Legarda Bernardo de

«La temática de Legarda tiene predilección por el dogma españolísimo de la Concepción Inmaculada, que trasunta el sentido básico del catolicismo español y el sentido del honor radicado en la castidad femenina. Legarda es un gran escultor de bellas mujeres bajo el pretexto de patentizar el dogma de la Concepción; mujeres llenas de gracia, de sonrisas y vuelos. Y hasta las alas con que adorna las figuras contribuyen a darles una levedad ideal».

 

(Leopoldo Benítez Vinueza.- Ecuador: Drama y Paradoja, p. 185)

Escultor, imaginero, pintor, dorador, platero y espejero quiteño nacido a finales del siglo XVII, hijo del Sr. Lucas de Legarda y de la Sra. María del Arco.

A pesar de haber pertenecido a una familia de escasas posibilidades económicas, pudo ingresar, gracias a los esfuerzos de su padre, en algunas de las escuelas de arte que afloraron en el Quito Colonial entre los siglos XVII y XVIII, donde aprendió de sus maestros todos los secretos del arte de la época.

Su invalorable obra artística alcanzó su mayor esplendor entre 1730 y 1773, y se caracterizó por los temas religiosos, retablos y calvarios que aún adornan, en calidad de reliquias, algunos de los más antiguos templos quiteños.

Su taller -situado en San Francisco- era un colmenar de obreros que trabajaban bajo su dirección. A él acudían a diario clientes y aficionados que se fascinaban con su maravilloso arte; uno de ellos fue el padre Juan de Velasco, quien al respecto de él y su obra se expresó en los siguientes términos: “En lo que conozco del mundo, he visto muy pocas como aquellas muchas. Conocí varios indianos y mestizos insignes en este arte; mas ninguno como un Bernardo de Legarda de monstruosos talentos y habilidad para todo. Me atrevo a decir que sus obras de estatuaria pueden ponerse sin temor en competencia con las más caras de Europa”.

Su obra más conocida es “La Inmaculada”, llamada también “La Virgen de Quito”, que en la actualidad es venerada en la iglesia de San Francisco. Esta fue tallada en 1734 y con ella el maestro logró la sublimidad. En la cima del Panecillo, en Quito, una gigantesca “Inmaculada”, réplica monumental de la original, deja caer sus bendiciones sobre la ciudad.

“Legarda fue el mejor intérprete del culto quiteño a María en sus  conceptos de La Inmaculada Concepción y de su Asunción al cielo; o en su visión de la Virgen sin mancilla, en actitud de aplastar la cabeza de la serpiente, que fue el tema favorito que divulgó para satisfacer la demanda de los doctrineros franciscanos y de la gente devota” (Fray José María Vargas.- Historia de la Cultura Ecuatoriana, tomo III, p. 38).

Entre sus notables trabajos se destacan también el retablo del altar mayor de La Merced, una Virgen del Quinche, Nuestra Señora de Chiquinquirá y Nuestra Señora del Rosario; las figuras religiosas que adornan la catedral y la iglesia de San Francisco, un hermosa Santa Rosa, y varias pinturas que representan un Nacimiento, una Adoración de los Reyes Magos, una Degollación de los Santos Inocentes, Nuestra Señora de los Dolores, y muchas más.

Como artista imaginero, Legarda convirtió las naves de los  templos en galerías de arte y en museos de arte religioso, haciendo que en sus obras sobresalgan la belleza y el valor decorativo, sin menoscabo, desde luego, de la emoción devota. Por temperamento se desempeño mejor en las Inmaculadas en actitud de  hollar con sus pies la cabeza de la serpiente, en las Vírgenes en  ademán de vuelo, en los calvarios en que se representa a Cristo  en el momento de agonía, en los grupos del Nacimiento con el  episodio de la Adoración de los Reyes Magos. (1)

Legarda, como imaginero apasionado del arte religioso, supo conjugar en su obra el sentimiento estético con el místico, produciendo imágenes bellas por su forma y significativas por su expresión.

Fue él quien a partir de 1745 emprendió la obra de dorar el tabernáculo del altar mayor de la Iglesia de La Compañía, y al año siguiente decoró la media naranja de la cúpula del Sagrario. Posteriormente, entre 1748 y 1751 trabajó el retablo mayor del templo de la Merced y en 1767 se comprometió con el Padre Domingo Terol para hacer una mampara bajo el coro del templo de Santo Domingo.

“A Legarda le deben casi todas las iglesias el trabajo del mayor número de sus retablos. El supo convertir las naves de los templos en galerías de arte, en verdaderos museos de arte religioso, consiguiendo de esta manera que el siglo XVIII se inclinara hacia el lado de la escultura, en relación con la pintura”(Jaime Aguilar Paredes.- Grandes Personalidades de la Patria, p. 91).

Dedicado a sus creaciones artísticas hasta el último día de su vida, Bernardo de Legarda murió en su ciudad natal, Quito, el 31 de mayo de 1773.

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