emplazamiento actual del Malecón.

 

Descripción del Monumento

El monumento mira al río, y presenta -en la parte superior y trabajada en bronce- la estatua de prócer y poeta sentado, en actitud de levantarse. Olmedo tiene una pluma en su mano derecha y en la izquierda el documento al que va a dar lectura, y que no es otro que el Acta de la Independencia de Guayaquil.

Su emplazamiento, siguiendo la tradición de la estatuaria de finales de siglo XIX y comienzos del XX, está orientado hacia el Este, para que el personaje, de cara al sol, reciba la luz de los ideales que iluminan la vida de los pueblos.

El pedestal -de hormigón recubierto con placas desmontables trabajadas en pie­dra- presenta una base de 4,90 x 3,95 metros, con una altura total de 8,17 metros sobre las cuales se colocan los soporte de los bajorrelieves.

En la cara frontal del pedestal se ha grabado una enorme lira sobre la que aparece una gran rama de laurel, y sobre ellos, la dedicatoria también grabada que simplemente dice “A Olmedo”, y más abajo MDCCCLXXXI, año en que se realizó su fundición.

Un bajorrelieve situado en la parte baja del fuste representa la “Apoteosis de Olmedo”: En él se ve a Caliope coronándolo y junto a éste a Clio, representando a la historia. A la izquierda se ven cinco figuras proceras elegantemente vestidas y a la derecha tres mujeres inelegantes, un niño de entre 8 y 10 años, desnudo, y un trabajador en actitud serena, con una azada en sus manos, probable representación del pueblo adhiriéndose a la apoteosis.

A continuación, grabados sobre el fuste de mármol, los versos finales del Canto a Bolívar:

”Yo me diré feliz si mereciere

por premio a mi osadía,

una mirada tierna de las gracias,

y el aprecio y amor de mis hermanos,

una sonrisa de la Patria mía

y el odio y el furor de los tiranos”

Hacia el lado norte el monumento luce una hermosísima representación del inca “Huayna-Cápac con las Vestales”, y más abajo otros versos que dicen:

“Miró a Junín y plácida sonrisa

vagó sobre su faz. “Hijos, decía,

generación del sol afortunada,

que con placer yo puedo llamar mía.

Yo soy Huayna Capac: soy el postrero.

Del vástago sagrado:

dichoso rey, mas padre desgraciado”

En la cara sur aparece un grupo escultórico -de tamaño natural, al igual que el del Inca- que representa “El Río Amazonas con los Delfines y las Sirenas”, episodio narrado también en su “Canto a Bolívar”, y bajo este, los versos que siguen:

“Y las bullentes linfas de Apurímac

a las fugaces linfas de Ucayale

se unen y unidas llevan presurosas,

en sonante murmullo y alba espuma,

con palmas en las manos y coronas,

esta nueva feliz al Amazonas.

Y el espléndido rey al punto ordena

a sus delfines, ninfas y sirenas,

que en clamorosos plácidos cantares

tan grande victoria anuncien a los mares”

Finalmente, en la parte posterior del monumento aparece un bajorrelieve que representa la “Proclamación de la Independencia de Guayaquil”.

Con respecto a este monumento mucho se ha repetido que el personaje que aparece en bronce no es Olmedo sino Lord Byron, pero esta equivocación, que fácil y documentadamente fue aclarada por el Sr. Luis Noboa Icaza en sus “Estudios Sobre Olmedo”, se complementa si comparamos al monumento con la miniatura del joven Olmedo sobre la cual trabajó Falguiere y que se exhibe en el Museo Municipal. Como se puede apreciarse, existe un gran parecido, que también, cosa curiosa, mantiene con el inglés.

Compartir

También puedes revisar