Revolución de los Chihuahuas

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La llamada “Revolución de los Chihuahuas” fue una de esas desventuradas hazañas guerreras de los primeros años de nuestra vida republicana, y constituye uno de los capítulos más importantes de la historia nacional.

Comenzó a gestarse cuando el Congreso de 1833, en sesión a la que no concurrió Vicente Rocafuerte -entonces diputado por la Provincia de Guayaquil- concedió al Gral. Juan José Flores, Presidente de la República, facultades extraordinarias para gobernar al país.

Al conocer de esto, Rocafuerte dirigió una furibunda comunicación a los miembros del Congreso que habían concedido dichas facultades al Gral. Flores, diciéndoles, entre otras cosas: “…no puedo conformarme, ni me conformaré jamás, con esta providencia inconstitucional, injusta e ilegal, dictada por la facción liberticida que compone la mayoría del congreso y vendida al infame Ministerio que oprime, veja y tiraniza al Ecuador”.

El Congreso -adepto a Flores- no pudiendo responder con entereza las acusaciones de Rocafuerte, luego de privarlo de su calidad de legislador dispuso que sea desterrado al Perú.

Poco tiempo después de haberse clausurado las sesiones del Congreso, Flores ordenó también el destierro de 27 oficiales que habían colaborado con el Gral. Luis Urdaneta en su intento revolucionario por derrocarlo; ante esta situación, los afectados se confabularon y nombraron al Crnel. Pedro Mena –comandante de la guarnición de Guayaquil- como jefe de la revolución que se inició el 12 de octubre de ese mismo año, 1833.

Como la revolución tenía origen militar, pero no tenía cabeza política, alguien insinuó buscar a Rocafuerte, que por esos días marchaba desterrado al Perú. La idea fue recibida con agrado por los revolucionarios que se movilizaron y le dieron alcance en Naranjal, donde luego de liberarlo de sus captores fue puesto al frente de la revolución, y de inmediato volvió a Guayaquil donde el 18 de octubre entró triunfalmente entre aclamaciones.

La revolución adoptó entonces el nombre de “Chihuahuas”, puesto que este fue el nombre que se le diera a los simpatizantes de Rocafuerte, en vista de que este había servido durante algunos años a las causas libertarias en México.

Inmediatamente se reunió un Cabildo Abierto en la Municipalidad al que asistieron los ciudadanos más respetables, quienes procedieron a nombrar a Rocafuerte con el título de Jefe Supremo.

Guayaquil se convertía entonces en el primer bastión nacional en la lucha contra de la dominación extranjera; y esto era natural, “El Odio que había engendrado en las poblaciones del litoral la violenta incorporación a Colombia en 1822, precedida y seguida en las intrigas y excesos que ya se han iniciado, no se había extinguido, por el contrario, se había avivado en cuantas ocasiones se presentaban los medios para sacudir un yugo extranjero que se creía, y no sin razón insoportable” (Francisco X. Aguirre Abad.- Bosquejo Histórico de la República del Ecuador, p. 276).

Para entonces el día 20 habían aparecido en Quito –colgados de los faroles- los cuerpos desnudos de Albán, Echanique, Hall, y otros miembros de “El Quiteño Libre”, que respaldaban la revolución en contra de Flores.

Luego de que el Gral. Otamendi se tomara Babahoyo en donde destrozó a las fuerzas revolucionarias, Flores marchó sobre Guayaquil que el 24 de septiembre cayó sin ofrecer mayor resistencia. Mena buscó entonces seguridad en la fragata “Colombia”, anclada en el río Guayas, mientras Rocafuerte se asilaba en la fragata de guerra norteamericana “Fairfield”, cuyo capitán negó la petición de extradición que le hiciera el propio Flores.

Acosados por Flores, Rocafuerte y Mena se refugiaron en la isla Puná donde establecieron su cuartel general, contando con la poderosa fragata “Colombia”, fuertemente artillada, 5 goletas bien armadas y 600 hombres debidamente apertrechados.

Entonces y en su condición de Jefe Supremo, Rocafuerte decretó el bloqueo de Guayaquil, que fracasó, y en enero de 1834 viajó al Perú en busca de respaldo económico y militar, habiendo logrado un empréstito para la campaña y alguna ayuda militar.

Sin la dirección inteligente de Rocafuerte, las tropas revolucionarias se desparramaron en guerrillas por las provincias de Guayas y Manabí cometiendo toda clase de abusos y fechorías, por lo que el pueblo se resintió contra ellas. El río Guayas, con sus afluentes el Daule y el Babahoyo, fueron escenarios de varias escaramuzas y serios combates navales librados entre la “Colombia” y sus fuerzas sutiles, contra las naves gobiernistas. Las pérdidas de vidas humanas, de una y otra parte, fueron enormes en relación al número de combatientes; pues como sucede en estos casos, se tomaron muy pocos prisioneros.

En tierra también se libraron sangrientos enfrentamientos, como el que protagonizaron las fuerzas “chihuaguas” del Crnel. Agustín Franco, que en febrero de 1834 sorprendieron al comandante Cifuentes y destrozaron una columna gobiernista en las cercanías de Yaguachi.

Ya para entonces –y haciéndole eco a Guayaquil- la revolución había empezado a extenderse por todo el resto del país; fue por eso que el 12 de junio Quito desconoció al gobierno de Flores y proclamó la Jefatura Suprema del Dr. José Félix Valdivieso.

Las cosas se habían puesto muy difíciles a Flores cuando el Crnel. Mena, que veía con recelo y envidiaba el talento de Rocafuerte, traicionó la revolución y brindó al Gral. Otamendi –mano derecha de Flores- todas las facilidades para que invada la isla Puná y lo pueda tomar preso con sus principales colaboradores.

El 18 de junio de 1834, Rocafuerte y sus asistentes ya estaban en poder de Flores, y la Revolución de los Chihuahuas llegaba a su fin.

De acuerdo con el sistema político y militar establecido en esos primeros años de la República, Flores pudo haber ordenado el fusilamiento de Rocafuerte acusándolo de intentar derrocar al gobierno; pero reconociendo en él a un ecuatoriano de la más alta valía, prefirió una reconciliación con su enemigo, a quien dio toda clase de garantías y respaldo, y el 1 de septiembre declinó el Poder y entregó a Rocafuerte el mando civil y militar de Guayaquil, con el encargo de ejercer dichas funciones hasta que se instale una nueva Asamblea representada por los tres distritos, esto es, Guayaquil, Quito y Cuenca.

“Al retirarse Flores de la presidencia, la República del Ecuador, nacida bajo sus auspicios, quedó abocada a una de las peores crisis de toda su historia, pues dos voluntades de poder quedaron frente a frente: la de los viejos autonomistas quiteños, con Valdivieso a la cabeza; y la de los guayaquileños, con Rocafuerte… Ambos grupos eran caudillistas; se habían apoyado en fuerzas extranjeras, o consideradas como tales; no ofrecían nada y lo pedían todo… el país quedó fraccionado, al borde mismo de una nueva guerra civil” (Jorge Salvador Lara.- Los Comienzos de la República (1830.1845) Historia del Ecuador, Salvat; tomo 6 p. 22).

Para entonces, casi todo el país estaba en manos de los “restauradores” y Rocafuerte era apenas Jefe Supremo de Guayaquil; pero Flores, acostumbrado a convertir derrotas en fulminantes triunfos, reorganizó su ejército que estaba casi desarticulado invitando a la juventud guayaquileña a formar parte de él, y al mando del llamado “Ejército Convencional”, marcho hacia el interior para enfrentar al ejército de Quito que -al mando del Gral. Isidoro Barriga- avanzaba hacia la costa para someter al último bastión que se mantenía autónomo: Guayaquil.

Poco a poco, durante seis meses, Flores obligó a los “restauradores” a replegarse hacia la sierra, hasta que el 19 de enero de 1835, en los campos de Miñarica, cerca de Ambato, los ejércitos de los generales Flores y Barriga libraron la batalla que definió el destino del país.

Ese día, Flores triunfó, y Rocafuerte fue confirmado como Jefe Supremo de la República.

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