Riera Moscoso Obispo Juan María

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Religioso nacido en la ciudad de Ambato el 28 de enero de 1866, hijo de don Carlos Riera y de doña Dolores Moscoso, y que fue bautizado con el nombre de Carlos Antonio.

Con muchos sacrificios logró realizar sus primeros estudios en las escuelas de Ambato y Latacunga, y a los 15 años de edad entró de novicio en el Convento de Santo Domingo, en Quito, donde dos años más tarde emitió sus votos y cambió de nombre adoptando el de Juan María.

Dentro de su plan general de estudios profundizó el aprendizaje de Latín, Aritmética, Geografía, Lógica, Matemáticas, Física, Metafísica, Teología Dogmática y Moral, Derecho Canónico, Historia Eclesiástica y Sagradas Escrituras, materias en las que se destacó además por su dedicación y sabiduría.

En 1889, a causa de una grave enfermedad de debilitamiento producida por el régimen de austeridad, ayunos y silicios que acostumbraba a llevar, viajó a la ciudad de Cuenca en busca de mejor clima para su recuperación, y por fin, el 3 de agosto de 1890 recibió la orden sacerdotal de manos del Obispo de Cuenca, Ilmo. Miguel León Garrido.

Al año siguiente, luego de haberse recuperado inició una ejemplarizadora labor religiosa y educacional en diferentes lugares del país, inclusive en el oriente.

Durante los primeros años de la Revolución Liberal continuó desarrollando su importante misión evangélica en los diferentes rincones del país, por lo que en 1911 el Ilmo. Federico González Suárez solicitó su designación para el obispado de Guayaquil, y el 1 de enero de 1912, Su Santidad el Papa Pío X firmó el decreto que confirmaba su elección, de la que tomó posesión el 29 de junio de ese mismo año.

Pocos meses después comenzaron a sentirse en Guayaquil las terribles consecuencias de las pestes de bubónica y fiebre amarilla, y dedicado a su abnegada labor pastoral, socorriendo a los enfermos y asistiendo a los moribundos, fue también víctima de ellas. El 8 de diciembre, mientras celebraba la Pontifical Misa de la Virgen se sintió repentinamente mal, por lo que fue trasladado inmediatamente a su casa donde -a pesar de que la fiebre le subió a 40 grados- pudo salvarse de morir gracias a los cuidados que le brindó el Dr. Luis Felipe Cornejo; pero quedó tan delicado del corazón y los riñones, que necesitó usar muletas para poder movilizarse.

A pesar de su quebrantada salud continuó desempeñando su sagrada misión cristiana, visitando todas las parroquias, hasta que finalmente su cuerpo ya no pudo resistir las exigencias de su labor redentora, y murió en la ciudad de Guayaquil el 20 de noviembre de 1915.

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