Gral. Ignacio de Veintemilla

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Militar y político nacido en Quito el 7 de mayo de 1829, hijo del Dr. Ignacio Veintemilla -honorable y antiguo Presidente de la Corte Superior de Justicia de Quito- y de la Sra. Josefa Villacís.

«El joven Veintemilla no heredó las virtudes de su padre, pues, desde muy pronto, demostró poca afición por los estudios, fuerte inclinación por la vida disoluta, y, en general, un espíritu constante de aventuras, que lo alejó, en breve, de las aulas escolares» (Jorge Pérez Concha.- Veintemilla).

En efecto, su vida de estudiante se redujo solamente a una corta permanencia en el Colegio San Vicente, de Latacunga, y a otra más corta en el Colegio San Fernando de Quito, luego de lo cual y obedeciendo el llamado de su vocación militar, abandonó el colegio y siguió los pasos de su hermano mayor, el Gral. José de Veintemilla.

Tenía sólo once años de edad cuando solicitó su ingreso al Colegio Militar de Quito, donde se destacó por su notable disciplina y comportamiento; por esa época estalló en Guayaquil la Revolución Marcista que en 1845 puso fin al gobierno del Gral. Juan José Flores, y de alguna manera conoció ya lo que era la gloria, el triunfo y la derrota del poder político y militar. En 1847, durante el gobierno de don Vicente Ramón Roca ya servía en el ejército con el grado de Subteniente; lucía las insignias de Capitán cuando en Guayaquil estalló la revolución de 1851 en contra del gobierno de don Diego Noboa, y posteriormente tomó partido en los movimientos desestabilizadores que el Dr. Gabriel García Moreno dirigió contra del gobierno del Gral. Francisco Robles, participando el 3 de junio de 1859 en el combate de Tumbuco, donde los garcianos fueron derrotados por el ejército conducido por el Gral. José María Urbina.. «Refieren testigos presenciales, que en el combate decisivo en que fueron vencidas las tropas de García Moreno, éste quedó a pie y estaba a punto de caer prisionero, cuando Veintemilla, desmontando, le ofreció su cabalgadura, en la cual pudo escapar… Después de tan noble acción, el bizarro capitán caía prisionero en poder de Urbina. Y éste digno veterano le trató con tales consideraciones y de manera tan caballerosa, que Veintemilla, obligado y lleno de gratitud por tan noble comportamiento, se juró a sí mismo no volver a hacer armas contra Urbina, y así lo cumplió» (Camilo Destruge.- Album Biográfico Ecuatoriano, tomo II, p. 53).

Durante el gobierno de don Jerónimo Carrión fue ascendido a General de Brigada y llamado para desempeñar el cargo de Ministro de Guerra y Marina. Más tarde se decepcionó de García Moreno cuando éste -en enero de 1869- hizo la revolución en contra del gobierno del Dr. Javier Espinoza para evitar que el Dr. Francisco X. Aguirre Abad sea elegido Presidente. Trató entonces de retirarse a la vida privada, pero dos meses más tarde -luego de que su hermano José fue asesinado por participar en un intento revolucionario contra García Moreno- fue tomado prisionero y condenado a muerte por el propio mandatario; afortunadamente, la reacción del pueblo obligó a que la absoluta voluntad del tirano sea cambiada, por lo que previo a un rescate que fue pagado por las principales familias de la capital, fue obligado a abandonar el país por la ruta más enmarañada y montañosa.

Se trasladó entonces a Europa donde permaneció hasta después del Asesinato de García Moreno, ocurrido el 6 de agosto de 1875, y a su regreso, el presidente Borrero lo nombró Comandante General del distrito del Guayas. Por esa época, muchos de los liberales que habían combatido a García Moreno empezaron a exigir al mandatario que convocara a una Asamblea Constituyente para dictar una nueva Carta Fundamental que reemplace a la de 1869, que fue conocida como la «Carta Negra», pero como Borrero no aceptó dichas exigencias, poco a poco se empezaron a encender las primeras chispas de una nueva revolución.

Finalmente y aprovechando la situación de incertidumbre política que vivía el país, Veintemilla propició una revolución que estalló en Guayaquil el 8 de septiembre de 1876 y que desconoció de hecho al gobierno de Borrero. Inmediatamente, y apoyado por los urbinistas que veían en él a un nuevo caudillo militar, se proclamó Jefe Supremo y Capitán General del Ejército de la República.

En el interior las fuerzas conservadoras reaccionaron con violencia y se formaron varios batallones que marcharon hacia la costa para impedir el avance de los revolucionarios hacia Quito, pero gracias a la habilidad y talento militar del Gral. José María Urbina -que lo respaldaba incondicionalmente- las fuerzas del gobierno fueron derrotadas en los combates de Galte y Los Molinos, y el 26 de diciembre hizo su entrada triunfal en la capital, donde ya se había proclamado su triunfo.

Como político fue un hombre que no se sintió obligado en todo momento a cumplir con la palabra empeñada, sino que reputaba por lícito todo aquello que lo pudiera llevar a cumplir con su objetivo. Hombre temperamental, cuya ambición y deseo de poder y gloria dominaba todos sus actos, solamente podía ocupar un lugar en la historia de la República, agitada desde su fundación por revoluciones, golpes de estado y guerras civiles.

Al poco tiempo de asumir el poder se inició en el Ecuador un período de persecuciones y crímenes en contra de todos los principios de justicia y libertad. «En efecto, el palo y el látigo fueron los métodos generalizados en los cuarteles, ya fuera contra civiles llamados insumisos, como contra inofensivos sospechosos, o contra todos aquellos a quienes cualquier funcionario tildaba de desafectos a la revolución» (Gabriel Cevallos García.- Borrero y Veintemilla, Historia del Ecuador / Salvat, tomo 6, p. 126).

Al iniciarse 1877, la situación política había adquirido características dramáticas y el futuro del país se presentó muy incierto. El 30 de marzo la ciudad de Quito fue sacudida al conocer la noticia de que el ilustrísimo obispo José Ignacio Checa y Barba había sido asesinado mientras celebraba la misa del Viernes Santo, al beber el vino de consagrar que había sido envenenado. Se acusó entonces al gobierno –sin fundamentos- de haber intervenido directamente en el crimen, pero las investigaciones ordenadas por el propio Veintemilla descubrieron fundamentados indicios de responsabilidad contra Vicente Solís y un sacerdote de apellido Andrade.

Para contrarrestar la actitud hostil que enfrentaba con el clero y hacer sentir el peso de su autoridad, el 27 de Junio de 1877 decretó la suspensión del Concordato con la Santa Sede, celebrado en 1862 durante el gobierno de García Moreno, poniendo además en vigencia la antigua ley de Patronato, que mantenía a la iglesia sumisa ante el Estado.

Pero no fue solo la iglesia quien lo combatió, varios grupos políticos también se opusieron a la dictadura propiciando una serie de manifestaciones, motines y conflictos armados que mantuvieron a Veintemilla en gran tensión, debiendo entonces el Jefe Supremo aplicar mano dura para sofocar todo intento desestabilizador.

Dos años se mantuvo gobernando al Ecuador en calidad de Jefe Supremo, hasta que en 1878, considerando que el país ya estaba pacificado, convocó a una Asamblea Constituyente que se reunió en la ciudad de Ambato el 26 de enero y dictó la Constitución número nueve del Estado. Dicha Asamblea lo nombró Presidente de la República, invistiéndolo, desde luego, de facultades extraordinarias. De esa manera, el 21 de abril asumió constitucionalmente el poder del Ecuador.

Su período presidencial no fue un camino de rosas: el 4 de septiembre de 1878 el país se estremeció una vez más al recibir la tremenda noticia del asesinato del ilustre ciudadano dauleño don Vicente Piedrahita, quien se presentaba como un presunto candidato civil -y seguro triunfador- a la Presidencia de la República. Nuevamente y al igual que sucedió con el caso del obispo Checa, se culpó al gobierno del crimen y se realizaron varias diligencias, pero a pesar de las investigaciones tampoco se pudo descubrir a sus asesinos.

En septiembre de 1879, debido a una serie de escritos publicados por Juan Montalvo en defensa de don Eloy Alfaro, que se encontraba desterrado en Panamá, ordenó también el destierro del ilustre ambateño, quien en reciprocidad lo hizo objeto de sus célebres «Catilinarias» y lo llamó además «El Presidente de los Siete Pecados Capitales».

A pesar de la vida un tanto disipada que llevó, durante su gobierno se preocupó por impulsar algunas obras de beneficio para el país. Construyó el tramo del ferrocarril desde Yaguachi hasta Chimbo, con sus cortes, puentes y desviaciones; refaccionó y habilitó el Hospital San Juan de Dios, de Quito; impulsó la construcción del camino Quito-Ibarra-Tulcán; creó becas estudiantiles para los niños pobres y se empeñó en desarrollar muchas obras más que redundaron en beneficio social, sobre todo para las clases más necesitadas. A él se debe el adecentamiento de la Alameda y la construcción del Teatro Sucre, en Quito; y la antigua aduana y el malecón del río Guayas, en Guayaquil, donde dispuso también la pavimentación de varias calles.

A principios de 1882 el Ecuador vivía uno de los muy raros períodos de calma de esa agitada época política. El gobierno constitucional de Veintemilla llegaba a su fin y la Carta Fundamental prohibía la reelección; había pues, en perspectiva, elecciones para nombrar al Presidente sucesor. «Mas, Veintemilla, encariñado con el mando y apoyado por el ejército, al que adulaba y mimaba, cual lo hace todo déspota, defraudó el querer de la ciudadanía. El 26 de marzo del mismo año, se hizo proclamar Jefe Supremo de la Nación por el Concejo de Quito, los empleados civiles y las guardias nacionales; pese a la infidelidad del general Cornelio E. Vernaza, Comandante en Jefe del Ejército, quien, en los precisos momentos del golpe de estado, quiso torcer a su favor el movimiento de los cuarteles, traicionando a su jefe y amigo» (Manuel María Borrero.- El Coronel Antonio Vega Muñoz, p. 12)

Inmediatamente se desató una serie de reacciones en su contra y los generales Sarasti, Landázuri, Guerrero, Salazar, Lizarzaburu y Alfaro -conservadores y liberales- se unieron para luchar en contra de la dictadura. Su leal amigo el Gral. Urbina -que ya tenía 74 años de edad-, cansado de tantas luchas no quiso acompañarlo en esta aventura descabellada, y se retiró de la escena política y militar.

Se libraron entonces feroces combates en Esmeraldas, Cayambe, Chambo, Quero, Alausí, Babahoyo, Ibarra y Quito; y mientras las fuerzas del gobierno- conducidas muchas de ellas por su sobrina Marieta de Veintemilla- luchaban en Quito para mantener a raya a los «Restauradores», él se tomó Guayaquil donde estableció el grueso de sus fuerzas.

Pronto el ejército «Restaurador» llegó y sitió Guayaquil, hasta que -luego de varios días de sangrientos combates- el 9 de julio de 1883 se libró en Mapasingue, al norte de la ciudad, la batalla que puso fin a su dictadura.

«Puestos de acuerdo los jefes principales de los cinco cuerpos del ejército que acampaban en Mapasingue: Alfaro, Salazar, Sarasti, Landázuri y Caamaño, combinaron los planes de batalla, distribuyeron las líneas de combate y asignaron a cada cuerpo su puesto de ataque» (Manuel María Borrero.- ídem, p. 53).

«Mapasingue reunió a todos los jefes militares y dirigentes políticos que tenía la República en ese entonces; nadie faltó a la cita de la libertad, y la incipiente democracia ecuatoriana salió aparentemente fortalecida luego de la derrota de Veintemilla. La batalla de Guayaquil marca el final de una etapa del militarismo criollo que asaltó el Poder a la muerte de García Moreno y el fin de la todopoderosa influencia del general Urbina en la vida política del país» (Rafael Arízaga Vega.- Antonio Vega Muñoz: El Insurgente, p. 57).

Acosado por fuerzas militares muy superiores a las suyas, Veintemilla no pudo continuar resistiendo, y a bordo del vapor Santa Lucía –surto en la ría- huyó hacia el Perú. «Al salir en fuga el dictador, realizó en Guayaquil el último saqueo, extrayendo de uno de los bancos principales de esa ciudad la suma necesaria para costear la expatriación» (O. E. Reyes.- Breve Historia General del Ecuador, tomo II, p. 170).

Durante diecisiete años permaneció en el destierro, hasta que en 1900 el gobierno del Gral. Eloy Alfaro -por medio del Congreso de la República-, queriendo reparar la injusticia que se había cometido manteniéndolo durante tanto tiempo en el ostracismo, dictó el decreto especial del 20 de octubre por medio del cual se lo rehabilitó y se lo reinscribió en el escalafón militar de la República.

«Militar entendido y valiente a toda prueba, con ese valor proverbial en todos los de su familia, hombre de sociedad, culto, de fino trato, de maneras agradables y distinguidas, insinuante, amable, cariñoso y de una esmerada educación, supo siempre captarse las simpatías de cuantos llegaron a tratarle, y aun obligar a sus mismos enemigos y hasta captarse su voluntad, por sus maneras, su fino trato, sus halagadoras atenciones y procedimientos» (Camilo Destruge.- Album Biográfico Ecuatoriano, tomo II, p. 81).

En el año 1907 volvió a Quito donde le acompañó la simpatía popular que, olvidando sus pasados rencores políticos, tuvo muchas manifestaciones de aprecio para el viejo y vencido general. En una ocasión, cuando hacía cola para cobrar su pensión de retiro, levantó la voz ante una enorme concurrencia y pidió perdón por todos sus errores y por las ofensas que pudo haber cometido.

A mediados de 1908, presintiendo su próximo fin, «después de reconciliarse con la Iglesia Católica y recibir los sacramentos, juró que él nada tuvo que ver en los crímenes que provocaron la muerte tanto del arzobispo Checa, como la del Dr. Piedrahita. Este argumento de orden moral tiene su peso, atentas las circunstancias. El ex-dictador, al borde de la muerte, después de aceptar la verdad de los dogmas del catolicismo, a raíz de arrepentirse sinceramente de sus culpas, no podía mentir en tan sagrados momentos, cuando sentía ya la presencia de lo eterno» (Carlos de la Torre Reyes.- Piedrahita: Un Emigrado de su Tiempo, p. 374).

El 19 de julio de 1908, el Gral. Ignacio de Veintemilla murió en la ciudad de Quito. Sus funerales fueron solemnes y muy sentidos por todo el pueblo, y fueron precedidos por dos de sus antiguos enemigos: el Arzobispo de Quito y ex-Diputado, monseñor Federico González Suárez; y uno de los generales que lo vencieron en Guayaquil: Don Eloy Alfaro, Presidente de la República.

Su imagen ha sido trazada, muchas veces, con las tintas más negras, presentándolo como un crápula vanidoso y engreído, que sólo gustaba vivir rodeado de todos los placeres, que se burlaba de la religión y que era lleno de dobleces. Hasta las más burdas conspiraciones urdidas en su contra pretenden ser justificadas, por quienes así piensan, como un justo castigo por sus errores y sus pecados; pero a fuerza de recargar esas tintas se ha desdibujado su verdadera personalidad. Hay que considerar que le correspondió vivir una época en que las revoluciones y los golpes de estado se sucedían continuamente, y que pasó gran parte de su gobierno luchando en condiciones muy difíciles para poder mantener el control del país sin que en él reine la anarquía. Por lo demás, fue en su vida privada un caballero cuyo comportamiento fue siempre reconocido por amigos y enemigos.

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