Monumento a la Fragua de Vulcano (Guayaquil)

Entre los palacios de la Gobernación y Municipal, ocupando el espacio en el que antes se erigiera el monumento al Gral. Antonio José de Sucre, movido hasta colocarlo en el corazón de la Plaza de la Administración, se levanta uno de los conjuntos escultóricos más significativos y hermosos de Guayaquil: La Fragua de Vulcano.

Destinado a recordar la histórica reunión secreta que convocada por don José de Antepara se celebró el 1 de octubre de 1820 en casa del Gral. José de Villamil, el monumento a “La Fragua de Vulcano” se complementa con la Columna de los Próceres, y juntos simbolizan la libertad de la Patria.

Antepara llamó a ese momento histórico “La Fragua de Vulcano”, no por vinculaciones masónicas, sino para “relacionarlo simbólicamente con ese dios romano del fuego y del metal, hijo de Júpiter y de Juno: Vulcano, nombre que evoca a aquel que hacía cadenas, tanto como las rompía; que hacía yugos, tanto como los deshacía”.

Es así que la reunión patriótica arroja un resultado que “no sólo involucra al observador con el momento histórico, haciéndolo sentir la expresión de los complotados y el espíritu que debió vivirse aquella noche del 1 de octubre de 1820, sino que a más de ello, le permite observar en su concepción “In Abstracto”, el papel de Olmedo como “llave” para la consolidación del movimiento libertario” (Arq. Melvin Hoyos Galarza, Miembro de la Academia nacional de Historia).

El conjunto escultórico está conformado por tres elementos que se relacionan en su concepción armónica al momento de ser cada uno de ellos, independientemente, partes de un todo.

El primer elemento lo constituye la figura de Olmedo, de cuerpo entero, de pie, sobre el suelo, como símbolo vinculante de todo el proceso independentista que culminaría el 9 de Octubre de 1820 con la proclamación de independencia de la Patria.

Los otros dos cuerpos, situados frente a frente, reúnen cada uno de ellos a los próceres que asistieron a esa histórica reunión: el que se encuentra a la izquierda de Olmedo presenta las figuras de Luis Urdaneta, Miguel de Letamendi, León de Febres-Cordero, Gregorio Escobedo, Juan Francisco y Antonio Elizalde; el situado a la derecha las de Luis Fernando Vivero, Lorenzo de Garaycoa, José de Villamil, Francisco María Roca, José de Antepara, Rafael María Jimena y Francisco de Paula Lavayen.

Una característica que establece diferencias con otros monumentos es que su forma está concebida en sentido totalmente contrario a lo que establece la tradición estatuaria, que consiste en el diseño piramidal en el que el objeto principal del monumento se sitúa en la parte superior de una base, para que sea recorrido y observado desde abajo y hacia adentro. En este caso, el público ingresa al conjunto estatuario convirtiéndose en parte de él, pudiendo así apreciar sus figuras de adentro hacia fuera y al mismo nivel de sus ojos.

Lo obra fue ideada a petición del alcalde de la ciudad, Ab. Jaime Nebot Saadi, y para su realización se contrató el artista español Víctor Ochoa, considerado entonces uno de los más notables del mundo, quien logró arrancar de las profundidades del tiempo el instante supremo en el que nació el espíritu que emancipó a Guayaquil.

Este hermoso monumento fue inaugurado el 25 de julio del 2005, durante una ceremonia a la que asistieron el Presidente de la República, autoridades civiles y militares, y el alcalde Jaime Nebot, que pronunció el discurso de rigor, mismo que, en alguna de sus partes dice: “El escultor ha concebido este monumento, para que los guayaquileños y ecuatorianos podamos ser parte del proceso de libertad, que no ha terminado (…) Aquí está el ejemplo del presente y del futuro. Aquí está parte de lo que somos, pero fundamentalmente está lo que vamos a seguir siendo”.

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