Garcés Mónica

Monica-Garces

Artista “guayaquileña” nacida en Santiago de Chile el 5 de junio de 1942, hija del Sr. Horacio Garcés Pérez-Cotapos y de la señora Dorothy Conley.

Tenía nueve años de edad cuando en 1951 se radicó en Guayaquil, donde realizó sus estudios en el Colegio Americano y en el Urdesa School. Por esa época recibió, del maestro Theo Constante, sus primeras orientaciones e influencias en el campo artístico. Posteriormente viajó a la ciudad de New York para continuar sus estudios secundarios y de arte el Mary Mount Collage, e ingresó al Art Club de la Mary Louise Academy. Gracias a su permanencia en esa ciudad norteamericana pudo visitar los principales museos y salas de arte, donde se adentró y conoció más de cerca las tendencias plásticas del mundo contemporáneo.

A su regreso a Guayaquil inició su carrera artística presentando su primera obra en la Quinto Salón de Octubre de la Casa de la Cultura y en otros eventos similares, pero pronto -por razones de índole personal- debió abandonar las telas y los pinceles que volvió a retomar casi diez años después para, junto a Antonio del Campo, viajar a España donde a partir de 1972 continuó su vida artística. En Madrid colaboró con la Galería Rottenbur y en Barcelona con la Galería Pecanis. Posteriormente dirigió la Galería D’Alaro de Sitges, a la que representó en la Segunda Feria del Dibujo de Barcelona. Su permanencia en España le brindó la oportunidad de ampliar el espectro de su visión pictórica, que maduró al influjo de talentos como el de Rufino Tamayo y Omar Rayo, entre otros.

En 1979 retornó a Guayaquil y -separada ya de Antonio del Campo- a partir de 1985 se sumergió en la búsqueda de su propia identidad entregándose a la pintura con toda la pasión de su fuerza espiritual, primitiva, telúrica y delicadamente sensible. Tres años más tarde fue invitada por la Embajada de Venezuela y la Fundación Cultural Manuela Sáenz a la exposición itinerante de Pintura, Dibujos y Documentos de Manuela Sáenz.

Para 1993 presentó en la Galería Gala de Guayaquil una nueva muestra de su obra.“Eran formas de la naturaleza recuperadas, re-formadas –la artista había conferido nueva entidad visual a los motivos- y organizadas en una naturaleza de la que ella era la de miurga: Estratos telúricos, construcciones sobre tensiones de ejes, troncos y hojas, sin dejar de serlo, eran objetos estéticos. La única manera  de contemplación que sufrían era la estética.

Las formas no eran especialmente originales –eran préstamos de la naturaleza-; pero el color era nuevo –y riguroso, visualmente bello-, y había un concienzudo trabajo matérico –bases, veladuras, iluminados-. Todo nos hacía sentir ante una seducción de formas, colores y texturas. Pero una sutil disciplina lo había organizado todo en composiciones de rica y tensa unidad”(Hernán Rodríguez Castelo.- Revista Diners,  No. 192, mayo de 1998).

A partir de entonces su obra se proyectó en vertiginoso ascenso, y fue solicitada en casi todas –por no decir todas- las salas de exposición y galerías de arte de Guayaquil, Quito, Cuenca; e inclusive llagó a Panamá y Paraguay.

“No pinta por pintar Mónica Garcés, no solamente para alcanzar un nivel artístico, sino también, para expresar plásticamente sus sentimientos, sus conflictos, su ser y estar en este mundo. Por eso, tras y sobre estas escenografías optimistas por su color y risueñas por su variedad y por sus elementos, hallamos a la artista que vive y vibra en cada uno de sus trabajos, a los que ha dotado de símbolos y de huellas, de palabras y de estancias.

Hay encanto en los lienzos claros y frescos de Mónica Garcés, hay una delicadeza de tratamiento que invita a quedarse en el epidermis. Asistimos a una serie de historias, de recuerdos, de incursiones en la existencia, esa que se arrastra, entre el bien y el mal, muchas veces, y que va conformando el trayecto de hombres y mujeres sobre la tierra” (Luis Martínez “Salacaín”).

 

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