Gral. Pedro J. Montero

Pedro_J._Montero

Célebre militar y luchador liberal nacido en la ciudad de Yaguachi el 29 de junio de 1862, hijo del Sr. Pedro José Montero Ramos y de la Sra. Mercedes Maridueña Quezada.

No era un aristócrata criado y educado en ricas posesiones señoriales; por el contrario, fue un hombre de origen humilde cuyos primeros años los vivió en el campo ayudando a su padre en las duras labores agrícolas, y que recibió las primeras letras en una pequeña escuela rural.

Más tarde, gracias al esfuerzo de sus padres pasó a continuar sus estudios en el colegio de don Tomás Martínez, en Guayaquil, ciudad en la que desde temprana edad empezó a manifestar sus inquietudes y vocación militar, al tiempo que asimilaba las primeras expresiones de la ideología liberal.

Tenía veintiún años de edad cuando en 1883 le tocó vivir las sangrientas luchas de la restauración, que culminaron en Guayaquil con la Batalla de Mapasingue, que el 9 de junio puso fin a la dictadura del Gral. Ignacio de Veintemilla. Fue entonces cuando conoció a don Eloy Alfaro y se convirtió en uno de sus más leales colaboradores.

Posteriormente actuó en casi todas las campañas militares en contra de los gobiernos del «Progresismo», y finalmente participó con su enérgica personalidad en el triunfo de la Revolución Liberal del 5 de junio de 1895.

Instaurado el liberalismo en el Ecuador, sirvió desinteresadamente al país durante los gobiernos de los generales Eloy Alfaro y Leonidas Plaza Gutiérrez, y de don Emilio Estrada. Justamente se encontraba desempeñando el cargo de Jefe de la Guarnición de Guayaquil, cuando el 21 de diciembre de 1911 se produjo la muerte del presidente Estrada.

La muerte del Presidente no había sido conocida aún en todo el país, cuando las ambiciones políticas desataron una intensa lucha por el poder, y mientras en Quito el Sr. Carlos Freile Zaldumbide se encargaba del gobierno y clamaba por mantener el orden constitucional, dentro de su propio gobierno se presentaron dos candidaturas presidenciales de tendencias totalmente opuestas: La del Ministro de Relaciones Exteriores, Dr. Carlos R. Tobar, que representaba al partido conservador y a la ciudadanía independiente; y la del Gral. Leonidas Plaza Gutiérrez, Ministro de Hacienda, que representaba a una fracción del liberalismo alejada de los postulados del Gral. Alfaro, y que estaba constitucionalmente impedida de participar en la contienda electoral debido a que no había pasado el tiempo establecido por la ley para volver a ejercer la Presidencia de la República, desde que la había ocupado por primera vez.

Ante esta situación, y analizando lo que representaría para el Ecuador el «peligro conservador» y el «peligro placista», el 28 de diciembre de ese mismo año -al igual que pocos días antes había hecho el Gral. Flavio Alfaro, proclamándose Jefe Supremo de Manabí y Esmeraldas- se proclamó Jefe Supremo de Guayaquil y desconoció al gobierno del Dr. Freile Zaldumbide.

Actuando como Jefe Supremo, por medio de diferentes telegramas, cartas y mensajes había expresado su intención de mantenerse en el poder sólo hasta que se realicen elecciones presidenciales dentro del marco constitucional y sin la ilegal participación del Gral. Plaza, pero ante la inminencia de la lucha armada, llamó al Gral. Eloy Alfaro -que se encontraba desterrado en Panamá- para entregarle el poder y el mando de su ejército. Igual cosa hizo el Gral. Flavio Alfaro.

Inmediatamente el gobierno de Quito se preparó para reprimir este movimiento revolucionario de características netamente alfaristas, y por algún oscuro pacto o acuerdo nombró al Gral. Leonidas Plaza como Jefe del Ejército Nacional.

Cuando el «Viejo Luchador» llegó a Guayaquil trató por todos los medios de evitar la guerra civil que se avecinaba, pero su actitud pacificadora fue desoída por Freile Zaldumbide, quien por el contrario ordenó al Gral. Plaza que marche hacia la costa para aplastar con las armas a los rebeldes alfaristas.

Ante la actitud nada conciliadora del gobierno de Quito, Montero se unió a Flavio Alfaro, cuyas fuerzas avanzaron para enfrentar al ejército del Gral. Plaza Gutiérrez.

Se libraron entonces, en los primeros días de enero de 1912, los sangrientos combates de Huigra, Naranjito y Yaguachi, en los que las fuerzas del gobierno -más numerosas y mejor pertrechadas- vencieron a los insurgentes.

Las luchas pudieron haber continuado, pues la lealtad de las tropas llegaba hasta el último sacrificio, pero deseando evitar mayores derramamientos de sangre y gracias a la intervención del Cuerpo Consular acreditado en Guayaquil, acordó la capitulación de las fuerzas alfaristas y la firma del Tratado de Durán, por medio del cual, entre otras cosas, se garantizó el respeto a la vida de los vencidos.

A los pocos días, en vergonzosa y ruin traición los placistas capturaron a todos y cada uno de los generales alfaristas. Montero descansaba en su casa, tratando de recuperarse de las heridas sufridas en combate, cuando fue sacado de ella a empellones y llevado a la gobernación de la ciudad, donde se le siguió un «sainete» con visos de Consejo de Guerra. Nombró entonces como su defensor al Gral. Julio Andrade -que pertenecía a las filas del gobierno de Quito-, pero éste se excusó de aceptar dicha designación, por lo que sin poder ocultar su desaliento exclamó: «Voy a morir».

«En medio de alarmantes presagios, y de una turba de soldados disfrazados de civiles y de centenares de paisanos que secundaban a los primeros, se instaló el tristemente célebre Consejo de Guerra.

Poco antes de las nueve de la noche se leyó el veredicto en el que se declaraba que «por estar abolida la pena capital en nuestro Código fundamental, en nombre de la República y por autoridad de la Ley, se condena al mencionado reo Pedro J. Montero a la pena de reclusión mayor extraordinaria, diez y seis años de presidio, previa formal degradación militar que se efectuará en la plaza pública y en presencia de todo el ejército».

La soldadesca sedienta de sangre protestó por el fallo. Gritos atronadores y salvajes pedían la cabeza del sindicado. Es ese instante supremo y viendo la muerte cara a cara, se irguió Montero y dijo a sus enemigos con arrogancia:

«Quieren mi vida, está bien, la daré mañana».

-»No mañana, ¡ahora mismo!, le contestó una voz entre la turba. En ese momento el teniente Alipio Sotomayor le disparó un tiro en la frente y cayó sobre su víctima a ultimarle a culatazos…» (Eduardo Muñoz Borrero.- En el Palacio de Carondelet, p. 311).

El cadáver de Montero «fue arrojado por un balcón a la calle, donde la soldadesca ebria, que era toda la multitud, lo recibe con nuevos ultrajes; allí es desnudado, pillado, descuartizado, profanado; se le arrancan los anillos con los dedos, se le corta la cabeza, los brazos, los testículos… al fin los caníbales ebrios, atan una cuerda al cadáver y lo arrastran hacia una plaza cercana para incinerarlo…» (J. M. Vargas Vila.- La Muerte del Cóndor, p. 111).

Mientras el cadáver era consumido por las llamas en la plaza Rocafuerte, al pie de la Iglesia de San Francisco, su cabeza y corazón fueron exhibidos en macabra danza y finalmente llevados al cuartel, «de donde, al día siguiente, su esposa Teresa de Montero pedirá la entrega. Casi una hora dura el canibalesco festín, Plaza, Navarro y Andrade, en una sala contigua al lugar de la audiencia, presencian el linchamiento y el arrastre…» (Roberto Andrade.- Sangre: Quién la Derramó?.- p. 104).

Fue el inicio del Asesinato de los Héroes Liberales: 25 de enero de 1912.

Compartir

También puedes revisar