Ing. Federico Páez

Federico-Paez

Nació en la ciudad de Quito por el año 1880.

Desde muy temprana edad sus padres lo llevaron a estudiar en Europa; fue así como realizó la primaria y la secundaria en el afamado «Lyceé Hoche» de París, Francia, luego de lo cual continuó su educación superior en las universidades de Gante y de Bruselas, en Bélgica, donde obtuvo su título de Ingeniero.

De regreso al Ecuador no tuvo ninguna participación en la vida pública ni política del país, hasta que el Dr. José María Velasco Ibarra, durante su primer gobierno constitucional, lo llamó para que ocupe el cargo de Ministro de Obras Públicas, funciones que desempeñó hasta que el Presidente -luego de romper la Constitución y proclamarse dictador, según fue su costumbre- «se precipitara sobre las bayonetas», el 21 de agosto de 1935.

En esas circunstancias y de acuerdo con la Constitución, asumió la Presidencia de la República el Ministro de Gobierno, Dr. Antonio Pons, quien pocos días después -el 25 de septiembre- renunció ante un grupo de oficiales de la guarnición de Quito. Al día siguiente -y por arte de «birlibirloque»- la junta de oficiales le entregó el mando supremo de la República.

“Me encontraba acostado leyendo tranquilamente, cuando sonó el teléfono. Era el Dr. Aurelio Bayas, quien me comunicaba que había asistido a la sesión de la Junta Militar ante la cual renunció el Dr. Pons; y que la Junta, habiéndome elegido para que lo sustituyera, mandaba una comisión a mi casa a comunicármelo. Sin darme tiempo a contestar, cerró la comunicación.

A los pocos momentos en efecto llagó la comisión presidida por el señor comandante don César Plaza, y con ella me trasladé a la Casa Presidencial a donde encontré un gran número de oficiales, que según se me avisó en ese momento, representaban a todas y cada una de las reparticiones del Ejército.

Acepté el cargo y no me atrevo a asegurar que lo hice de modo muy consciente. Mi sorpresa era infinita, y no me repuse de ella sino mucho más tarde. En verdad, todo lo hice maquinalmente, pues de haber conservado mi serenidad no lo hubiera aceptado jamás. Demasiado conocía a mi país…” (Ing. Federico Páez.- Explico, p. 14).

Inmediatamente nombró su gabinete ministerial, que estuvo integrado por el Dr. Aurelio Bayas, el Ing. Heleodoro Ayala, el Sr. Jerónimo Avilés Aguirre, el Gral. Angel Isaac Chiriboga, el Sr. Carlos Zambrano y el Dr. Colón Serrano. Los señores Avilés y Zambrano representaban al sector socialista y todos los demás al liberal.

Considerando que las principales esferas políticas del país se identificaban con las incipientes ideologías izquierdistas intentó llevar a cabo un gobierno de características socialistas; pero los políticos de izquierda le quitaron su apoyo cuando declaró enfáticamente: «Evolución social, sí; revolución social, no…»

Desde los primeros días de su administración hubo despilfarro y prebendas burocráticas: Distribuyó ascensos militares a toda carrera; cuando sintió que la novelería socialista decrecía se convirtió en liberal; y más tarde, al comprender que con los liberales tampoco podía caminar con éxito, se pasó a la reacción. «No podían faltar los abusos: la prensa velasquista y conservadora fue silenciada, perseguidos varios periodistas, encarcelados y desterrados; reorganizados los institutos de educación para limpiarlos del velasquismo, reorganizados los consejos provinciales y concejos municipales» (Eduardo Muñoz Borrero.- En el Palacio de Carondelet, p. 435).

Esta situación de inestabilidad política y social propició la reacción del pueblo cuyas críticas no se hicieron esperar, hasta que finalmente, el 28 de noviembre de 1936, se produjo un levantamiento militar en Quito, cuando el Regimiento Calderón -luego de matar a su jefe y a algunos oficiales- inició la rebelión.

Los insurrectos intentaron asaltar la Casa Presidencial abriendo fuego de ametralladora y artillería, pero el Ing. Páez, junto con sus edecanes y diez soldados del Batallón Yaguachi, se apostaron estratégicamente y respondieron con una ametralladora y varios fusiles traídos por los soldados del Yaguachi, logrando impedir el asalto de los revolucionarios.

Sólo cuatro horas duró esta primera intentona golpista, que luego de sangrientos enfrentamientos fue reprimida por su Ministro de Defensa, Crnel. Alberto Enríquez Gallo.

Como consecuencia de esas reacciones, la que hasta ese día se la había tildado jocosamente de «la dictablanda de don Federico», se convirtió efectivamente en una feroz dictadura.

Esa misma noche se descubrieron documentos que prueban que la revuelta fue planificada por un pequeño grupo de conservadores y de oficiales retirados, pero que fue absorbido completamente por elementos comunistas nacionales y extranjeros. El gobierno procedió entonces a expulsar del territorio nacional a más de ochenta ciudadanos extranjeros involucrados en la revuelta.

Posteriormente clausuró la Universidad Central porque desde ella se había disparado en contra de las fuerzas defensores del régimen, clausuró el periódico “EL Día” por considerarlo subversivo y expatrió a varios civiles involucrados en la rebelión.

«La represión fue vengativa y torpe. Todo hombre de letras, todo ciudadano honesto sobre el cual cayese alguna sospecha o la denuncia del soplón, fue perseguido y confinado a las islas Galápagos, bien a la cárcel, o bien al destierro. Nada importaba que un escritor, por ejemplo, hubiese permanecido alejado de las luchas políticas; era escritor y esto bastaba para tornarlo peligroso. Luego, a la cárcel o Galápagos o, si podía pagarse su pasaje, al exterior. Federico Páez llegó a sentir un miedo morboso a la inteligencia». (Alfredo Pareja Diezcanseco.- Ecuador: Historia de la República, tomo III, p. 81).

Una de sus principales preocupaciones fue la de solucionar los innumerables problemas laborales que se sucedían por culpa de los agitadores comunistas y la intransigencia de los empleadores, para lo cual, en varias ocasiones recibió en su despacho a los involucrados, llegando inclusive a ir personalmente a los centros de trabajo donde habían dificultades pata dialogar tanto con los obreros como con los patrones. Pudo así resolver favorable y pacíficamente los conflictos.

En el orden agrario también solucionó varios problemas, expropió algunas haciendas poco productivas -pagándoles a sus propietarios el valor justo- y las repartió entre 2.000 pequeños agricultores y campesinos.

En su constante afán por proteger los derechos de los trabajadores, con fecha 31 de marzo de 1937 reformó la Ley del Seguro Social Obligatorio, incorporando, en beneficio de los afiliados, el Seguro de Enfermedad.

A mediados de 1937, creyendo había llegado la hora de que el país retornara al orden constitucional, Páez convocó a una Asamblea Constituyente que se instaló el 10 de agosto, ante la cual presentó su renuncia. Esa misma asamblea -por gran mayoría- lo eligió Presidente Constitucional interino.

Luego de posesionarse del cargo y para demostrar su buena fe y su deseo de integrar a todos los ecuatorianos, lo primero que hizo fue aprobar un Acuerdo de amnistía a favor de todos los presos políticos, confinados y expatriados.

Pero a pesar de sus buenas intenciones la situación política del país continuaba siendo un caos, por lo que -para poner orden- la misma Constituyente le otorgó las llamadas “Facultades Extraordinarias”. Esto no fue del agrado de su Ministro de Defensa y ahijado, Gral. Alberto Enríquez Gallo, quien el 23 de octubre disolvió la Asamblea Constituyente, desconoció al gobierno y proclamó su dictadura.

Durante los dos años que Páez estuvo en el poder, a pesar de la fuerte oposición que sufrió pudo realizar importantes obras y dictar varias leyes de beneficio social, entre ellas, las de huelga, de salario mínimo y de los hijos ilegítimos; estableció el servicio militar obligatorio y trasladó a Washington el diferendo limítrofe con el Perú, íntimamente relacionado con el Acta del 6 de Julio de 1936.

Finalmente, su gobierno firmó con el Vaticano el Modus Vivendi por medio del cual se devolvió a la Iglesia ecuatoriana una situación decorosa, al tiempo que el gobierno lograba ventajas muy apreciables.

Olvidado por aquellos que lo habían rodeado y adulado durante su gobierno, abandonó el país y sólo volvió después de varios años de destierro voluntario, para dedicarse exclusivamente a sus actividades particulares.

De muy avanzada edad, pero gozando de la compañía y el aprecio de sus familiares y amigos, el Ing. Federico Páez murió en la ciudad de Quito en el año 1974.

 

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