Dr. Camilo Ponce Enríquez

Camilo-Ponce-Enriquez

Político y estadista nacido en Quito el 31 de enero de 1912, hijo del Sr. José Ricardo Ponce y de la Sra. Ana Luisa Enríquez Vélez.

Cursó su primera enseñanza en el Pensionado Elemental del ilustre educador don Pedro Pablo Borja y la secundaria en el Colegio San Gabriel, de los jesuitas, donde obtuvo el título de Bachiller. Posteriormente continuó estudios superiores en la Universidad Central de Quito y en la de Santiago de Chile, hasta alcanzar, en 1938, el grado de Doctor en Jurisprudencia, título que también logró por la Universidad de Southern (California-USA).

Ingresó a la vida pública y política del país en el año 1939, cuando fue miembro fundador y Secretario General del Frente Nacional que luchó por la implantación del sufragio libre en el Ecuador; más tarde, en 1943 fue uno de los principales miembros -también fundador- de la Alianza Democrática Ecuatoriana (ADE), movimiento de conjunción política que organizó y llevó a cabo la Revolución del 28 de Mayo de 1944, que puso fin al gobierno del Dr. Carlos Alberto Arroyo del Río.

Ese mismo año, al inaugurarse el segundo velasquismo fue nombrado Canciller de la República y se convirtió -a los 32 años de edad- en el Ministro de Relaciones Exteriores más joven del Ecuador. Al año siguiente y en cumplimiento de sus funciones ministeriales, le correspondió suscribir en San Francisco (USA) la Carta de las Naciones Unidas.

Poco a poco su imagen política fue ganando adeptos y simpatizantes, y en 1946 asistió como Diputado por la provincia de Pichincha a la Asamblea Constituyente, que lo eligió Vicepresidente de la misma. Al año siguiente, luego de que el Dr. Velasco Ibarra fue derrocado debido a una de sus locas aventuras dictatoriales, fue nombrado Ministro de Obras Públicas durante el corto gobierno constitucionalista del Dr. Mariano Suárez Veintemilla.

En 1952 fundó el Movimiento Social Cristiano, que poco tiempo después se convirtió en partido político. Por esa época su figura había alcanzado notables proporciones y gran prestancia política, por lo que el Dr. Velasco Ibarra, al asumir la Presidencia de la República por tercera vez, lo nombró para el cargo de Ministro de Gobierno.

Poco tiempo después fue llamado al Congreso Nacional para ser interpelado. Dio entonces una brillante muestra de su capacidad y talento político, cuando ante dicho Congreso hizo una histórica exposición que duró más de doce horas, luego de las cuales fue largamente aplaudido inclusive por los interpeladores de la oposición. Indudablemente, su habilidad y tino fueron los más sólidos pedestales sobre los que se asentó el gobierno del Dr. Velasco Ibarra, durante el único periodo constitucional que en su larga y agitada carrera política pudo terminar.

En 1956, como candidato de la Alianza Popular y contando con el respaldo del gobierno, en dudosas elecciones presidenciales triunfó sobre el Dr. Raúl Clemente Huerta, candidato del Frente Democrático Nacional, por escasos tres mil votos de diferencia. Dichas elecciones resultaron dudosas, no sólo por su resultado, sino por las declaraciones emitidas por el Dr. Velasco Ibarra durante la contienda electoral en contra de la candidatura del Dr. Huerta: «O yo trituro al Frente o el Frente me tritura a mí».

El 1 de septiembre de ese mismo año asumió la Presidencia de la República e inició una administración de clara tendencia derechista que fue muy discutida y combatida por los partidos de centro y de izquierda, y era criterio generalizado que difícilmente podría mantenerse en el poder, por ser el primer católico que llegaba al solio presidencial después de 61 años de gobiernos liberales, casi todos clerófobos.

No pasó mucho tiempo hasta tener una visión clara sobre la calamitosa situación económica en que el gobierno velasquista –del que él había sido parte- había dejado al país. Fue entonces que pronunció una frase que lo distanció radicalmente de su predecesor: “He sido elegido Presidente de la República y no Síndico de una Quiebra”. Afortunadamente una de las virtudes que lo caracterizaban era la honradez, y gracias a ella, y a la austeridad, tino y prudencia con que se administró el gasto público, pudo en algo solventar los graves problemas financieros por los que atravesaba la nación.

A pesar de que los estudiantes y los trabajadores organizados fueron fácil presa de los agitadores de turno, su obra en beneficio del país puede ser claramente reconocida.

Su gobierno fue excelente, comprensivo, tolerante y de un notable equilibrio social y económico; sin detener la marcha del progreso logró establecer una política de austeridad y de racionalización de gastos que benefició notablemente a la economía del país.

«Embelleció la capital con grandes construcciones: El Palacio del Congreso, la Cancillería, la Caja del Seguro, el Hotel Quito, las residencias universitarias de la Central y la Católica, el edificio terminal del aeropuerto Mariscal Sucre, la restauración del Palacio del Gobierno y de la sala capitular de San Agustín, la iniciación del Palacio de Justicia, etc. Dotó a Guayaquil del monumental Puerto Nuevo (edificios, dársenas, muelles, bodegas), considerado al terminarse como el mejor de la costa pacífica de Sudamérica, obra largamente deseada por los guayaquileños desde muchos años atrás; inició la construcción del aeropuerto Simón Bolívar; destinó 60 millones de sucres para rellenos y agua potable en los suburbios pantanosos; terminó la edificación del Estadio Modelo, etc.» (J. Salvador Lara.- El Ecuador, de 1944 a 1960; Historia del Ecuador, tomo 7 p. 152, Salvat).

 

En materia de educación dio gran impulso a las construcciones escolares, y es imposible enumerar las escuelas, más de quinientas, que en todo el país fueron dotadas de nuevos y modernos edificios.

Lamentablemente, durante los cuatro años de su gobierno tuvo que afrontar una triple oposición que trató de desestabilizar la paz y la tranquilidad nacional: La del Frente Democrático Nacional, que no se resignaba a aceptar que el poder hubiera pasado a la derecha; la del Marxismo Socialista y Comunista, que no cesó en sus actos de agitación; y la del velasquismo, ya enemistado y siempre dispuesto, según fue su costumbre, a romper la Constitución de la República. Estas tres fuerzas crearon en su momento una grave situación de descontento popular y el país vivió momentos muy difíciles.

«Los acontecimientos más graves que el gobierno de Ponce tuvo que enfrentar fueron los del 2 y 3 de junio de 1959. Todo comenzó en Portoviejo, ciudad en la cual pereció y fue incinerado por el pueblo, el capitán Galo Quevedo, a quien se acusó de haber originado el suicidio de un conscripto que se encontraba bajo sus órdenes.

No faltaron quienes aprovechando de la circunstancia estimularan contramanifestaciones estudiantiles en los diversos sectores del país. Las uvas de la ira fructificaron especialmente en Guayaquil, adquiriendo gravedad inusitada e imprevisible en la triste noche del 3 de junio. En sus trágicas horas el vandalismo aprovechó el descontento, a raíz del entierro de estudiantes muertos el día anterior.

En aquella noche, los edificios públicos de Guayaquil, como la Jefatura Provincial de Seguridad, fueron tomados y quemados por las exaltadas turbas. También se asaltaron importantes comercios. Las víctimas nunca pudieron establecerse con certeza, como ocurre en estos casos. El Presidente tuvo que actuar con mano dura, provisto de «facultades extraordinarias» por «salvar la paz y mantener el orden». Muchos le agradecieron, aunque no faltaron otros que lo vituperaron. El Dr. Raúl Clemente Huerta R., líder liberal opuesto a Ponce, se sumó a la adhesión» (Eduardo Muñoz Borrero.- En el Palacio de Carondelet, p. 548).

Luego de servir durante cuatro años al país, sin demagogias y con respeto a los principios constitucionales, terminó su gobierno 31 de agosto de 1960.

Durante los gobiernos del Dr. Velasco Ibarra y del Dr. Carlos Julio Arosemena, que le sucedieron, se mantuvo discretamente alejado de la política; pero a partir de 1963, hasta 1966, combatió a la mal recordada Junta Militar de Gobierno hasta que ésta fue derrocada. Nuevamente volvió a intervenir en las elecciones presidenciales de 1968, pero en el cómputo final fue derrotado por el Dr. Velasco Ibarra que ascendió al poder por quinta y última vez.

«Morir -había escrito- es sencillo, pero hay que morir sin tener de qué arrepentirse», y así, cumpliendo con su destino al servicio de la democracia y de los más altos intereses del país, murió en su ciudad natal el 13 de septiembre de 1976.

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