Mariana de Jesús Paredes y Flores

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Mariana de Jesús Paredes y Flores nació en la ciudad de Quito el 31 de octubre de 1618, hija del caballero español don Jerónimo Zenel de Paredes y Flores y de la dama quiteña doña Mariana Granobles Jaramillo.

Habiendo quedado huérfana de padre y madre cuando apenas tenía 3 años de edad, toda su juventud la pasó al cuidado de su hermana mayor, doña Sebastiana de Paredes, quien con amor la crió y educó arrumbándola por los caminos de Cristo.

Cuando tenía 7 años de edad tuvo la oportunidad de conocer y acercarse al sacerdote jesuita Juan Camacho, sabio y justo profesor de la Universidad de San Gregorio Magno, quien fue su primer director espiritual. Posteriormente recibió también la orientación cristiana que le brindó el eminente jesuita Antonio Manosalvas, como también la del hermano Hernando de la Cruz.

Inició entonces una vida de sacrificios dedicada a la oración, a la piedad y el amor a Cristo. Asistía todos los días a la iglesia y luego volvía a su casa para realizar labores domésticas y manuales. Fue por esa época cuando hizo sus votos de pureza, obediencia y sacrificio.

Para alejarse de las tentaciones del mundo material, convirtió la habitación de su casa en una verdadera celda para su confinamiento espiritual, y en ella -mientras se dedicaba de lleno a la oración y a la meditación-, la soledad y el silencio fueron sus únicos compañeros. Allí, en medio de la oración sometió su delicado cuerpo a dolorosos sacrificios, ayunos, silicios y coronas de espinas.

Tenía 27 años de edad cuando en 1645 un terrible terremoto azotó a la ciudad de Riobamba destruyéndola casi totalmente. Dicho sismo alcanzó también a la ciudad de Quito que sufrió graves destrozos y se mantuvo temblando durante largo tiempo; pero lo más grave fue que, debido a las condiciones higiénicas en que quedó la ciudad, se desató en ella una terrible peste de garrotillo y alfombrilla que ocasionó la muerte a miles de quiteños. La ciudad estaba consternada, y las iglesias y cementerios llenos de enfermos agonizantes y cadáveres insepultos. Ante esta situación, corrió a la iglesia de La Compañía, donde arrodillada y en profunda oración levantó los ojos al cielo y exclamó en voz alta: «Dios mío… Te ofrezco mi vida por la de mi pueblo…»

El Señor aceptó su sacrificio, y desde ese momento los temblores cesaron y la peste se alejó; pero ella cayó víctima de terribles y dolorosos achaques, y luego de dos meses de intenso sufrimiento murió el 26 de mayo de ese mismo año.

Trescientos años más tarde, La Azucena de Quito -Mariana de Jesús Paredes y Flores- fue declarada Heroína Nacional mediante decreto expedido por la Honorable Asamblea Constituyente el 30 de noviembre de 1946, durante el segundo gobierno del Dr. José María Velasco Ibarra; y canonizada por Su Santidad el Papa Pío XII, el 9 de julio de 1950.

Sus sagrados restos mortales descansan en la iglesia de La Compañía, en uno de cuyos pedestales se ha grabado una leyenda que dice: «Aquí, Mariana de Jesús ofreció el sacrificio de su vida por su patria».

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