Checa y Barba Ilmo. José Ignacio

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Religioso quiteño nacido el 4 de agosto de 1829, hijo del prócer don Feliciano Checa y Barba y de la señora Alegría Barba y Borja.

Desde muy joven se despertó en él una intensa vocación religiosa, que se vio premiada en el año 1856 cuando fue ordenado Presbítero. Muy pronto viajó a Roma, Italia, donde gracias a sus virtudes y gran talento fue consagrado Arzobispo «In Pártibus» de la Diócesis de Listra, en ceremonia efectuada en la ciudad eterna, el 29 de diciembre de 1861.

Al año siguiente volvió a Quito donde permaneció hasta 1865 en que fue nombrado Arzobispo de Ibarra, dignidad que ostentó hasta 1868 en que fue preconizado y consagrado Arzobispo de Quito.

Inició entonces una administración religiosa tranquila y progresista que duró hasta septiembre de 1876, en que luego de los combates de Galte y Los Molinos -que culminaron con el derrocamiento del gobierno constitucional del Dr. Antonio Borrero-, el Gral. Ignacio de Veintemilla asumió el poder en toda la República y adoptó una política de persecución y acoso en contra de la Iglesia Católica, cometiendo contra ella toda clase de excesos y ofendiéndola en su labor educativa y social.

Surgió entonces su figura gigante, y con valentía insospechada empezó a combatir los abusos del gobierno, hasta que en la mañana del 30 de marzo de 1877, mientras celebraba la misa del Viernes Santo en la catedral de Quito, cayó violentamente fulminado al beber el vino del Cáliz Sagrado, que había sido envenenado con estricnina.

«No se conocieron jamás los trámites del asesinato, como tampoco a sus autores. El gobierno cometió dos ligerezas: Desplegar una campaña de propaganda en contra de un sacerdote de apellido Andrade, acusándole del crimen; e intervenir en la complicación y embrollamiento del proceso que lo llevaba adelante el Poder Judicial con entereza y honestidad. Nadie sin embargo ha comprobado que Veintemilla fue autor mental, inspirador o cómplice del horripilante suceso. Pero se cree, con demasiados fundamentos, que el hecho nació de la mente y de la arbitrariedad de algunos de sus áuricos» (Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de Hoy, Tomo I, p. 224).

Hay que anotar sin embargo, que Veintemilla, en el supremo instante de su muerte, sostuvo una vez más que él nada tuvo que ver con dicho crimen.

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