Almagro Diego de

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Conquistador español nacido por 1480 en la villa de Almagro, cerca de Ciudad Real, perteneciente a la Diócesis de Toledo; hijo de Juan de Montenero y de Elvira Gutiérrez.

Sus primeros años los vivió en Aldea del Rey, y más tarde pasó a Toledo y Sevilla donde, tras vivir algunas aventuras, decidió embarcarse con destino a las Indias.

Vino a América aproximadamente por el año 1526 y desembarcó en Panamá donde poco tiempo después hizo sociedad con Francisco Pizarro y Hernando de Luque, para participar en la conquista del Imperio de los Incas.

En una de sus primeras expediciones, previas al viaje de conquista, durante una refriega con los indios centroamericanos perdió uno de sus ojos.

En 1526, junto a Pizarro se embarcó en una nueva expedición que -al mando del experimentado piloto Bartolomé Ruiz- se aventuró hacia el sur y desembarcó cerca del río San Juan, en la costa sur de Colombia, donde existía un poblado que, ante la presencia de los españoles, fue abandonado por sus habitantes.

Pizarro y sus hombres saquearon el pueblo y recogieron un botín de aproximadamente quince mil pesos en piezas de oro, con los que Almagro regresó a Panamá para reclutar más hombres y adquirir vituallas.

Tres años más tarde, junto a Pizarro viajó a España para obtener de la reina Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, las capitulaciones que le otorgaban los derechos de conquista.

En dichas capitulaciones, concedidas el 26 de julio de 1529, la reina lo nombró hijodalgo.

Entre septiembre y octubre de 1532, Almagro salió de Panamá llevando un contingente de casi doscientos hombres bien armados y frescos, y una buena dotación de caballos, y luego de haberse detenido por algún tiempo en las costas ecuatorianas, salió de Portoviejo en febrero de 1533, y avanzó hacia Cajamarca, ciudad a la que llegó el 14 de abril de 1533, cuando ya Pizarro había logrado establecerse en ella y Atahualpa -de manera voluntaria- le había obsequiado para su rey un cuarto lleno de oro.

Al ver ese fabuloso tesoro, Almagro empezó a planificar la forma de quedarse con todo ese oro, urdiendo para el caso la gran farsa de la heroica lucha para capturar al Inca. De esta manera, ese oro, que era un obsequio de Atahualpa al soberano español, dejaría de ser tal cosa y se convertiría en rescate, por lo que se podrían quedar con el, pagando al rey solo el “quinto” que le correspondía.

En 1534, al conocer que Pedro de Alvarado había desembarcado en las costa de Manabí con intenciones de conquista, marchó hacia las regiones de Quito, y con la autoridad que le había otorgado Francisco Pizarro dispuso, el 15 de agosto de 1534, la fundación de la ciudad de Santiago de Quito (hoy Guayaquil), que se realizó en la llanura de Cicalpa, a orillas de la laguna de Colta, en las cercanías de la actual ciudad de Riobamba.

Diez días más tarde firmó con Alvarado un contrato por medio del cual éste desistía de su afán de conquista, previo al pago de una indemnización de cien mil pesos, y el compromiso formal de que sería incluido en otras expediciones.

El 28 de agosto de ese mismo año -antes de volver al Perú-, sentó en la misma Santiago el acta de la fundación de la villa de San Francisco de Quito (hoy Quito), la misma que debía ser levantada en el lugar en el que había estado asentada la ciudad principal de los Quitus, nombrando además a sus principales alcaldes y regidores.

En 1535 obtuvo del rey Carlos V el título de Adelantado de los territorios situados al sur del Perú, y con esa autoridad organizó una expedición que se adentró en las tierras de lo que hoy es Chile, convirtiéndose en el primer hombre blanco que llegó a esas regiones. Al no encontrar el oro que esperaba, volvió al Perú en auxilio de Hernando Pizarro que era víctima de una sublevación indígena.

Poco tiempo después se enemistó con Pizarro por razones de índole políticas y administrativas, y tres años más tarde fue capturado por orden de éste y condenado a muerte.

De nada sirvieron los recursos interpuestos en su favor por el capitán Diego de Alvarado, ni siquiera cuando le recordó a Pizarro que años atrás el propio Almagro le había perdonado la vida en una ocasión.

Viendo que su fin era irremediable, declaró por heredero de sus bienes y derechos a su único hijo, Diego de Almagro, habido en una india de Panamá; y en la nobleza de su espíritu perdonó a sus enemigos y recibió la muerte con ánimo generoso en el privado tormento de la prisión de Cuzco, donde el 8 de julio de 1538 fue ahogado a garrote, luego de lo cual su cadáver fue decapitado en la Plaza Mayor.

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