Jaramillo Julio

Julio-Jaramillo

Artista guayaquileño nacido el 1 de octubre de 1935, hijo del Sr. Juan Jaramillo Erazo y de la Sra. Apolonia Laurido.

La humilde condición económica de sus padres fue un obstáculo casi insalvable para su educación, por lo que sus únicas enseñanzas las recibió en una pequeña escuela fiscal del barrio donde vivía. También por esa razón -junto con su hermano Pepe- fue ayudado por un zapatero de apellido Mejía, quien le enseñó el oficio y le dio un empleo en su taller.

Por esa época ya se había despertado en él su vocación artística, y rasgando de manera torpe una guitarra se acompañaba en sus ratos de ocio mientras entonaba melancólicas canciones con el dulce sonido de su voz; y buscando un acercamiento con las manifestaciones artísticas que tanto llamaban su atención, se escapaba del trabajo y se dirigía a escuchar las audiciones que “en vivo” realizaba la recordada Radio Cóndor en sus programas “Cantantes Ecuatorianos”. Entonces, escuchaba y aplaudía a su hermano Pepe que integraba junto al “Cholo” Díaz el “Dúo Guayaquil”; a Olimpo Cárdenas, a Carlos Rubira Infante, al dúo “Villafuerte”, y a tantos artistas que marcaron una época en la historia de la música nacional.

No había cumplido aún los diecisiete años de edad, cuando en 1952 tuvo la oportunidad de conocer a Rosalino Quintero, quien se convirtió no sólo en su gran amigo sino en su descubridor y mejor director artístico.

Buscó entonces la oportunidad de actuar en la radio, pero como siempre suele suceder en estos casos, el “aspirante” o aficionado fue rechazado “porque cantaba feo”. Sin resignarse continuó buscando su oportunidad, sin mayor fortuna, y sólo pudo grabar -bajo la dirección de Abilio Bermúdez- un himno político para el C.F.P. y la candidatura presidencial del Dr. Carlos Guevara Moreno.

En 1954 pudo por fin grabar su primer disco: El yaraví “Pobre mi Madre Querida”, que cantó a dúo con esa otrora gran artista guayaquileña, doña Fresia Saavedra. Al año siguiente, nuevamente a dúo, esta vez con el gran compositor porteño Carlos Rubira Infante, grabó el romántico pasillo “Esposa”. Finalmente, en 1956 llegó el tan buscado éxito cuando bajo la dirección de Rosalino Quintero grabó, ya como solista, el vals “Fatalidad”, que en poco tiempo se escuchó en todas las radios del Ecuador y en las principales de Colombia, Perú, Venezuela, México, Argentina y Uruguay.

Su consagración internacional llegó en 1957 cuando grabó “Nuestro Juramento”. Entonces su fama lo obligó a viajar de un país a otro y poco a poco fue naciendo “La Leyenda de Julio Jaramillo”. En efecto, en esa época no era raro escuchar cosas como que “Julio estaba actuando en Buenos Aires, Argentina, y se vino a Guayaquil para cortarse el pelo donde el maestro Niama”; o “Julio estaba chupando en Lima luego de cobrar miles de dólares por una actuación, y en eso pasó una monjita que le pidió una donación. Julio metió la mano al bolsillo y entregó a la religiosa todo lo que había ganado”. También se escuchaban otras no menos fantásticas como que “Julio cerró un gran cabaret en New York e invitó a farrear a toda la colonia ecuatoriana”, y muchas más. Pero lo que sí es verdad y no cuento ni leyenda es que, en los momentos de su mayor triunfo, en México su nombre se anunciaba de manera estelar en las marquesinas de los teatros y con letras muy grandes, mientras que artistas como Javier Solís y Los Panchos debían resignarse a aparecer debajo de él y con letras mucho más pequeñas.

Por esa época, temas como “De Cigarro en Cigarro”, “Alma Mía”, “Interrogación”, “Odio en la Sangre”, “Te Odio y te Quiero”, “Carnaval en mi Alma”, “Tres Palabras”, “Cuando Llora mi Guitarra”, y mil más se escuchaban a cada minuto en todas las radios de Latinoamérica, y su nombre había adquirido ya dimensión continental.

Posteriormente se radicó durante algún tiempo en Colombia, donde realizó grabaciones como solista y haciendo dúo con ese otro gran artista ecuatoriano -también desaparecido- Olimpo Cárdenas, con quien grabó éxitos como “Azabache” y muchos más; finalmente pasó a Venezuela, donde también vivió mucho tiempo actuando y grabando más y más éxitos musicales. Nadie sabe con certeza cuántos discos o cuántas canciones grabó Julio, pero es indudable que fueron más de 400 discos de larga duración.

Lamentablemente Julio había llevado una vida muy desordenada, de intensa bohemia, mujeres y licor, y su cuerpo ya estaba muy deteriorado internamente y atacado por un gravísimo mal.

A finales de 1977 volvió a Guayaquil por última vez. Al igual que siempre, fue recibido apoteósicamente por todo el pueblo que lo aclamaba y quería escucharlo; sus fanáticos ignoraban el drama que estaba viviendo, pues él sabía que tenía sus días contados.

Vinieron entonces nuevas presentaciones y grabaciones, pero ya Julio no era el mismo, poco a poco se estaba apagando, y aunque él se empeñaba en presentarse sonriendo, íntimamente sabía que se estaba muriendo.

Finalmente, el 9 de febrero de 1978, “El Ruiseñor de América” calló su voz para siempre y pasó a la inmortalidad.

Pero si su voz había callado, su presencia en el corazón de los ecuatorianos se mantenía imborrable, tal cual sucedía con sus admiradores de todos los países de América, razón por la cual, el 30 de septiembre del 2003, en Sesión Solemne realizada en el Salón de los Libertadores de la Gobernación de la provincia del Guayas fue declarado Embajador del Ecuador (Post Mortem), ya que -aún después de su muerte- continuaba identificando a nuestro país internacionalmente.

 

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