Rojas Dr. Angel Felicísimo

Angel-Felicisimo-Rojas

Abogado y escritor lojano, hijo del Sr. Angel Rojas y de la Sra. Filomena Rojas de Rojas, nacido en el anejo rural de «El Plateado», en la parroquia San Sebastián del cantón Saraguro, el 31 de diciembre de 1909.

Sus primeras letras las recibió en su lugar natal de labios de su madre, que era profesora, y más tarde se trasladó a la ciudad de Loja e ingresó en el Instituto Miguel Riofrío, donde terminó la primaria. La secundaria la realizó en el Colegio Bernardo Valdivieso, en el que obtuvo el título de Bachiller.

Por esa época ya se habían despertado en él sus primeras inquietudes políticas y literarias, y en 1925, cuando acababa de cumplir los quince años de edad, al igual que la mayoría de la juventud de esa época e influenciado por las corrientes ideológicas y políticas que empezaban a germinar en el Ecuador, ingresó al Partido Socialista de Loja. Cinco años más tarde publicó su primer libro: «Un Idilio Bobo», que está considerado como un clásico en su género y le permitió integrarse a la «Generación de 1930».

En 1931, al tiempo que dictaba clases de castellano en el Colegio Bernardo Valdivieso se matriculó en la Facultad de Leyes de la Universidad de Loja, a la que asistió hasta 1934 en que viajó a Quito para continuar la carrera de Jurisprudencia. Un año más tarde, gracias a sus excepcionales dotes de educador fue llamado a Guayaquil para desempeñar los cargos de Rector y profesor de Literatura del Colegio Vicente Rocafuerte, que ocupó hasta 1937 en que la dictadura del Ing. Federico Páez persiguió a los profesores de filiación izquierdista.

Ese año ya se había incorporado al grupo de novelistas porteños y empezó a escribir una de sus obras más importantes: «El Exodo de Yangana», que terminó en 1941. Esta fue publicada en 1949 en la Argentina y alcanzó posteriormente seis ediciones en español y varias traducciones a otros idiomas.

En 1942, mientras se encontraba preso por razones de orden político escribió su novela de carácter social «Curipamba», cuya trama se desarrolla en Portovelo.

Luego de la Revolución del 28 de Mayo de 1944, que puso fin al gobierno del Dr. Carlos Alberto Arroyo del Río, fue nombrado Secretario de Acción Democrática Ecuatoriana (A.D.E.), agrupación política que fue la gestora de dicho movimiento, y fue designado -por el nuevo gobierno del Dr. Velasco Ibarra- Contralor General de la República, dignidad que ejerció hasta el 30 de marzo de 1946, día en que el Dr. Velasco Ibarra, de acuerdo con la costumbre que caracterizó su vida política, rompió la Constitución de la República y se proclamó dictador.

Al año siguiente volvió a Guayaquil y se dedicó a escribir un «Estudio Sobre la Novela Ecuatoriana», que fue publicado en 1948. Posteriormente fue designado profesor de economía política de la Universidad de Guayaquil, cargo que desempeñó hasta 1968 en que renunció por no estar de acuerdo con la supresión de los exámenes de ingreso, que tanto daño ha causado a la educación universitaria del Ecuador.

En 1979 la Municipalidad de Loja lo declaró «El Mejor Ciudadano». En 1982, luego de haber permanecido olvidados durante cuarenta años sus originales, publicó, por fin, su obra «Curipamba»; y en noviembre de 1983 fue incorporado a la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

“Creo que soy como los patos que nadan, vuelan y caminan, pero ni nadan bien, ni caminan bien ni vuelan bien; yo pues hago un poco de periodismo, vivo de la profesión de abogado y escribo de cuando en cuando uno que otro libro, de modo que no me he destacado mayormente en ninguna de las tres cosas” (El Universo, Mayo 31 de 1998).

En septiembre de 2002, en Consejo Universitario de la Universidad de Guayaquil le concedió el título de Doctor Honoris Causa. Ya no hacía apariciones en público, pero aún conservaba toda su lucidez y trataba de mantenerse activo, hasta que la muerte lo sorprendió mientras dormía, en la noche del 19 de julio del 2003, llevándose con él su lenguaje pulcro y atildado, como también lo fue su vida. Refiriéndose a él -con motivo de su muerte-, el escritor lojano Carlos Eduado Jaramillo dijo: “Tenía la elegancia de las divinidades. Hombre sabio, excelente conversador. Con él daba gusto entablar un diálogo, puesto que dominaba todos los ámbitos”.

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