Juan Pío Montúfar y Frasso

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Funcionario español nacido en Granada por el año 1680, que fue Caballero de la Orden de Santiago y primer Marqués de Selva Alegre.

Desde temprana edad vino a América destinado a Arequipa, en el Perú, con el cargo de Capitán de Caballería. Posteriormente volvió a España donde consignó, en la Tesorería Real, la cantidad de treinta y dos mil pesos fuertes como servicio a la Majestad de Fernando VI, con lo que logró que el Rey expidiera la Cédula por medio de la cual fue nombrado para el cargo de Presidente de la Real Audiencia de Quito.

Llegó a Quito el 21 de septiembre de 1753 y fue recibido en la plazoleta de San Francisco por el Presidente saliente, don Fernando Félix Sánchez de Orellana, quien tuvo la delicadeza de entregarle personalmente y en sus manos el bastón presidencial, como una demostración de que le transfería el gobierno y la autoridad que hasta ese día había ejercido en nombre del Rey.

Durante su gobierno, Quito y sus provincias meridionales fueron azotadas por varios terribles terremotos, sobre todo entre los años 1757 y 1760. «El día 22 de febrero de 1757, martes de Carnaval, a las 5 y más de la tarde, cuando los vecinos estaban alegres y regocijados, un terremoto violento convirtió sus fiestas en duelo y sus risas en lamentos; derrumbáronse paredes y sepultaron bajo sus escombros a algunos habitantes. En la Iglesia del Noviciado de la Compañía perecieron como 200 personas, aplastadas por la cúpula y la techumbre, que cayeron en el momento mismo en que estaban celebrando el Jubileo de las Cuarenta Horas. El Altar Mayor permaneció en pie, y las ceras continuaron ardiendo sin apagarse delante del Santísimo Sacramento; era aquella una escena horriblemente sublime; en un instante el templo se había convertido en sepulcro de los fieles, que henchían sus naves adorando al Juez Eterno en la Divina Eucaristía…» (F. González Suárez,- La Historia Antigua, tomo II, p. 1.107)

Don Juan Pío Montúfar era hombre muy adinerado, y a pesar de su carácter enérgico, fuerte y orgulloso, poseía un corazón noble y generoso, virtudes que se manifestaron en acciones como la de donar todo su sueldo de Presidente para reedificar en Quito la iglesia de las monjas de Santa Catalina, que había sido destruido casi totalmente por el sismo.

Así, con actuaciones como ésa sirvió a Quito en todo cuanto estuvo a su alcance, y en pleno ejercicio de sus funciones, la muerte lo sorprendió el 14 de septiembre de 1761.

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