Gral. Juan Otamendi

Militar de raza negra, patriota y prócer de la independencia, nacido por el año 1798. Sobre sus padres no se tiene ninguna información concreta, aunque hay quien sostiene que fue hijo de un clérigo en una negra esclava. «Creemos que su madre desempeñaba el servicio doméstico en casa del clérigo Otamendi, cuyo apellido llevó posteriormente, porque su condición de mulato le venía por la sangre de su amo» (Piedad y Alfredo Costales.- Otamendi: El Centauro de Ebano, p. 64).

Había nacido esclavo en los llanos de Venezuela, a orillas del río Guárico, donde vivió hasta los 10 años de edad. Por esa época, un señor llamado Mateo Rubio le compró la libertad y lo envió a la Plaza Mayor de los ejércitos de la independencia.

Por el año 1817 ya se había convertido en un poderoso mulato de gran estatura y músculos de acero. Había sentido en carne propia el dominio de la Corona Española sobre los hombres de América y visto desangrarse a su patria en los campos de batalla. Entonces se alistó en las fuerzas de Bolívar como soldado de línea y participó en todas las batallas, que a la postre culminaron con la independencia de Venezuela.

Poco a poco, en diferentes campañas logró destacarse por su bravura, lealtad y patriotismo, y en cada una de ellas logró merecidos ascensos.

En 1824, cumpliendo órdenes de Bolívar pasó por Guayaquil con destino al Perú, donde participó en las batallas de Junín y Ayacucho. Tres años más tarde lucía ya las insignias de Capitán, y en 1829, bajo las órdenes del Gral. Juan José Flores tuvo destacada y valiente participación en la batalla de Tarqui.

Instaurada la República del Ecuador en el año 1830, el Gral. Flores lo llamó a su servicio personal y en muy poco tiempo se convirtió en el brazo derecho del «fundador» de nuestra patria.

Implacable con el enemigo jurado, no desperdiciaba ocasión ni medios para destrozarlo totalmente. Era un jefe astuto, vigilante, de gran inventiva y, por lo general, invencible allí donde se presentaba personalmente en la batalla.

Bravo, valiente y sanguinario, persiguió y castigó cruelmente a quienes intentaron desestabilizar al gobierno floreano. En 1834 lucía ya el grado de General cuando tuvo importante participación -junto al Gral. Flores- en la sangrienta Batalla de Miñarica, en la que al mando de un grupo de caballería acabó con novecientos de los dos mil soldados que formaban el ejército del gobierno presidido por el Dr. José Félix Valdivieso.

Posteriormente conspiró con el Gral. Urbina para derrocar a Vicente Rocafuerte, pero el movimiento subversivo fue descubierto y fue desterrado al Perú donde permaneció hasta 1837 en que se radicó en la región de Macará, donde no había un poblado sino un grupo de casas desperdigadas y desordenadas. «En ese conjunto de varias casucas, esparcidas aquí y allá, rodeadas de oberales, con su chacra delante y su corral atrás, había elementos para formar un pueblo: si algo faltaba era una voluntad con suficiente predominio sobre los demás, que abreviase la pesada acción del tiempo. Otamendi llegó, pues, en la época precisa. Hombre de brazo fuerte y voluntad de hierro, valiente y diestro en el manejo de las armas, con el influjo que le prestaba su alta posición militar, asomó tan oportunamente que ni buscado de propósito se le habría hallado mejor… Pocos de los habitantes por la violencia; de buen grado los más, todos comenzaron a construir nuevas viviendas en el sitio designado por Otamendi, el cual había trazado el plano de una regular población» (Manuel E. Rengel.- «Luzmila», p. 45).

Puede decirse entonces que, por ese año, el Gral. Juan Otamendi fundó el pueblo de Macará.

«La lanza de Miñarica encuentra la paz en Macará y el General demostró allí su inmensa creatividad, civilizándose a sí mismo y civilizando a los demás. El pueblo, como hoy lo conocemos, fue la semilla generosa que dejó su mano y es el bravo soldado de la independencia el que da a Macará un sitio en la organización territorial de la provincia de Loja, aun estando en la raya misma del ambicioso país del sur, con el que ha cruzado lanzas en Tarqui» (P. y A. Costales.- ídem p. 159).

Descansaba plácidamente, retirado al dulce calor del hogar en compañía de su esposa -doña Angela Naranjo-, cuando en 1839 el Gral. Flores -al asumir la Presidencia de la República por segunda vez- lo llamó nuevamente a su lado, y tal como la había hecho anteriormente, acudió presuroso para servir a la patria y al Gral. Flores durante seis agitados años. Llegó entonces 1845, y al estallar la Revolución Marcista defendió una vez más al gobierno con su notable y valerosa participación en el combate de La Elvira, donde fue gravemente herido.

A pesar de sus heridas logró derrotar dos veces a las fuerzas revolucionarias comandadas por los generales Antonio Elizalde y Fernando Ayarza, hasta que finalmente -considerando que la revolución estaba costando demasiadas vidas ecuatorianas- Flores prefirió acabar con el derramamiento de sangre y el 18 de junio firmó el Tratado de La Virginia, por medio del cual puso fin a quince años de gobierno.

Acogiéndose al Tratado de La Virginia y luego de que Flores abandonó el país, se retiró voluntariamente al exilio, y junto con su esposa se trasladó a una propiedad cercana a Alausí buscando, en ese agradable lugar, recuperarse de las heridas recibidas en los combates de La Elvira.

Muy poco tiempo duró su descanso: A finales de diciembre de ese mismo año, cuando aún no se había recuperado totalmente fue apresado por sus enemigos y llevado a Quito por la vía de Alausí. Se escribió entonces una de esas páginas de canibalismo que adornan sangrientamente nuestra historia. Desviándose de la ruta sus captores llegaron hasta el río Yaguachi donde lo ataron y pusieron en el interior de una canoa, que fue empujada río adentro y, desde la orilla, mientras se encontraba atado e indefenso sus verdugos lo acribillaron a balazos.

Con las últimas fuerzas que le quedaban, el valiente militar se irguió arrogante y los increpó al grito de: «miserables, no se mata así a un General, a un valiente soldado de la independencia…..»

«Igual que Venezuela, tanto o más le debe el Ecuador a este héroe, tan injustamente calumniado y criticado. Fue juntamente con Flores, uno de los pocos que trazó los cimientos de la patria que nacía con el abono de su propia sangre, y firma la primera adhesión al Estado de Quito. No fue de aquellos que aman a la patria con palabras o lirismos; hombre sencillo y humilde, por su condición de mulato, supo ganarse un puesto de honor gracias a sus propios méritos. Los grados militares los fue consiguiendo sucesivamente, pagando previamente un precio de sangre en el campo de batalla, no por fuerza del tinglado burocrático… Si algún pecado tuvo en su vida pública fue amparar, proteger y consolidar el militarismo en el territorio ecuatoriano» (P. y A. Costales.- ídem p. 75).

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